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Del libro: “Bolivia en el primer centenario de su independencia”

Los estudios paleontológicos en Bolivia

Cántaro
  • L. Echazú
  • 17/07/2026 01:56
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Formaciones terciarias inexploradas.—La región de los Andes y el altiplano boliviano.—El depósito fosilífero de Tarija.—Su importancia geológico-paleontológica.—Opiniones de Weddel, Burméister, Nordenski'óld y Boule.—La fauna mamalógica de        la época pliocena.—Causas de su extinción. —Antigüedad del hombre en el valle de Tarija.

La inmensa extensión territorial, poco explorada aún por los naturalistas paleontólogos, que abarca el Chaco Boreal y las llanuras de Santa Cruz y el Beni, desde las últimas estribaciones de la cadena oriental de los Andes hacia el Oriente hasta el río Paraguay, y hacia el Norte y Noroeste hasta los ríos que forman el sistema fluvial de la hoya amazónica, está constituida por depósitos sedimentarios que corresponden, por su paralelismo geográfico y geológico y por su estructura geognóstica, a las formaciones del pampeano argentino, y es indudable que contiene los restos de la fauna que pobló esa vastísima zona de Bolivia en la época del plioceno y acaso también en épocas anteriores.

Debido a dificultades de exploración y consiguiente estudio de esos territorios, Bolivia no ha podido organizar hasta ahora en debida forma la sección paleontológica, la más importante de todas, en los Museos de Historia Natural existentes en las principales ciudades de la República. Lo único que en esta materia exhiben nuestros museos en perfecto orden y con la debida clasificación, es una riquísima variedad de géneros y especies del grupo de invertebrados, formas fósiles que desempeñan tan importante papel en el estudio de la época y sucesión de las capas geológicas. Por lo demás, no es muy frecuente el hallazgo en la región andina y del altiplano boliviano de piezas fósiles de vertebrados. Excepcionalmente se han encontrado restos de mastodonte andium en .las márgenes del río Desaguadero, en Quimsa-Cruz y en algún otro punto de la cordilerra, que no recordamos, siendo verdaderamente notable el hallazgo hecho por Forbes de restos de macrauchenia en los sedimentos cupríferos de Corocoro.

En presencia de estos hechos, se hace cada vez más interesante el estudio de los terrenos situados entre las cordilleras para determinar su edad.

Puede afirmarse que constituye excepción por su riqueza fosilífera en vertebrados el territorio de Tarija, y más concretamente la hoya tarijeña, la que se halla situada en la parte meridional de Bolivia, a los 21o 30' latitud sud y 60o 31' longitud oeste de París, con una altura de 1,800 metros, más o menos, sobre el nivel del mar. Los yacimientos de Tarija están formados por capas de materiales de diversa composición, alternando las capas homogéneas de limo con las de arena, casquijo y conglomerados, en las que se hallan los restos fósiles que tanto renombre han dado a la región. Nuestro estudio no comprende toda la extensión del departamento de Tarija y sólo se limita a la gran cuenca que abarca la capital y parte de la provincia del Cercado y las localidades de San Lorenzo, Concepción y Padcaya.

Trátase de una zona con una extensión aproximada de 60 kilómetros de Norte a Sud y 50 kilómetros de Este a Oeste, cerrada por cordilleras de 4,000 a 5,000 metros de altura sobre el nivel del mar que arrancan del macizo principal de los Andes, corren paralelas de Norte a Sud y se ramifican en una serie de colinas que se dirigen al valle, y disminuyendo insensiblemente de altura se pierden en el llano. Estas cordilleras son las más altas y escarpadas de toda la región, desde Tarija hasta el Chaco, siendo la última la de Aguaragüe, en cuya base comienzan las llanuras de Manzo. Al Oeste de la ciudad de Tarija corre la cordillera de Chijmuri, la que más al sud toma el nombre de Campanario o Victoria, y da nacimiento a los ríos y arroyuelos que atraviesan vegas y cañadas cubiertas de exuberante vegetación.

La poderosa masa aluvial descansa sobre el suelo de esquistos silurianos y devonianos pertenecientes a las cordilleras que rodean al Valle de Tarija, estando en muchos puntos interceptada por colinas que salen a la vista o forman promontorios y elevaciones apenas cubiertos por la masa sedimentaria.

