Cartografía Mundialista
Tres provocaciones a horas del pitazo inicial
Por eso, mientras se acercan los himnos y las banderas, me ronda una pregunta que va mucho más allá del fútbol: ¿de dónde somos realmente? ¿Del lugar donde nacimos, del que nos vio crecer o del que nos enseñaron a amar en casa?
Hola, hello, bonjour, olá, ciao, marhaba, kia ora... amigos futboleros:
Quizás no exista otro acontecimiento capaz de reunir tantas banderas, acentos, apellidos e himnos como un Mundial. Aprovechando esa confusión maravillosa, les propongo tres provocaciones a horas del pitazo inicial.
¿Existen los países en el Mundial?
Mientras revisaba las convocatorias, descubrí que muchas selecciones parecen cada vez menos países y cada vez más mapas. No porque hayan desaparecido las fronteras, sino porque muchos futbolistas las cruzaron antes de aprender a patear una pelota.
Hay jugadores nacidos en un país, formados en otro, cuyos padres son de un tercero y cuyos abuelos, de un cuarto. Algunos podrían haber elegido representar a dos, tres o hasta cuatro selecciones distintas. En este Mundial abundan los futbolistas que cargan varias patrias al mismo tiempo: una en el pasaporte, otra en la lengua de sus padres y otra más en los recuerdos de la infancia.
Francia es quizá el ejemplo más conocido. Buena parte de sus futbolistas tiene raíces familiares en Argelia, Marruecos, Mali, Senegal, Camerún o Costa de Marfil. Pero no es una excepción. Inglaterra, Bélgica, Países Bajos, Portugal o Alemania también están atravesadas por historias de migración. Del otro lado, varias selecciones africanas cuentan con jugadores nacidos y formados en Europa que han decidido representar la tierra de sus padres o de sus abuelos. El fútbol ha terminado construyendo una geografía paralela donde las identidades son mucho más complejas que las fronteras dibujadas en un mapa.
Por eso, mientras se acercan los himnos y las banderas, me ronda una pregunta que va mucho más allá del fútbol: ¿de dónde somos realmente? ¿Del lugar donde nacimos, del que nos vio crecer o del que nos enseñaron a amar en casa? Quizás este Mundial, disputado precisamente en Norteamérica, tierra de migraciones y cruces culturales, nos recuerde que la identidad no siempre cabe dentro de una frontera. A veces una persona puede pertenecer a varios lugares al mismo tiempo. Y tal vez esa sea una de las historias más interesantes que se jugarán en estas semanas.
El Mundial de los nombres raros y globales
Y si las nacionalidades se han vuelto más difíciles de definir, los nombres parecen confirmarlo. Hace años los Mundiales estaban poblados por personajes que respondían a nombres o apodos tan rotundos como Platini, Sócrates, Bebeto o Kaká. Hoy las alineaciones parecen una reunión de las Naciones Unidas: Jamal Musiala, Xavi Simons, Florian Wirtz, Endrick o Jeremy Doku. Confieso que algunos me obligan a mirar dos veces la camiseta antes de atreverme a pronunciarlos.
Pero detrás de esos nombres que suenan exóticos para nuestros oídos hay algo más interesante que una simple curiosidad lingüística. Son la banda sonora de un mundo mezclado. Musiala nació en Alemania, creció en Inglaterra y tiene raíces nigerianas. Xavi Simons debe su nombre a la admiración de su padre por el legendario mediocampista español. Muchos otros cargan en su nombre la historia de migraciones, matrimonios interculturales y viajes familiares que comenzaron mucho antes de que ellos tocaran un balón.
Quizás la globalización no se entienda mejor en las cumbres diplomáticas ni en los tratados comerciales, sino en una hoja de alineaciones. Allí conviven nombres y apellidos africanos, árabes, europeos, asiáticos y latinoamericanos bajo una misma camiseta. El Mundial siempre ha sido un torneo de selecciones nacionales, pero cada vez se parece más a una celebración de identidades compartidas. Y eso, además de un desafío para los relatores deportivos, es una pequeña maravilla de nuestro tiempo.
Ser neutral “es bien”
Aunque suene a resignación bien “bolita”, los bolivianos tenemos una ventaja inesperada frente a este Mundial. No quiero engañarme ni presentar como virtud lo que comenzó siendo una eliminación. Habría sido mucho más divertido estar haciendo cuentas para clasificar a octavos. Pero ya que no nos toca sufrir por la Verde, podemos disfrutar de una libertad poco frecuente: la de dejarnos seducir por cualquier historia.
Mientras argentinos, brasileños, franceses o ingleses vivirán cada partido con el corazón en la boca, nosotros podemos adoptar por unas horas cualquier camiseta sin pedir permiso a nadie. Podemos celebrar un gol marroquí, admirar una atajada japonesa o encariñarnos con un defensor neozelandés sin sentir que estamos traicionando ninguna bandera.
Hay algo liberador en esa neutralidad. Nos permite mirar el torneo como quien recorre una biblioteca sin buscar un libro determinado. Sin la obligación de ganar, de sufrir o de ajustar cuentas con el vecino. Quizás el mejor modo de ver un Mundial sea precisamente ese: sin patriotismos urgentes ni calculadoras clasificatorias. Con la simple curiosidad de quien se sienta frente a una buena historia y está dispuesto a dejarse sorprender. Después de todo, cuando Bolivia no juega, el mundo entero se convierte, por unas semanas, en nuestro equipo.
(Pero, aquí entre nos, confieso que esta vez tengo una pequeña debilidad por Portugal. Será por Cristiano, por la saudade o por simple capricho futbolero, no lo sé. ¿Y ustedes? ¿Ya eligieron una selección para sufrir, celebrar o subirse a su barco durante las próximas semanas?)
En medio de la vorágine noticiosa del país, más crispado que de costumbre, tres de las mejores plumas del país se unen para ofrecer una crónica mundialista distinta. Desde este martes y hasta la final del 19 de julio, Erik Ortega, Alfonso Cortez y Rafael Sagárnaga, coordinados por el director de El País Jesús Cantín, compartirán reflexiones, emociones y expresiones del “evento futbolístico más grande del planeta” y todo lo que mueve a su alrededor, porque “el fútbol nunca fue solo fútbol”, sino una excelente metáfora a través de la que se explica la vida, el mundo y sí, también el propio fútbol.
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