Tarija ch’alló su suerte
El martes 17 de febrero, entre albahaca y serpentinas, los tarijeños le hablaron a la Madre Tierra con ofrendas, cohetillos y un vaso de vino, o de cerveza, bien merecido.
Cuando el sol todavía estaba despertando sobre los cerros de Tarija, ya tronaban los primeros cuetillos. No era susto ni pelea: era el anuncio de que la Pachamama había llegado de visita, y había que recibirla bien. Así, el martes 17 de febrero de 2026, la ciudad volvió a vivir uno de los rituales más coloridos y profundos de nuestro Carnaval: el Martes de Ch’alla.
La palabra viene del aymara y significa “salpicar con líquido”, pero es mucho más que mojar las cosas con vino o cerveza. Es un acto de gratitud, un diálogo antiguo entre la gente y la tierra que les da de comer, que les cuida la casa y les protege el negocio. Es, como dicen los mayores, devolver lo que la Pachamama prestó.
En Tarija, esta celebración tiene su propio sabor. La tradición chapaca del Martes de Albahaca, con su aroma fresco y su respaldo en ordenanza municipal, comparte el día con la ch’alla traída por los migrantes paceños, orureños y potosinos que se asentaron en la Chura Tarija y que nunca dejaron de honrar a su Madre Tierra. Lejos de rivalizar, las dos costumbres se abrazaron, y no es raro ver un automóvil adornado con ramas de albahaca y, al mismo tiempo, cubierto de serpentinas de colores, mientras el dueño riega las llantas con alcohol y enciende un sahumerio.

La mesa ritual, o q’oa, es el corazón del asunto. Sobre ella se disponen flores, confites, granos dorados, hojas de coca, dulces de azúcar con forma de casitas y corazones, lanas de colores, pétalos y bebida. Cada elemento tiene su pedido: salud, trabajo, amor, cosecha. En el campo tarijeño, esa mesa se entierra al final; en la ciudad, se deja consumir entre el humo y la alegría.
Los cohetillos se encienden para ahuyentar los malos espíritus, limpiar el aire, anunciar que aquí hay vida y hay fe. El ruido, en este caso, es bienvenida.
Así, entre el olor a albahaca y el humo de la q’oa, entre coplas y un buen vaso de vino, la Chura le dijo una vez más a la Pachamama lo que mejor sabe decir: gracias, madre, y que no falte.






