Elisabeth Carreras: la mujer que aprendió a tejer con el monte
Una artesana nacida en el Beni, formada en psicología y sociología, que cambió las ciudades por el Chaco para aprender de las manos de las tejedoras weenhayek y guaraní.
Elisabeth Carreras nació en Trinidad, Beni, creció en La Paz, estudió en el Colegio Santa Ana de Sucre y se licenció en Psicología y Sociología en la Universidad Mayor de San Simón de Cochabamba. Vivió en Argentina. Y entonces, hace unos veinte años, tomó una de esas decisiones que no tienen explicación racional pero que lo cambian todo: se fue a vivir al Chaco boliviano, porque hay vidas que no se viven ni se explican en línea recta.
Carreras no fue a hacer una visita de fin de semana, ni un trabajo de campo académico. Fue a quedarse temporadas largas en las comunidades, conviviendo con las mujeres guaraníes y weenhayek, aprendiendo de sus manos, escuchando sus leyendas, comprendiendo el significado de cada fibra, cada color, cada nudo.
“Ellas me enseñaron a trabajar con el hilo de carawata y a amarlo”, dice Elisa, como la llamaban esas maestras, muchas de las cuales ya no están en este mundo, y se fueron llevando consigo saberes que nadie supo registrar a tiempo.
Lo que Elisa construyó a partir de ese encuentro no es folclore ni turismo cultural, sino otra cosa, a veces difícil de nombrar y valorar. Es una práctica artesanal que nace de la horizontalidad, del respeto y de años de relación real con las comunidades.
Elisa trabaja fundamentalmente con la fibra de carawata —también llamada caraguatá—, una planta del monte chaqueño cuyo procesamiento es largo y laborioso: recolección, extracción de la fibra, secado, remojado, machucado, teñido con elementos naturales como resina de algarrobo o semilla de algarrobillo, hilado, y finalmente tejido. Un proceso que las mujeres weenhayek dominan como un lenguaje propio, y que Elisa aprendió a hablar sin acento ajeno.
Su trabajo ha tenido el reconocimiento que suele tardar en llegar: en ferias de turismo, en exposiciones, en artículos que señalan la riqueza que el Estado nunca terminó de apoyar. También ha tenido sus tensiones, pues Elisa ha sido acusada de folclorizar y, paradójicamente, ha tenido problemas con diseños propios copiados por otras personas que no se dieron el trabajo de relacionarse con el origen. Ha sido cuestionada de muchas formas. Ella lo asume con la lucidez de quien lleva dos décadas navegando esa línea fina.
“El éxito de mi trabajo es ese”, dice: “una mujer urbana que se encontró con mujeres rurales y propuso un trabajo conjunto”. Una mujer de ciudad que aprendió a escuchar antes de hablar. Que llegó sin imponer y se quedó porque la recibieron. Que hoy sigue en el camino, haciendo lo que se puede, porque eso es también una forma de luchar por lo que se pierde.





