Analía Riera Sorich, la hija del folklore que eligió vivir cantando
La Pity creció entre cacharpayas y contrapuntos, heredera de Taricanto. Hoy construye su carrera solista con la misma perseverancia que su padre y su madre le enseñaron.
Quizá a Analía Riera la escogió la música, no al revés. Conocida en el mundo del folklore tarijeño como La Pity, creció dentro de Taricanto, el dúo conformado por Gonzalo Riera, médico cirujano que siempre dijo que la medicina era su hobby y la música su verdadera carrera, Ana Sorich, cantante cueveña criada en Tarija. El dúo puso la cacharpaya en el mapa sentimental de la región. En ese hogar, la música era el aire que se respiraba.
Después de dieciocho años formando parte de Las Churas, el primer grupo folclórico femenino de Tarija, que ella misma ayudó a fundar, Analía ha dado un paso personal en su carrera para hacer la apuesta solista. Lo hace recuperando el apodo que le dieron en la familia. “Pity es mi lugar seguro”, dice sin duda. En ese retorno a las raíces, está la artista que quiere ser la misma que siempre fue.
Su propuesta lleva el sello de casa. Cada traje que sube al escenario tiene nombre y concepto propio. “Vino patero”, en honor a su padre, luce los colores de la uva, el parral y el sol tarijeño. “Madre”, el vestido blanco entrelazado de su primer videoclip, está dedicado a Ana. El próximo se llamará “Cindy Marita”, bautizado en honor a dos seguidoras de TikTok que co-diseñaron sus detalles durante un live. En ese gesto está la filosofía de Analía, creadora de un arte que nace de vínculos construidos desde la autenticidad.
Entrando en oficio, La Pity no tiene horario. Su rutina va de la planificación de shows, cotizaciones, vestuario, calendarios de festividades, y coordinación de su equipo, en gran medida. “Trabajar con la música no es solo cantar”, explica. Hay noches sin vida social, cumpleaños a los que no puede ir, amigas que hace tiempo no ve. Pero no es una vida sacrificada. “No estoy sobreviviendo, estoy viviendo”, dice. La diferencia lo es todo.
La mayor herencia que le dejaron sus padres no es la voz ni el ritmo, sino la perseverancia. “Mi papá decía: no tienes que ser la mejor, tienes que ser constante. Abres la tienda a las seis de la mañana y la cierras a las diez de la noche, sin cansarte”. Analía lo tomó al pie de la letra. Bares de Tarija con su hermano mayor, una banda de rock llamada Ajayu, Las Churas durante casi dos décadas, y ahora este camino propio. Sin meta declarada, sin estadio en el horizonte como obsesión. “Disfruto el proceso”, repite, construyendo su convicción despacio, paso a paso.
En el escenario, Analía tiene la voz, el ritmo, y el don de la conexión directa con el público que caracterizaba a Taricanto. Sus padres se “peleaban” en escena, bromeaban, interpelaban al auditorio como si fuera su sala de estar. Ella hace lo mismo y baja del escenario, canta entre la gente, convierte un live de TikTok en un espacio donde una mujer que acaba de separarse de su marido puede llorar y sentirse escuchada. “Yo voy a usar este instrumento que Dios me ha dado, que es la voz, para ser una mensajera en la música y poder ayudar a las personas cantando”, dice.
Tal es la misión de La Pity, y lleva ese mensaje con la intensidad de quien sabe lo que le fue encomendado.