Las lluvias han erosionado y agrietado por todas partes el terreno, formando pequeñas mesetas, paredones, columnas, barrancos profundos, canales interiores, y, finalmente, quebradas que derivan al río, el cual cruza el valle por su parte central y después de recibir los afluentes de la cordillera del Oeste, corta la serranía del Oriente para llevar sus aguas al Bermejo.

El terreno está constituido por capas horizontales, a manera de estratos, de espesor y composición diversas. En la parte más profunda del valle, el conjunto de estas capas puede apreciarse como conteniendo un espesor de 200 metros. Existen grandes extensiones de terreno formadas por capas de limo puro, como si su sedimentación se hubiese operado en el fondo de aguas tranquilas. En otras extensiones, por el contrario, las capas alternan en su composición y acusan la intervención de fuertes corrientes líquidas. Hay capas de arena mezclada con guijarros; las hay de gres cuarzoso de grano fino, con marga arenosa; de arcilla con nódulos calcáreos; de lignito o de arcilla lignitosa; y en fin, de arenas y arcillas de toda clase de colores y en mezcla con varias substancias, a veces aglutinadas y conglomeradas por cemento calcáreo y óxidos metálicos, formando núcleos aislados o capas delgadas.

La masa sedimentaria del lecho de Tarija, así como la de todos los valles de la región andina, se ha constituido a expensas de los materiales detríticos de las cordilleras vecinas, materiales que han servido de relleno de las hoyas y cubetas existentes a uno y otro lado de los Andes, formando el altiplano boliviano y las mesetas colocadas en niveles inferiores.

El proceso de esta formación en Tarija, evidenciado por el grueso espesor de sus sedimentos, no ha podido llevarse a cabo sino en el transcurso de algunos miles de años, que quedarían, en nuestro concepto, comprendidos en los últimos tiempos del plioceno.

El yacimiento de Tarija ha sido conocido desde épocas remotas del coloniaje, despertando notable interés por sus restos fósiles, sobre los cuales se forjaban las teorías más extravagantes y curiosas. Principalmente las piezas de mastodonte producían singular admiración por sus colosales dimensiones.

En 1602, Diego de Avalo y Figueroa llamaba la atención sobre los hallazgos que se hacían en Tarija de osamentas petrificadas, y posteriormente, José de Jussieu, que vino a América con Bouguer y La Condamine para determinar la magnitud y la figura de la tierra, escribió a su hermano Bernardo comunicándole que en el valle de Tarija se encontraban muchos restos fósiles y que él había adquirido un molar de tamaño prodigioso.

Don Matías Baulen, según refiere Dalence en su “Bosquejo Estadístico de Bolivia,” llevó a Lima un esqueleto de mastodonte, y el General O’Connor descubrió en la misma localidad de Tarija un enorme colmillo que se reputó ser de mamuth.

El primero que hizo en Tarija excavaciones de verdadera importancia fue Weddel, quien, en 1845, y mediante un trabajo de cuatro a cinco meses, formó toda una colección de fósiles y la remitió al Museo de Historia Natural de París, donde la estudió P. Gervais.

Posteriormente, Enrique de Caries, enviado especialmente por el Museo de Buenos Aires, hizo buenas colecciones que las llevó consigo, siendo después estudiadas por Burmeister, Gervais y Ameghino.

Desde 1850 hasta 1903, son muchos los nombres de ciencia y también los aficionados que han visitado la región de Tarija y explorado su suelo, habiendo obtenido, como fruto de sus trabajos, porciones más o menos importantes de osamentas fósiles, que han sido llevadas fuera del país para enriquecer las colecciones privadas y públicas de otras naciones. Es evidente la afirmación de que algunos museos europeos y americanos poseen magníficos ejemplares fósiles de procedencia tarijeña, aunque no siempre con la indicación real y verdadera de su origen, que han contribuido al esclarecimiento de los caracteres específicos de algunos vertebrados, fijando las modalidades y variaciones propias de su evolución individual. Tal ha sucedido, por ejemplo, con el mastodonte, de cuyo género se supusieron numerosas especies, error debido a la falta de material completo para arribar a conclusiones definitivas.

