Pura Cepa | La Contra
Touchdown! Bad Bunny sembró la semilla de la memoria
El show de Benito Antonio Martínez Ocasio fue un acto de resistencia cultural que devuelve al pueblo latinoamericano su historia secuestrada
El 8 de febrero de 2026, en el corazón del imperio que alguna vez intentó prohibir su voz, Bad Bunny convirtió el Super Bowl en una siembra de memoria anticolonial. El sistema no se esperaba que le dieran tanto palo.
Mientras más de 130 millones de personas observaban desde sus pantallas, el artista puertorriqueño desplegó sobre el césped de Santa Clara una cartografía cultural que habría sacado una sonrisa al periodista uruguayo Eduardo Galeano: las plantaciones de caña, los jíbaros con pavas, el bar de Toñita’s en Brooklyn, las banderas del continente entero ondeando con las venas abiertas, por fin sangrando juntas sus colores. Cada elemento escenográfico, cada momento, funcionó como un capítulo del gran libro que cuenta la historia real de América Latina y que el imperialismo sigue queriendo quemar.
Sí, está bien, sobre todo se trató de Puerto Rico, pero lo que Bad Bunny está haciendo, desde su lugar privilegiado como uno de los artistas más escuchados del planeta, es lo que el sociólogo peruano Aníbal Quijano llamó la descolonización epistémica, es decir, el acto de recuperar el conocimiento desde el sur para devolverle al pueblo la memoria que le fue arrebatada.

Y cuando Benito cantó DeBÍ TiRAR MáS FOToS al final del show, saltando con todo el equipo, mientras la pantalla decía claramente que lo único más poderoso que el odio es el amor, celebraba con el continente entero sembrando en el campo de juego la semilla de la conciencia de la que tanto habló el historiador boliviano Sergio Almaraz Paz.
El gesto más radical fue ontológico, porque Bad Bunny le recordó al mundo que América no es solo Estados Unidos, que las Américas son Cuba, Jamaica, México, Granada, Sint Maarten, Bolivia, y todos los pueblos que el proyecto colonial bautizó como “subdesarrollados” cuando es al capitalismo global al que le falta la capacidad para reconocer otras formas de conocimiento y existencia.

Por eso, un aplauso para Stefani Germanotta, Lady Gaga, Lady Salsa, Lady Flor de Maga, la reina del pop estadounidense, que cantó Die With A Smile al son y golpe de Los Pleneros de la Cresta, una canción perfecta para la boda de Elli y Tommy, que deja la puerta abierta a una posible aventura latina musical, claro, con humildad y no apropiación. Qué será…
Como sea, además de una boda real, en 13 minutos vimos el saqueo y el despojo bien señalados. Vimos a un niño tan parecido a Liam Conejo Ramos recibir un Grammy, aunque sabemos que sigue detenido por ICE en el gobierno que todavía no encuentra un plan para recuperar los afectos y sumarse a la resistencia desde la cultura con todo su poder institucional.
Vimos un espectáculo potente, lleno de gestos pequeños, simbólicos y conmovedores, con cuerpos vivos, poéticos, culturas que se desgarran para adorarse, y decisiones estéticas que se erigen como actos políticos sin dejar de ser arte. Y sí, extrañamos las imágenes del público de ese estadio, viviendo y reaccionando ante la propuesta. “Bailen sin miedo, amen sin miedo”.

