Día Internacional de la Oposición a los Alimentos Transgénicos
Niños perdidos en la soya, o cómo Bolivia se come su futuro
En el Día Internacional de la Oposición a los Alimentos Transgénicos, Bolivia aprueba nuevos eventos GM mientras vende su tierra a magnates extranjeros y envenena en silencio la herencia genética más rica del continente.
Una imagen, una hipótesis. Niños perdidos en un campo de soya, una zona restringida, y un dron que sobrevuela este supuesto cultivo en el corazón de Bolivia, uno de los doce países megadiversos del planeta, una tierra que alberga 77 razas de maíz nativo, más de 2.400 variedades de papa preservadas apenas en un banco de semillas en Cochabamba, y cultivos con diez mil años de conversación ininterrumpida con las manos bolivianas.
La historia empezó antes de que esos niños nacieran. En los años ochenta, Bolivia abandonó el trigo para priorizar cultivos de exportación. En los noventa, las semillas de Monsanto entraron de contrabando desde Argentina, el mismo camino que hacen hoy los transgénicos no autorizados. En 1998, se hicieron los primeros ensayos de campo con soya GM. En 2005, con Carlos Mesa en la presidencia, se firmó la primera autorización formal. Desde entonces, todos los gobiernos —de izquierda, de derecha, de transición— han cedido algo. Evo Morales cedió en 2015 cuando frente a los agroindustriales cruceños dijo que la ecología “cuesta caro”. Arce cedió al abrir la evaluación del evento HB4. Rodrigo Paz, en sus primeros cien días, lo aprobó, intentó el arancel cero para la soya importada, promulgó la Ley 157 que abre el mercado de tierras campesinas al capital financiero, y prometió “una liberación plena de todas las tecnologías”.
En los comunicados de prensa oficiales no se dice que el 100% de los productores de soya evaluados en Santa Cruz ya tiene glifosato en el organismo. Que más del 40% de los alimentos en los supermercados bolivianos contiene residuos de agrotóxicos. Que el maíz amarillo que circula en las ferias del Chaco, el que comen los pollos y cerdos que nos comemos, proviene en su mayoría de semillas transgénicas sin autorización, traídas desde el otro lado de la frontera con Argentina.
Mientras tanto, vemos al “Rey de la Soya” brasileño, Eraí Maggi, del grupo Bom Futuro, poniendo su nombre a casi 40.000 hectáreas de tierra chiquitana —hasta ocho veces el límite constitucional de 5.000 hectáreas por persona. ¿Cómo lo hace? La titularidad se distribuye entre familiares y amigos, cada uno con su cuota legal, sumando a un latifundio prohibido por la Constitución, pero no controlado por el Estado. La tierra aquí es más barata que en Mato Grosso. Y el pájaro madrugador se come los gusanos más gordos.
La imagen, la hipótesis. Los niños tienen cerca de diez años. Cuando cumplan cuarenta, en Bolivia habremos vivido más de medio siglo de historia transgénica, desde las primeras semillas que llegaron sin permiso en los noventa. ¿Habrá miles de variedades de papa y comunidades custodiando semillas? ¿Habrá herencia, o quizá solo un museo cuyas áreas verdes lucen letreros de precaución en medio de un campo que ya no nos pertenece?
Cada niño que crece entre campos fumigados sin saberlo lleva en su cuerpo una deuda que no pidió.
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