 

 

 

En 1901 llegó a la ciudad de Tarija la comisión científica sueca, presidida por el barón Erland Nordenskióld, y después de algunos meses de trabajos y estudios practicados en la región y de haber enviado a suecia el material recogido[i] continuó viaje al territorio del Chaco,     donde se dirigió a verificar estudios etnográficos de las tribus de aquella región. El barón Nordenskióld ha publicado el resultado de sus observaciones en el suelo de Tarija, y además, una interesante monografía sobre el mastodonte andium.

En junio de 1903 fue a Tarija el etnólogo francés Adrián de Mortillet, miembro de la misión científica presidida por el conde G. de Créqui Montfort, la cual vino a hacer en Bolivia estudios de carácter geológico, paleontológico y etnográfico. La corta permanencia en     Tarija del         señor de Mortillet no lo permitió, cual lo hubiera deseado, realizar un detenido estudio de la geología de la región y de la fauna fósil contenida en su suelo; pero tuvo ocasión de examinar, aunque ligeramente, una parte de la colección paleontológica que desde 1894 veníamos formando allí, guiados por un espíritu de curiosidad científica. Poco tiempo después, el Conde Créqui de Montfort adquiría muchos duplicados de esta colección, por intermedio del señor Pablo Argandoña, quien, estando empleado en la Compañía minera de Huanchaca, fue enviado para ese objeto a Tarija.[ii]

Los restos fósiles, adquiridos de esta suerte, fueron llevados a Francia y obsequiados por el conde G. de Sréqui Montfort al Museo de Historia Natural de París, habiendo sido magistralmente estudiados por el eminente paleontólogo Marcellin Boule.[iii]

Entre tanto, la colección paleontológica formada en Tarija, que por el motivo enunciado anteriormente sufrió una especie de mutilación, continuó, después, enriqueciéndose con el aporte de materiales osteológicos, laboriosa y sistemáticamente arrancados a las entrañas de la tierra, hasta llegar a poseer, hoy día, el conjunto más vasto de formas fósiles, de un alto valor científico por la cantidad y variedad que representa en géneros y en especies. Está compuesta esta colección de más de 20,000 piezas, todas ellas en perfecto estado de conservación y en condiciones de integridad y limpieza que permiten realizar con facilidad su examen y clasificación.

Si se exceptúan los fragmentos de cráneos y mandíbulas, piezas que, aunque incompletas, no ofrecen mayores dificultades para la clasificación, el resto hallase compuesto de piezas completas, sin que existan trozos o fragmentos de piezas.

Una impresión sobre la importancia y magnitud de la colección paleontológica de Tarija se ofrece en las vistas de conjunto publicadas en estas páginas, en las que se pueden ver algunos estantes verticales con el contenido en su parte superior de las piezas de mayores dimensiones, y en su parte inferior de una serie de cajas llenas de cráneos y mandíbulas y fracciones de éstas, pertenecientes a las especies de la fauna extinguida en el valle de Tarija.

Todos los grupos de la clase de los mamíferos se hallan aquí representados, asombrando por su variedad la familia de equídeos, cuyas especies se ramifican en una serie de formas a cual más importantes, con notables variaciones, haciéndose dificilísima la distinción de los caracteres específicos. Hay muchas formas desconocidas en la clasificación paleontológica, encontrándose aquí a disposición del naturalista que quiera describirlas y clasificarlas, dándoles el título correspondiente para que puedan figurar en los catálogos científicos. Hay, además, otras que representan eslabones o formas de transición entre el Hipidium y el caballo actual, contribuyendo como pruebas irrecusables a la demostración del transformismo gradual e insensible de las especies.

Los proboscidios están representados por dos especies de mastodontes, que difieren fundamentalmente entre sí por su morfología craneana, no obstante lo cual se ha creído referir estas dos especies a una sola: la andium, confusión que nos parece provenir de haberse tomado como único signo específico la forma de los molares durante el desarrollo del individuo, de donde se deduce que el M. andium es reconocido por ser trilofodonte y tener el último molar compuesto de cuatro colinas y un talón. No obstante, en la colección de Tarija puede verse en muchos individuos que la especie andium es también tetralofodonte, constando el último molar de cinco colinas y un talón.

Los edentados son numerosos, estando representados los géneros Milodón, Lestodón, Pseudolestodón, Coelodón, Megatherium, Scelidotherium, Scelidodón, Gliptodón, Panochtus, Hoplophorus, Clamydoterium y Dasypus.

