Omar Zelaya: 22 años dialogando con el arte
De la tiza pastel al óleo, del folklore chapaco a la alegoría nacional: un pintor que hace del Bicentenario un punto de llegada y de partida.
Omar Eduardo Zelaya, tarijeño de nacimiento y de convicción, descubrió desde joven que su vocación estaba en el arte. Egresado de la Escuela de Bellas Artes y licenciado en Artes Plásticas, ha dedicado 22 años de su vida a la búsqueda constante de transformar el óleo, la tiza pastel, la acuarela, y tantos otros materiales en los sentimientos más hondos de su tierra y de su país.
Su actual exposición retrospectiva, que estuvo disponible en la Galería de la Casa de la Cultura entre el 18 y el 23 de agosto, recorre más de dos décadas de trabajo y se inscribe en el marco del Bicentenario para mostrar Tarija y Bolivia como parte de una misma memoria visual.
Zelaya rescata las típicas imágenes del arte costumbrista, así como el patrimonio arquitectónico chapaco. Rinde homenaje a las danzas, a las procesiones y a la gastronomía regional, pero también levanta obras mayores, como la que considera su favorita: Alegoría a Bolivia, nacida de un esfuerzo monumental y de la voluntad de representar al país entero en un solo lienzo.
El artista reconoce en este camino el notable cambio entre aquel joven que empezó hace 22 años y el creador que hoy acumula experiencia, técnica y mirada crítica. Para él, cada cuadro es un testimonio, un fragmento de sentimiento hecho color y forma.
Comadres chapacas coronadas de flores y tortas, procesiones multitudinarias en San Lorenzo o Entre Ríos, para la Fiesta Guadalupana o Semana Santa, y los bodegones de pescados dorados acompañados de vino chapaco, confirman que Zelaya convierte lo cotidiano en símbolo.
La danza se vuelve vibración de identidad; la comida, un altar doméstico en el que se prepara llajua; la arquitectura, memoria viva con las perspectivas ya conocidas de la casa del Moto Méndez, o las miradas muy personales de la Iglesia de San Roque y la Tarija de antaño.
La retrospectiva de Zelaya reafirma a Tarija como epicentro cultural de Bolivia, y el autor se erige con su estilo colorido, despreocupado, como uno de sus principales voceros visuales, capaz de ligar los colores de la emoción personal y el relato colectivo de la Bolivia del Bicentenario.





