Pura Cepa | La Contra
Ch’usa, el vacío que contiene mundos
Este es el texto para la presentación del número seminal de la revista de arte dramático Ch’usa.
Voy a presentarles el número seminal de la revista Ch’usa. Esa palabra, en aymara, significa vacío, ausencia, que no tiene nada.
Pero esta noche, en este espacio, quiero hablarles de un vacío que contiene mundos. De una ch’usa que, en lugar de ser ausencia, es promesa. Es desde ese vacío, ese espacio liminal entre lo que fue y lo que puede ser, que nace la revista que tienen, o van a tener, en sus manos.
Tradición de resistencia
Para entender lo que significa Ch’usa hoy, debemos mirar atrás. Porque las revistas de teatro en Bolivia no nacen de la comodidad ni del presupuesto abundante. Nacen de la necesidad, de la urgencia, y del grito que no puede callarse.
El 1° de mayo de 1946, en Tupiza, un grupo anarquista llamado Nuevos Horizontes fundó la primera revista especializada en teatro de Bolivia. Germinal Líber Forti, hijo de inmigrantes italianos, llevaba teatro itinerante a los centros mineros más remotos del país. Y mientras caminaba esos caminos imposibles, publicaba. Durante 15 años, 25 números de la revista Teatro circularon por Bolivia. Sin más capital que el optimismo y el aliento cordial de sus jóvenes.
Décadas después, en 1978, Edgar Darío González del Teatro Runa publicó la revista Acto. En 1988, René Hohenstein en Santa Cruz sostuvo Casateatro durante seis números a pesar de “múltiples contratiempos económicos”. En Yotala, entre 1995 y 2000, César Brie y el Teatro de los Andes publicaron cinco números de El Tonto del Pueblo, difundiendo las poéticas de Peter Brook, Tadeusz Kantor y las nuevas voces latinoamericanas.
Todas estas revistas enfrentaron la misma pregunta que formuló Rey González Orosco: “¿Dónde han de parar los ensayos, artículos, críticas, los materiales literarios publicados en las páginas culturales de los diarios?”.
Todas respondieron igual: aquí, en estas páginas efímeras pero persistentes, en estos espacios donde el teatro se piensa a sí mismo.
Y todas, absolutamente todas, funcionaron con precariedad económica extrema. Porque en Bolivia, el teatro se hace a pesar de todo, se publica a pesar de todo, y se resiste a pesar de todo.
Partir del vacío
Ch’usa nace desde El Alto, con colaboración tarijeña. No desde las universidades. No desde los centros culturales consagrados. No desde las instituciones que otorgan legitimidad.
Nace desde “los cuerpos marginados, excluidos y rechazados, sobre todo aquellos que expresan indianidad o choledad, aquellos que se relacionan con la pobreza y la ruralidad, cuerpos que vienen a habitar los espacios prohibidos”.
Y esto no es retórica. Es un posicionamiento político. Porque el vacío del que hablamos no es metáfora: es la ausencia real de revistas especializadas en teatro en Bolivia en 2025. Es la falta de espacios donde el pensamiento teatral boliviano pueda circular, debatirse, construirse.

Como señalan los gestores del Proyecto Intersecciones, cuya premisa editorial es la pregunta incómoda “¿por qué no existe el teatro boliviano?”, la característica efímera del teatro requiere de un esfuerzo editorial sistemático para preservar la memoria teatral nacional.
Ch’usa se suma a ese esfuerzo. A llenar el vacío con pueblo, con comunidad, con pensamiento riguroso desde los márgenes.
Número semilla
El número 00 de Ch’usa elige como tema el Teatro Gótico. No empieza con panoramas históricos ni con manifiestos fundacionales. Se zambulle directamente en las aguas turbias del horror escénico, la muerte como material dramatúrgico, y la violencia como espectáculo.
Primer movimiento: el Théâtre du Grand-Guignol parisino de principios del siglo XX. Ese teatro donde derretían caras, cortaban cabezas, quitaban ojos de sus cuencas. Donde Maxa, “la mujer más asesinada del mundo”, murió 10,000 veces en escena y gritó “¡Violación!” 1,804 veces.
Pero Ch’usa no se queda en la morbosidad. Analiza cómo el Grand-Guignol estetizó el feminicidio, convirtiendo casos reales publicados en el diario Le Petit Parisien en dramas de siete por siete metros. Esa conexión entre prensa amarillista y teatro de horror que anticipa nuestra actual relación con la violencia mediática.
Segundo movimiento: Tadeusz Kantor y su Teatro de la Muerte. El artista polaco que tras la Segunda Guerra Mundial entendió que “la vida en escena solo puede contarse desde la ausencia de vida”, que trabajaba con maniquíes, con objetos degradados, con actores en estado de tensión equilibrándose entre la vida y la muerte.