De rumiantes existen camellos, ciervos, antílopes y carneros, (Auchenia, Mesolama, Paleolama, Stylauchenia, Paraceros, Blastóceros, etc.)

El grupo de los carnívoros está representado por dos o tres especies de canes, de un enorme oso (Arctotherium) y de tres especies de felinos, entre los que se cuenta el terrible Smilodón. Tiene, asimismo, numerosos representantes el grupo de los roedores y el de los insectívoros.

Además, llama la atención que existan representantes de los géneros Toxodón, Theosodón, Macrauchenia y Scalabrinitherium, que Ameghino coloca como característicos de los pisos más antiguos de la era cenozoica.

Esta gran variedad de géneros, especies e individuos, suscita inmediatamente la cuestión de la época a que pertenece el yacimiento de Tarija y de la manera cómo se formó. Las divergencias en este punto marchan paralelas a las que se producen cuando se pretende determinar la edad de cualesquiera de los terrenos de la era cenozoica, y la dificultad acrece con la multiplicidad de opiniones a medida que se trata de las formaciones que se acercan a la época moderna, circunstancia fácil de explicar si se tiene en cuenta que las capas del terciario, que son las que provocan más dudas, hánse formado cuando la tierra ingresó a una faz nueva en su evolución, presentando gran variedad de altitudes, y por lo mismo, condiciones climatéricas y meteorológicas diferentes en cada zona, lo que ha venido a complicar el problema de la determinación del tiempo en la formación de los sedimentos terciarios.

Por otra parte, la historia de la tierra no ha conservado, como se cree generalmente, en ninguna parte del globo, todas sus capas, como las páginas de un libro, perfectamente foliadas, pues, mientras en algunas zonas extendía sus mantos estratificados, en otras disolvía los que anteriormente había extendido, siendo éste el eterno juego de la evolución en la naturaleza.

Con todo, los datos que vienen aportando los métodos modernos en geología, permiten una mejor comprensión de los fenómenos geognósticos y una mayor aproximación hacia conclusiones definitivas. Será por esto, sin duda, que Marcellin Boule atribuye la falta del conocimiento exacto de la formación geológica de los yacimientos en Tarija a observaciones llevadas a cabo muy superficialmente y a la carencia de métodos científicos en las tareas de exhumación de los restos fósiles, siendo de advertir que no le son desconocidos los trabajos practicados sobre el terreno por Weddel y Nordenskióld y los datos geológicos de Steinmann[iv], que Boule toma en cuenta para formular algunas conclusiones.

Pero la verdad del caso es que hasta la fecha no existe ninguna opinión definitiva y satisfactoria sobre la formación y edad del yacimiento de Tarija, conviniendo por eso dar a conocer, en síntesis, las ideas e hipótesis más autorizadas que se han emitido al respecto, tratando de coordinarlas con el resultado de nuestras propias observaciones.

Weddel, que ha sido uno de los primeros en explorar con propósitos científicos la región, se expresa de este modo;

“El valle de Tarija tiene el aspecto de un inmenso canal, y tal sin duda fue en otro tiempo su destino. Las colinas esparcidas por su superficie, y que se elevan en algunos puntos a una considerable altura, atestiguan evidentemente, que él fue recorrido por unas corrientes mucho más impetuosas de las que surcan hoy su suelo ... En las inmediaciones de la ciudad se hace más evidente la naturaleza diluvial del terreno. Este está cortado en todas partes por hondos barrancos, que se cruzan de mil maneras, formando verdaderos laberintos, y dejan de trecho en trecho, aislados, unos torremonteros de las formas más bizarras. Pues bien, la más simple observación de esas moles, o de las paredes de esos barrancos, demuestra que el suelo del valle de Tarija está formado, hasta una profundidad muy considerable, de un inmenso lecho de limo, cuyo origen es debido ya a una agua tranquila, ya a una corriente, como parecen probarlo las capas de guijarros, que acá y allá se intercalan en el seno de la masa limosa.”

