Gabriela López Lea Plaza pinta el cosmos desde adentro
En “Busquen conocimiento”, la artista tarijeña abandona la memoria personal para lanzarse a territorios más vastos: la conciencia, lo sagrado y lo desconocido.
Hay obras que se ven y otras que se leen. La nueva exposición de Gabriela López Lea Plaza, “Busquen conocimiento”, instalada una vez más en Los Altos del Marqués frente a la Plaza Luis de Fuentes, exige las dos cosas.
Si el ojo puede seguir los chorros de pintura que cayeron libres sobre la tela, con ese dripping heredado de Pollock que ella domina con soltura creciente, la mente se detendrá, inevitablemente, a pensar también los títulos que ha escogido: Anunnaki, Sol Negro, 144 mil, Naves de Luz, Seres Adámicos. Algo cambió en el interior de esta pintora, y desde ese nuevo sitio invita a buscar más.
Hace dos años, en “Reminiscencia”, Gabriela se movía en el territorio íntimo y seguro de la memoria afectiva. Sus obras llevaban nombres como Dualidad, Amigo imaginario, Mentalidad, Ensamblajes celulares. El foco estaba puesto en el yo, en su infancia y feminidad, en la arqueología de su propia historia. Era una pintura confesional disfrazada de abstracción. En 2026, el ego sigue presente, pero ahora mira hacia afuera, hacia arriba, hacia lo que escapa a cualquier certeza. La artista ha trocado la introspección por la especulación, el recuerdo por la revelación.
Los títulos de la nueva colección pertenecen a un vocabulario reconocible para quien haya frecuentado el pensamiento esotérico, la nueva era y ciertas tradiciones gnósticas contemporáneas. Los Anunnaki son las deidades mesopotámicas que algunas corrientes pseudohistóricas presentan como creadores de la humanidad. Los 144 mil remiten al número simbólico del Apocalipsis de Juan, reinterpretado por movimientos milenaristas como señal de un grupo elegido para una transformación espiritual. El Sol Negro es un símbolo de alquimia y ocultismo. Seres Adámicos, Naves de Luz, y Luz Crística nos enfrentan al mapa visual de lo que en círculos espirituales alternativos se llama el “despertar de conciencia”, ese proceso de iluminación personal que mezcla pedazos de tradiciones diversas (cristiana, gnóstica, alienígena, cuántica) con urgencia apocalíptica.
Aquí reside la tensión de la obra, porque el texto curatorial que la propia Gabriela redactó invita a “observar, sentir y reflexionar”, promete que “no hay respuestas únicas” y afirma que “el sentido se construye desde la mirada de cada espectador”. Un texto de apertura radical, casi deconstructivista. Pero los títulos de las obras hacen otra cosa, anclando imágenes a sistemas de creencia muy específicos, cargados de una semántica propia y cerrada. El espectador que no comparte ese universo simbólico queda flotando entre las aguas de la abstracción cromática que lo libera y el título que lo interpela con una certeza que no comprende.
Tal disonancia es quizá el punto más fértil de la muestra, porque la abstracción opera precisamente en el espacio entre lo que se muestra y lo que no se puede decir. Sus lienzos grandes, construidos en capas y capas de acrílico brillante, con contrastes que golpean y transparencias que sugieren profundidad, producen una experiencia física antes que intelectual. El color convoca. La textura retiene. Y luego viene el título, y obliga a preguntarse: ¿qué vio esta mujer mientras pintaba?
Más allá de la iconografía esotérica, “Busquen conocimiento” revela a una artista en plena expansión de su mundo interior. Gabriela López Lea Plaza busca más allá de su pasado, en las preguntas más antiguas y abiertas de la humanidad. Quiénes somos, de dónde venimos, qué hay más allá de lo visible. El color sigue siendo su palabra, pero ahora quiere hablar de lo innombrable.