Para Kantor, la muerte no era pesimismo sino un acto de resistencia. Al dar voz a los muertos, cuestionaba el presente. Y cuando murió en 1990, su última obra, titulada “Hoy es mi cumpleaños”, se estrenó con una silla vacía en escena. Una silla que no señalaba su ausencia sino su presencia espectral.
Tercer movimiento: Sergio Suárez Figueroa. El eslabón boliviano. Guitarrista, poeta, dramaturgo. Niño prodigio que huyó de casa en Buenos Aires. Vagabundo. Músico ambulante. Exiliado accidental en Bolivia. Muerto en carnaval de 1968 a los 43 años, sin que nadie supiera dónde estaba su cuerpo hasta que, entre todas las personas del mundo, Jaime Sáenz lo encontró.
Su obra “La Peste Negra”, escrita en 1967, es Teatro Gótico boliviano puro. Ambientada en el siglo XIII durante la peste bubónica, presenta a Bill, la muerte personificada, torturando a jóvenes vendedores de talismanes. Hasta que Rosamunda asesina a su novio Clisbet para liberarlo del sufrimiento, desafiando el poder de Bill con una pregunta radical: ¿puede el amor ejercer soberanía sobre la muerte?
Ch’usa rescata a Suárez Figueroa sin romantizarlo. Lo presenta completo: su amistad con Jaime Sáenz, su lucha por abrir espacios para músicos bolivianos, sus tres hijos, su premio Franz Tamayo póstumamente otorgado. Es un retrato que restituye complejidad a una figura que merecía más que el olvido.
Editar es la apuesta
Que Ch’usa exista es un acto político. Porque en un país donde las salas de teatro no tienen luces ni sonido, donde los grupos teatrales sobreviven con autogestión, donde el Estado mira hacia otro lado, publicar una revista especializada en arte dramático es un gesto de resistencia cultural.
Su diseño, impreso, con imágenes de archivo, portada sobria en blanco y negro, declara seriedad. No es un fanzine. Es una revista especializada que aspira a convertirse en referencia. Que se inscribe en esa tradición de 70 años que va de Nuevos Horizontes a hoy.
Sí, tiene desafíos adelante. Necesita diagramación, más voces firmadas, más creadoras contemporáneas, más análisis de dramaturgia aymara o quechua, más reflexiones sobre teatro comunitario y performance indígena. Más denuncia de las copias y reproducciones al pie de la letra que nos presentan en nuestros teatros oficiales, llevando plata y aplausos, ocupando los medios de producción de los verdaderos creadores del teatro que vive y dialoga con su sociedad.
Pero lo importante es que existe. Que desde El Alto y Tarija nace un espacio editorial que quiere pensar el teatro en Bolivia más allá del evento efímero.
Habitar el vacío
“Los cuerpos llevan consigo emociones vacías, pensamientos vacíos, acciones vacías, que deben llenarse de pueblo, de comunidad”.
Ch’usa es ese gesto de llenar. Es memoria histórica que rescata a Suárez Figueroa. Es análisis crítico que conecta el Grand-Guignol con el feminicidio mediático actual. Es pensamiento riguroso que estudia a Kantor para entender qué significa dar voz a los muertos en un país marcado por violencias no procesadas.
Que una revista así nazca de la colaboración, desde Alma Nómada Teatro en El Alto, con Ñandereko Territorio Cultural, Jësaete Teatro y la editorial Tospiu en Tarija, es profundamente significativo.
Es teatro pensándose a sí mismo desde los márgenes. Desde los “cuerpos que vienen a desobedecer y agitar los discursos moderno-coloniales”. Desde la convicción de que el arte debe ser, como decía Kantor, “un crimen contra lo establecido”.
La promesa
Este número 00 sobre Teatro Gótico es una promesa. La promesa de que habrá más números, más temas, más voces. La promesa de que el vacío puede ser habitado, llenado, convertido en espacio de pensamiento y creación.
Como Nuevos Horizontes que publicó durante 15 años sin más capital que el optimismo. Como Casateatro que sobrevivió a múltiples contratiempos económicos. Como El Tonto del Pueblo que dialogó con Peter Brook desde Yotala. Como todas las revistas teatrales bolivianas que han demostrado que es posible mantener publicaciones especializadas a pesar de la precariedad, siempre que exista un compromiso sostenido con la función social del arte.
Ch’usa se suma a esa tradición de resistencia cultural. Y lo hace con una claridad que estremece: no venimos a pedir permiso, venimos a habitar el espacio vacío, que no es ausencia, que es posibilidad. Es el escenario antes de la entrada del actor. Es la página en blanco antes que la tinta la manche de realidad. El vacío es todo lo que puede ser.
El teatro boliviano necesita este vacío fértil desde el cual imaginar otros mundos posibles, otra Bolivia.
La promesa comienza con este número 00, símbolo perfecto para la semilla que ahora tienen, o tendrán, en sus manos.