“El aislamiento casi constante de los esqueletos que he observado, el estado incompleto en que se presentan generalmente, su distribución desordenada en el seno de una masa de aluviones bastante heterogénea, en fin, los numerosos guijarros advenedizos en cuyo medio se hallan, hacen creer que estos restos han sido traídos de una cierta distancia, y depositados por las aguas a su paso por el valle, a consecuencia, sin duda, de una considerable disminución de sus corrientes.”[v]

Burmeister, al explicar el origen de los restos fósiles en el depósito de Tarija, adopta el pensamiento de Weddel, y aún le da mayores alcances:

“Nunca hay, dice, entre las diferentes especies que aquí juntas se encuentran, un esqueleto completo; cuando más se hallan unidas unas partes de él. Hasta los mismos huesos aislados están generalmente quebrantados, también los de mayor tamaño: todo demuestra que los animales no han vivido en el lugar donde yacen sus huesos, sino que éstos han sido transportados desde grandes distancias por violentas avenidas de agua.”[vi]

Acaso Weddel quiso explicar la dispersión en que generalmente se encuentran las osamentas fósiles al decir que fueron traídas desde cierta distancia por corrientes de agua y depositadas en una y otra parte en el lecho del valle, lo cual no implicaría precisamente el concepto de una corriente líquida extremadamente violenta; y como Burmeister no ha visitado nunca la región de Tarija, y por consiguiente, no conoce su sistema orográfico, sabiendo, en cambio, de la existencia de mastodontes de los Andes, (Mastodón andium), no ha tenido inconveniente en ampliar la idea de Weddel haciendo que el transporte de los huesos ocurra desde grandes distancias, mediante una causa propulsora correlativa, o sea por violentas avenidas de agua, como para sugerir al pensamiento de que los huesos provienen de la cordillera andina...

Si se supone que los restos fósiles no proceden de animales que han vivido en el valle, en cuyos depósitos se les encuentra, hay que ubicar la fauna de procedencia al otro lado de Tarija, es decir, en uno de los valles de la cordillera del occidente, en que se hallan los altiplanos, en una llanura que hoy en día no existe, y cuyos bordes coinciden con las alturas de la serranía que circunda por el oeste a Tarija. Sólo así podría una corriente líquida arrastrar buenas proporciones de osamentas y endilgarlas al valle de Tarija, sin que tomen otras direcciones, bien es cierto que en este caso la hipótesis resulta igualmente inadmisible, puesto que en tales condiciones de transporte y en un descenso casi vertical de más de dos mil metros de altura, no se pensará en la posibilidad de encontrar huesos completos, pero ni siquiera fracciones apreciables de ellos. Por lo demás, en todos los yacimientos fosilíferos terciarios ocurre lo propio que en Tarija, al hallarse comúnmente piezas dispersas y fraccionadas, siendo la excepción el hallazgo de esqueletos completos.

En cuanto a las causas determinantes o influyentes de la extinción de la fauna cuyos restos yacen en el suelo de Tarija, así como sobre la edad de los sedimentos en que se encuentran, Weddel no manifiesta opinión alguna.

Nordenskióld ha dispuesto de mayor tiempo para hacer excavaciones y estudiar con detenimiento el suelo de Tarija. Rechaza las ideas sustentadas por Weddel y se pronuncia en el sentido de creer “que los esqueletos de mamíferos fósiles del valle de Tarija proceden de animales que han vivido en el mismo valle cuya naturaleza entonces ha sido la de una estepa, con corrientes de agua que terminaban en pantanos en los cuales se insumían.”

Los puntos de vista en que apoya su tesis Nordenskióld están sustentados por la convicción de que en tiempos antiguos el clima en aquel valle “fué más seco que ahora,” de manera que las lluvias no alcanzaban a formar otra cosa que escasos riachuelos y pantanos. Pero fuera de ser poco aceptable el hecho de que hubiese podido vivir la variada y numerosa fauna mamalógica de que dan testimonio sus restos, en un medio tan hostil como lo sería una estepa, la naturaleza del yacimiento denuncia lo contrario de esa tesis, ya que muestra la formación de capas de arena gruesa y de guijarros, lo que no ha podido o debido producirse sino con el concurso de fuertes precipitaciones pluviales y nunca en condiciones meteorológicas distintas. Además, los estratos de lignito, que en algunos puntos tienen un espesor de más de un metro, prueban que en ese entonces el clima del valle era mejor que ahora para el desarrollo de la vegetación y el mantenimiento de las especies.

