Se nos fue el carnavalito
Carnaval Chapaco, a pura agua y alegría desbordada
En la plaza Luis de Fuentes, la fuente central deja de ser ornamento para convertirse en cuartel general de la infancia más empapada y feliz de Bolivia.
Hay una verdad que Tarija repite cada carnaval con la puntualidad de los lapachos en flor: nadie cruza la plaza Luis de Fuentes sin terminar chorreando. Y esto no es un accidente, sino un hecho que se ha convertido en institución.
La fuente del centro de la plaza, que a veces es un espejo y otras un desparpajo, pero siempre es la casa de las palomas, muta en tiempo de carnaval en algo mucho más salvaje y democrático, como puede serlo una fortaleza.
Los primeros en tomarla son los niños, siempre los niños, con esa inteligencia táctica que solo da la inocencia absoluta. Se zambullen, se parapetan, organizan flancos de ataque con baldes, pistolas de agua, globos llenos hasta reventar y espumas en spray que blanquean y esconden a cualquiera entre nubes imposibles. El que pasa por la vereda es objetivo legítimo. No hay tregua, no hay clemencia, no hay apelación.

Las palomas, animales de costumbre y poca guerra, lo saben de memoria. Antes de que el primer balde salga volando, ya están en lo alto de las palmeras, las tipas y los lapachos, mirando desde sus copas con esa cara estoica que esos animales saben tener. Esperarán. El agua siempre termina.
Por la plaza circulan también los adolescentes en noviazgo, navegando esa tensión deliciosa entre el instinto de proteger y la tentación de empujar suavemente a la pareja hacia la zona de fuego. Él mide sus opciones. Ella ya sabe lo que va a pasar. El resultado, invariablemente, es risa y ropa pegada al cuerpo.

Los demás, mayores y no tanto, observan desde las orillas con cerveza fría en mano, balanceándose al ritmo de la cueca que algún grupo toca cerca del escenario de la alcaldía. Esperan el show oficial, pero el show verdadero ya lleva horas en cartel, protagonizado por los chapacos del futuro y sus reflejos de francotiradores.
Aquí compartimos algunas imágenes de este cuento, como para que sepa que las tropas infantes del agua tienen ojos de halcón para los fotógrafos, y los dejan tiesos de pies a cabeza.

El calor lo justifica todo. Tarija registraba en febrero del año 2000 temperaturas promedio de 26°C; en 2026, los termómetros empujan consistentemente los 33°C durante el carnaval, casi dos grados por encima del promedio histórico del período, en línea con el calentamiento regional del centro-sur sudamericano que acumula 0,8°C de aumento en 25 años según registros del Senamhi boliviano.
La lluvia, en cambio, llega cada vez más tarde y más caprichosa. El cuerpo exige el agua que el cielo demora en dar.
Así que la plaza la provee, con globos, chisguetes, baldes, y la risa colectiva de la ciudad que celebra una de las formas más antiguas y honestas de estar vivos.





