La Edad de las Espinas: habitar el dolor como si fuera casa
Damián Guerra tomó la Galería de la Casa de la Cultura con una exposición que puede parecer pesimista, pero es una declaración de que lo que duele también existe, y que negarlo sería una verdadera mutilación.
Hay un texto escrito a mano bajo uno de los bocetos de los cuadernos que Damián Guerra puso sobre una mesa al centro de la Galería de la Casa de la Cultura, la noche del 11 de mayo: “Mis ojos llagados se reían, mis escamas conscientes son plumas de metal (…) en una corteza infecta. Extraño ser un mamífero”. Escondida entre las páginas, la frase puede ser el hilo conductor de su primera exposición.
Guerra llegó a la Galería con obras que han esperado años en cajones y en estantes de distintas casas. Él mismo dijo que volver a verlas es como revisitar etapas de su vida que ya no quiere recordar, pero que tampoco puede permitirse olvidar. Esa tensión entre el deseo de cerrar y la necesidad de conservar es la misma que atraviesa visualmente toda la muestra. El sufrimiento de sus personajes y paisajes puede parecer estático por tratarse de un arte bidimensional, capturado en papel. Pero es el retrato de una incesante transformación que ocurre en el umbral incómodo entre lo que solían ser y aquello en lo que la vida los está convirtiendo.
El lenguaje visual de Guerra bebe de fuentes que adora. Se nota Egon Schiele en la tensión expresiva de los cuerpos, Odilon Redon en las criaturas que flotan entre lo orgánico y lo onírico, H. R. Giger en la mecanización de la carne. Pero el resultado no es derivativo, porque Guerra construye un sistema propio, coherente, con una mitología interna que se despliega tanto en la pintura como en la música y en las libretas que ofreció como mesa de disección. Balmung, héroe maldito de sus bocetos, habita el mismo universo que el Príncipe Leto que se convierte en gusano en la sala principal. Son figuras de un mismo panteón personal.

Técnicamente, la muestra es desigual en el mejor sentido. El pastel logra resultados hermosos, de textura densa y luminosa. El óleo tiene momentos de gran contundencia. El carboncillo sobre papel blanco, con el que está hecha la obra La eternidad, usada en la portada del disco homónimo de Lengua Negra, publicado en marzo, funciona con una economía que es su mayor riqueza. Un rostro que mira al frente con calma. Una corona de espinas sobre la cabeza. Una hoz y un martillo apenas visibles debajo del cuello. Símbolos claros, sin ironía, que señalan hacia algo que el espectador tiene que decidir solo.

“Podría decirse que todos estamos condenados a atravesar en algún momento una edad de las espinas”, dijo Isabel Antelo en la inauguración de esa exposición. Pero, a la vez, entre la pintura y los cuadernos hay también un cocodrilo médico con lentes que sostiene una jeringa. Es la cosa más divertida de toda la exposición, y su presencia nos dice que Guerra no se toma a sí mismo como un profeta de la oscuridad. Se lo toma en serio, que no es lo mismo.
En el ecosistema cultural tarijeño, dominado con razón y con mérito por el folklore, la costumbre y la música tradicional chapaca, artistas como Guerra ocupan ese margen que no es menor ni residual, porque es necesario. Ahí se encuentra con Gabi Vómito, Bad Drawer, Sadid Arancibia y pocos más que están construyendo una escena donde se mira la ciudad y el universo desde otro ángulo, donde lo vivido adquiere las formas que no están disponibles para los santos.