La hipótesis de una estepa no nos da, por otra parte, ninguna idea sobre el origen y la manera de cómo se hubo formado el yacimiento de Tarija, y respecto a su edad no aventura Nordenskióld, en su estudio, ninguna opinión. Sólo con referencia a las causas de la extinción de las especies en el valle de Tarija, dice no haberlas podido encontrar, agregando que sus observaciones le permiten afirmar “que el hombre no ha tenido nada que ver con ese hecho.”

Finalmente, Boule [vii] sin adoptar ninguna de las opiniones propuestas por Weddel y Nordenskióld, e influido, sin duda, por las deducciones arrancadas al examen del conjunto de las formas extinguidas y de las particularidades propias del ambiente requerido para la subsistencia de tan diversas especies, concluye por crear una hipótesis nueva respecto a la formación del depósito fosilífero de Tarija y a la extensión de la fauna que en concepto suyo, pobló la región del valle tarijeño al final del plioceno o en épocas postpliocenas. Al contrario de la hipótesis de sequedad del clima, sostenida por Nordenskióld, piensa Boule que el lecho sedimentario de la hoya de Tarija se ha formado merced a un régimen diluvial o pluvial, fuertemente continuado. Las precipitaciones acuosas debieron ser torrenciales para que el lecho del valle se rellene con gruesas capas de casquijo y de cantos rodados. La extinción de las especies se debe en esta parte del continente sudamericano al imperio de la ley de la competencia, pues, las especies más ágiles y mejor dotadas, como por ejemplo el caballo, las llamas, etc., desplazaron y suplantaron a las más pesadas, tales como las que comprenden a la familia de los grandes edentados, produciendo su emigración, agotando sus alimentos y cuasando, finalmente, su muerte.

El proceso geológico y biológico está ideado por Boule con alta comprensión sintética de la historia de la tierra y de la vida de las especies; pero tal vez resulte equivocado pretender deducir de principios generales ciertos hechos particulares para aplicarlos por generalización como consecuencias absolutas en la producción de los fenómenos. La observación del depósito fosilífero de la hoya de Tarija, o más propiamente hablando, las capas que constituyen este depósito han podido formarse, y en nuestro concepto se han formado, merced a un proceso lento y normal, antes que a un régimen diluvial y casi catastrófico, como el que se supone. Basta para ello saber que no se trata de una masa única de naturaleza homogénea y uniforme, sino, por el contrario, de una serie de capas superpuestas, que en veces presentan discontinuidades, y que están compuestas de diversos materiales. En presencia de este hecho, que sugiere la convicción de que estas capas se han constituido muy lentamente en el curso de largas épocas, no es sostenible la opinión de Boule. Los restos fósiles se encuentran en todas las capas, desde las que ocupan la base del depósito, que están ya en contacto con el suelo siluriano y devónico, hasta las que salen a la superficie, siendo equivocada la afirmación hecha por Nordenskióld de que los fósiles se hallan “casi exclusivamente” en las capas superiores, sin que pasen de una profundidad mayor de cinco metros.

El fenómeno de denudación o erosión del terreno ha sido con el tiempo tan vasto que no es dable hablar ya de capas superficiales, fijando concretamente su espesor, excepción hecha de los terrenos próximos a las colinas y cordilleras que circundan al valle o grupo de valles de Tarija, por pertenecer a formaciones modernas. Lo que justamente distingue la edad de las capas y atestigua su lenta formación es el estado de mayor o menor fosilización, diremos más bien de “mineralización” de los restos fósiles, los cuales varían de aspecto y naturaleza, según la profundidad en que se encuentran; y aquí volvemos otra vez a hacer notar el equívoco en que incurre Nordenskióld cuando asegura que el estado de fosilización de las piezas se debe a la calidad y condiciones especiales de la tierra y no a un proceso operado principalmente por el tiempo. Las substancias minerales contenidas en los terrenos y disueltas por el agua sirven, en efecto, para alterar y transformar la naturaleza íntima de los restos orgánicos; pero este proceso se opera en el curso del tiempo, presentando diversos estados o fases, en muchas ocasiones, ciertamente, de difícil apreciación.