Ahora bien, miremos la paradoja. El acto de resistencia ocurrió dentro de la maquinaria capitalista más sofisticada del planeta. El Super Bowl es el evento deportivo que más dinero genera en Estados Unidos, un espectáculo diseñado para vender productos, mantener el statu quo y, en última instancia, reproducir el sistema. La controversia con Trump y los conservadores, que organizaron su show alternativo con Kid Rock, se toma como gasolina para el rating (les encanta la gasolina), un conflicto manufacturado que genera más audiencia, dinero y capital.
El sistema se come las manifestaciones antisistema, las absorbe, las domestica y las convierte en mercancía. El conejo malo sabe, pero la conciencia de esa contradicción no anula su gesto. Más bien, lo complejiza. El pensador francés Albert Camus decía que lo difícil, en efecto, es asistir a los extravíos de una revolución sin perder la fe en la necesidad de ésta. Bad Bunny opera desde esa tensión, sin resolverla ni pretender pureza, sembrando la rebelión como su propia marca registrada.
¿Tal método vacía el gesto? No, porque es parte de este tiempo de contradicciones irresolubles, donde los desesperados quieren acabar con todo a bombazos sin plena, donde el capitalismo cansino se sigue comiendo hasta su propia crítica. El producto de Benito es algo que el dinero no puede comprar ni germinar, y se llama memoria.

Ahora, millones de latinoamericanos de todas las edades, jóvenes, sobre todo, muchos de ellos hijos del desarraigo migratorio de patrocinio imperial, vieron en el campo y en la casita las historias que los abuelos vivieron y nos contaron. Vieron la caña, el dominó, los carritos de piragua, el barrio, y una cultura que no necesita subtítulos ni blanqueo. Vieron que se puede ser así, como uno es, como a uno le da la gana.
La dominación no se desmonta con un solo gesto, pero la fisura es tan oportuna cuando los colonizados dejan de buscar la aprobación del colonizador. Si vamos a rezar porque América sea grande otra vez, porque Dios la bendiga, ahora tenemos en el libro todos sus nombres, todos los países de las Américas para recordar a los clubes del imperio que América no es suya.
Por supuesto, como quieran, Bad Bunny no es un intelectual orgánico en el sentido gramsciano clásico, pero está cumpliendo esa función para una generación que ya no lee, ni leerá esto, pero necesita con urgencia los mismos mapas de sentido que “Las venas abiertas” proporcionó en los setenta. Está haciendo pedagogía popular sin llamarla así. Está sembrando memoria en el terreno fértil de la cultura masiva.
¿Es esto suficiente para transformar las estructuras de poder? No. ¿Es un primer paso, un gesto necesario, una apertura de posibilidades? Absolutamente. Como enseñaba Quijano, la descolonización es ante todo un proyecto epistémico. No basta con cambiar las leyes si no cambiamos las categorías con las que pensamos el mundo y seguimos validando nuestra existencia con los parámetros del colonizador. The Duke es una semilla.

Bad Bunny está participando de ese proyecto más amplio, y nos dice que nuestra historia, nuestra lengua y nuestros muertos importan. Está rescatando la memoria secuestrada y construyendo la fuerza obstinada de una nueva conciencia continental. Lo hace desde el corazón del imperio, representado ahora en el Levi’s Stadium de California, televisado para más de 130 millones de personas, generando millones en publicidad. Es una contradicción sin solución que habrá que sostener y sembrar, de cuyo germen el capitalismo comerá, digerirá y convertirá en mercancía como esta.
Pero algo más quedó en los jóvenes chicanos que escucharon español quizá por primera vez en el Super Bowl, y en la abuela que lloró al ver las banderas del continente todas juntas, y en la duda de quienes se pregunten ahora sobre las historias que el show apenas nombró. Es la memoria recuperada que abre las puertas que el sistema intentará cerrar, convertir en meme, en trend, en algo comercializable, mientras la semilla está plantada.
En tiempos de política desconcertante, de fascismos renovados, de crisis climática y migratoria, de muros y deportaciones, Bad Bunny nos despertó con una fiesta, nos recordó que antes del saqueo y la “civilización” hubo culturas milenarias, que antes de América como mercado hubo Américas como pueblos. Y que, contra todo pronóstico, desde Túpac Katari hasta los zapatistas, desde Lolita Lebrón hasta los jóvenes de la primera línea, seguimos aquí, sembrando.
Touchdown!






