Rodolfo Meyer Eguez y los gigantes de Tarija
El director de la Fundación Tarija Tierra de Gigantes impulsa ciencia, identidad y turismo desde el valor de fósiles milenarios, en una región clave pero históricamente relegada del debate paleontológico mundial.
En Tarija, donde alguna vez los cronistas españoles creyeron ver huesos de gigantes, Rodolfo Meyer Eguez insiste en que la historia sigue incompleta. No por falta de fósiles —que abundan—, sino por la ausencia de un relato científico consolidado que los nombre, los ordene y los proyecte hacia el mundo.
Director ejecutivo de la Fundación Tarija Tierra de Gigantes, Meyer enuncia la paradoja de un territorio con riqueza paleontológica de escala global, pero con escaso desarrollo académico sistemático. “Si no investigamos, no podemos preservar; si no preservamos, no podemos difundir; y sin todo eso, no hay turismo posible”, resume, trazando una ecuación simple para un problema estructural.
La historia que defiende no es menor. Desde los albores de la paleontología moderna, figuras como Georges Cuvier, padre de la disciplina, describieron especies vinculadas a esta región. Entre ellas, el mastodonte andino que en algún momento llevó el nombre de Cuvieronius tarijensis. Hoy, la nomenclatura dominante lo diluye en clasificaciones más amplias, pero Meyer insiste en recuperar ese rastro: “No es solo un debate taxonómico, es identidad histórica”.
La defensa del nombre revela la disputa por el lugar de Tarija en la historia de la ciencia. Para Meyer, no se trata de confrontar a la comunidad científica internacional, sino de reinsertar a la región en el mapa del conocimiento. “Tarija fue protagonista en los inicios de la paleontología, pero perdió incidencia porque no generó investigación propia sostenida”, señala.
Durante décadas, miles de piezas fósiles fueron recolectadas, almacenadas o, peor aún, perdidas bajo el avance urbano. En la memoria de generaciones anteriores, los colmillos de mastodontes servían como bancos improvisados en el campo. Hoy, esos vestigios son cada vez más escasos. “Hemos perdido una parte enorme de ese patrimonio”, advierte.
Frente a ese vacío, la Fundación impulsa un enfoque estratégico: investigación, preservación y promoción. En alianza con especialistas internacionales, incluidos investigadores vinculados a la Universidad de Barcelona, se trabaja en la clasificación taxonómica a nivel de especie, un paso clave para dimensionar con precisión la riqueza local. Sin ese dato, explica Meyer, cualquier discurso turístico o científico queda incompleto.
El desafío no es solo técnico. También es político, cultural y económico. Tras el declive del gas, Meyer ve en el turismo una alternativa real para el desarrollo regional, pero se trata de un turismo especializado, de alto valor, capaz de atraer visitantes interesados en ciencia, historia natural y experiencias únicas. “La diferencia no es solo cuántos turistas vienen, sino cuánto tiempo se quedan y cuánto gastan”, puntualiza.
“Sin investigación no hay preservación, y sin ambas, Tarija perderá su historia antes de entenderla”
En ese horizonte, la paleontología se convierte en una herramienta de construcción de identidad. “Tarija Tierra de Gigantes” es una narrativa que busca competir con la tradicional imagen vitivinícola del departamento. “Rutas del vino hay en todo el mundo; un reservorio paleontológico como este, no”, sostiene.
Las proyecciones incluyen circuitos descentralizados en distintas provincias, museos interactivos, artesanías inspiradas en megafauna y hasta infraestructuras simbólicas que materialicen esa identidad. Pero todo depende de la consolidación de la base científica.
Meyer lo sabe porque su propia historia está atravesada por esa realidad. Formado en ingeniería geológica y del medio ambiente en la UMSA, su vínculo con la paleontología surge tanto desde la academia como desde una herencia familiar. Su padre, recuerda, ya denunciaba en los años 80 la pérdida de fósiles y buscaba apoyo internacional para preservarlos. “No se logró por falta de continuidad institucional”, dice, como quien describe una constante nacional.
Hoy, el escenario parece distinto. El reconocimiento reciente del Concejo Municipal a investigadores y gestores del área marca un punto de inflexión simbólico. También lo hacen las leyes que declaran a Tarija “capital sudamericana del Pleistoceno”, un título que Meyer busca escalar a nivel nacional.
Pero más allá de las normas, su apuesta es otra: instalar a Tarija en el debate científico global. “Este patrimonio no es solo nuestro, es de la humanidad”, afirma. En esa idea —tan ambiciosa como urgente— se juega el futuro de una disciplina que, en Bolivia, todavía busca su lugar.