Así vemos, por ejemplo, que en las capas que nos parecen más superficiales del depósito de Tarija, presentan los huesos un primer grado de transformación con caracteres muy particulares e inconfundibles. Los huesos están entonces ligeramente recubiertos por una capa o película calcárea y difieren ya por su aspecto y por su composición química, aunque poco, de los restos yacentes en terrenos de formaciones más recientes. A medida que se profundiza en el depósito, atravesando las capas que lo constituyen, se nota que los huesos adquieren una consistencia mayor; su color es diferente; semejan una composición de estuco; hánse transformado químicamente, y cada vez se tornan más frágiles y vitreos; su brillo es metálico y su excesivo peso indica que las substancias orgánicas que primitivamente lo formaron han sido reemplazadas por otras, concluyendo por mineralizarlas casi completamente. Todo esto no podría ocurrir, con el detalle de sus fases y a medida que se profundiza en la tierra, con el concurso y acción de las materias fosilizantes exclusivamente, pues, de serlo así los restos fósiles no presentarían, como presentan, diferencias tan grandes, desde los que se hallan en las capas superficiales rodeados simplemente de una capa delgada calcárea, y que son tan livianos que sobrenadan en el agua, hasta aquellos que han pasado por las fases de incrustación de substancias metálicas y sílicas, de penetración molecular y de conversión química, y que pesan poco menos que el hierro.

Hay también otras pruebas que demuestran la sucesión de capas formadas en el transcurso de largos períodos de tiempo. Una de ellas sería de carácter paleontológico que evidencia que las especies más alejadas de las formas actuales, tales como por ejemplo, el Arctotherium, el Megamys Ruermeister y la Macrauchenia Patagónica, se encuentran siempre en la base del depósito, o sea en las capas inferiores y nunca en las superiores, ocurriendo lo contrario con algunas especies que viven en la actualidad, tales como las que pertenecen a los grupos de los bóvidos y cápridos, las que se encuentran exclusivamente en las capas más superficiales.

En esta sucesión de capas y de las especies que las contiene se puede ver cuán inexacta resulta la teoría de Boule, cuando deduce las causas de la extinción de la fauna del valle de Tarija de una supuesta competencia hecho por las especies ágiles y más adaptables a las condiciones del medio contra las más pesadas y menos dotadas, por su estructura orgánica, para la lucha por la vida.

En el yacimiento de Tarija se ve, ante todo, que las especies denominadas “ligeras” se presentan desde las capas más inferiores junto con las especies pesadas, y sin hacer una sola excepción, ambas a dos, las especies ligeras y pesadas, resultan en la hoya de Tarija completamente extinguidas. ¿Cuáles pudieron ser entonces las especies que compitieron y desalojaron a los proboscidios y a los enormes adentados, produciendo su extinción? Podría citarse como excepción la llama; pero esta especie, u otra afín, no se encuentra sino en las cordilleras y no en la región del valle. Los primeros pobladores españoles venidos de Potosí con Luis de Fuentes, no las encontraron aquí. Pero la extraño es que esas especies “ligeras,” algunas de las cuales viven actualmente en regiones no muy alejadas de Tarija, tales como las pertenecientes a los grupos de los carnívoros, de los edentados (armadillos), de los roedores y de los insectívoros, estuviesen aquí, en el valle de Tarija, extinguidas, sin haber dejado ningún representante.

Todo ello acusa la existencia de otras causas distintas a las señaladas como determinantes de la extinción de las especies en el yacimiento que venimos estudiando. ¿Cuáles pueden ser ellas? La explicación de este problema la encontramos nosotros en el levantamiento de la cordillera y consiguiente producción de una época glacial en la región de Tarija, que trajo consigo una modificación climatérica y meteorológica, que empobreció la flora, haciendo imposible la vida de las especies y señalando el término de su existencia. Steinmann, que ha estudiado minuciosamente el proceso de los glaciares en una vasta extensión de la América del Sud, ha constatado las huellas de fenómenos de gelación en lugares próximos a Tarija, en donde ha podido advertir, a falta de los canchales terminales, tan característicos en las regiones más elevadas de los Andes, “viejos guijarrales,” cuyo transporte no puede atribuirse a corrientes de agua. ,Y si este hecho suscita algunas dudas por la altura en que se halla el valle de Tarija, ellas desaparecen si se tiene en cuenta, de acuerdo con las conclusiones de Steinmann, que “el límite de la nieve durante la última época glacial adquiere el mismo valor bajo latitudes análogas, pareciendo del todo un poco más grande bajo las altas latitudes y un poco más débil en las bajas latitudes,” y seguidamente hace notar que “de cualquiera manera que se calcule el límite de las nieves para la última época glacial, su posición difiere bajo las dos montañas (oriental y occidental) por relación al límite actual en el mismo sentido y casi del mismo valor.” Así, señala el Tacora, que se halla ubicado en la cordillera occidental, bajo una latitud de 17º 30' con canchales pontales de la última época glacial hasta cuatro mil doscientos metros próximamente, mientras que en el Tunari, perteneciente a la cordillera oriental, y bajo la latitud más o menos igual (17º 10') “los canchales terminales correspondientes descienden hasta debajo de 3,000 metros.”

Encontrándose Tarija en una latitud mucho más baja que la del Tunari (21o 30') no resultaría extraño que los canchales terminales hubiesen descendido hasta 2,000 metros; pero suponiendo que el límite de los hielos en la época glacial sólo haya llegado hasta los 3,000 metros, como en el Tunari, habría sido suficiente eso para modificar fundamentalmente las condiciones climatéricas del valle de Tarija, haciendo desaparecer su antigua y exuberante vegetación y produciendo la muerte de las especies, por la insuficiencia de la alimentación y de las indispensables condiciones de vida.

No es admisible tampoco que las especies hubiesen podido emigrar en esa época en que las cordilleras se encontraban bloqueadas por el hielo. Es casi seguro que en ese entonces se hayan formado en la región de la hoya algunos lagos que fueron labrando su salida poco a poco por las colinas más bajas de la parte oriental, formando las gargantas o angosturas de las cordilleras del Rujero y del Cóndor.

El lecho o sedimento del valle en que reposan las osamentas fósiles, formado ya antes de la época glacial, participó de los movimientos tectónicos de la época y en sus capas se advierten resquebrajaduras, rellenaduras e inclinaciones. Es por eso que aun las limosas, compuestas de materiales impermeables, franquean libre entrada a las aguas pluviales, por sus intersticios y agrietamientos, produciendo quebradas profundas, canales interiores y ese intrincado laberinto de barrancos que especializa de manera singular a la región de Tarija[viii].

Tal es, en conclusión, nuestro concepto acerca de la formación del suelo de Tarija; de la época aproximada en que se constituyeron sus capas; de los movimientos orogénicos que les sucedieron, y finalmente, de las causas que originaron la total extinción de los seres que lo poblaron. ¿Fué contemporáneo el hombre de esta rica y gigantesca fauna del final del plioceno, y asistió al espectáculo de la muerte de sus últimos representantes? En la colección paleontológica de Tarija existen pruebas que permiten afirmaciones claras y rotundas en favor de esta tesis; pero su consideración nos llevaría demasiado lejos del propósito que nos ha guiado al escribir este artículo, cediendo a la invitación que nos ha hecho la empresa editora de “Bolivia en el Primer Centenario de su Independencia.”

 

L. ECHAZÚ.

[i] La colección de fósiles del harón Erland Nordenskióld fué adquirida por A. Reinhold y obsequiada por éste al Museo Real de Estokolmo, “con cuyo motivo, dice Nordenskióld, el Museo de Estokolmo posee la colección más importante de toda Europa en restos de mastodontes sudamericanos."

[ii] El conde G. de Créqui Montfort en su informe sobre "Exploración en Bolivia" afirma haber adquirido toda la colección paleontológica formada en Tarija, lo cual es un error. El señor Argandoña sólo pudo obtener duplicados de las piezas existentes y no llevó las que no tenían en la colección tales duplicados, con lo que se ha privado al estudio de Boule del material más importante.

[iii] Barcellin Boule, "Los Mamíferos fósiles en Tarija."

[iv] Gustavo Steimann, "El Diluvium en la América del Sud.”

[v] Burmeister, "Los caballos fósiles de la pampa argentina.”

[vi] Weddel, "Viaje en el Sud de Bolivia.”

[vii] Marcellin Boule, obra citada

[viii] El paleontólogo norteamericano, Sr. Elmer S. Riggs, jefe de la misión científica enviada a la Patagonia por el Museo de Historia Natural de Chicago, hace cuatro meses, más o menos, desde fines de Julio hasta el 23 de noviembre de 1924, que se encuentra practicando excavaciones y estudios en la región de Tarija. Dada la reconocida autoridad científica del señor Riggs no es dudoso el éxito de sus trabajos . y el interés que han de despertar por su importancia.

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