Carmen Gallardo y el secreto del pescado frito
A sus 78 años, después de una vida de trabajo y silencio, encontró en el canto una forma de sustento y en la cocina una metáfora para entender el amor y la existencia: para que la vida tenga sabor, hay que dejarla reposar.
La voz de Carmen Gallardo se apaga y el aplauso brota en el corazón del Mercado Central. Acaba de cantar una tonada y una cueca. A sus 78 años, su figura cuenta una historia más profunda que las melodías que entregó. No es de conservatorio, es una artista de la vida con un talento que, como buen guiso, se cocinó a fuego lento durante casi ocho décadas.
Su vida se encapsula en una frase, “Yo me trabajo. Ahora tengo este talento”, pero su historia comienza con las manos en el agua y el jabón: “Lavaba, planchaba, limpiaba pisos”. A los 50 años, cuando muchos ya piensan en descansar, Carmen hizo maletas y se fue a Santa Cruz a “buscar la vida”. Dejó atrás una niñez vivida en los alrededores del Palacio de Justicia, luego de la Tercera Orden Franciscana, y una juventud sacrificada al cuidado de su madre. “Mi mamita se murió pobre, con semejante enfermedad. Entonces, yo me fui de 50 años. He trabajado, ya sabe lo que es un pobre”.
La vida en Santa Cruz fue áspera y casi le cuesta un pie. “Caí trabajando”, dice. La gangrena avanzaba y una amputación era lo posible, pero otro destino se manifestó primero. Unos paisanos la animaron a cantar en la serenata a Tarija, en pleno estadio Real Santa Cruz. Entre la multitud, la señora Teresa, gerente de la flota San Lorenzo, escucho en las canciones de Carmen la resonancia de la supervivencia, le ofreció la cura para el pie herido, y un nuevo trabajo.
“Me dice, ‘mira, ya está subiendo la gente. Te escuché cantar en la serenata. Vas a cantar, y la gente te va a colaborar. Cantas bonito’”. Así, los pasillos de los buses se convirtieron en el escenario donde superó el miedo que le amarraba la garganta. “Yo tengo vergüenza, van a saber en Tarija, me van a pillar conocidos”, pensaba. “Cuando no había conocidos, cantaba. Cuando había, calladita me bajaba”. Con la ayuda de los choferes para subir y bajar, puso la banda sonora de los viajes entre Santa Cruz y Tarija. “Ahí empezó mi historia y empecé a cantar. Ya no me falta mi platita”.
Hace un par de años, volvió a Tarija. Se fue de aquí con Chagas, y con esa enfermedad sigue sus andanzas. “Volví para que aquí se queden mis huesos”, sonríe, mientras desgrana recuerdos y, sin avisar, revela la receta de su filosofía: “Tengo un pescadito que dejé ayer, con harto limón y ajito para que se pierda ese tufo. Harto limón, ajito, y su salecita”, detalla con precisión. “Hoy día le hago para mañana, digamos. Porque si lo fríes ese rato, no penetra el limón, y no sabe a nada”.
La pausa, el marinado, es el secreto de Carmen Gallardo para todo lo importante. La calma transforma un pescado insípido en un manjar, igual que en su vida las décadas de silencio y trabajo duro fueron el limón y el ajo que dieron profundidad a su canto tardío. Y en el corazón, es la receta para evitar el desastre.
“Si uno tira por acá, el otro por allá, y dicen, ‘no me voy a dejar ganar’, no sirve”. Su mirada se pierde por un instante, quizás en el recuerdo del sufrimiento de su madre con su padre. “¿Por qué se separa la gente? Porque no hay acuerdo. Es como el pescado frito al momento: no penetra nada, no sabe a nada. Estar en lo mismo, discuten, discuten… No es vida eso”.
Ella eligió no casarse, no tener hijos, y mantenerse leal. “Mi madre, me veía con enamorado y lloraba. Decía, ‘Esta más se va a ir, ¿quién me va a ver?’”. No hay una pizca de amargura en su voz. “No me arrepiento, joven, porque ahora Dios me cuida a mí y es más que diez hijos. Mire, en el momento más difícil, Dios utiliza a las personas para animarle, para levantarle. Nunca le va a dejar caído. Existe”.
A sus 78 años, la receta de Carmen tiene el sabor profundo de la independencia y la fe. Camina lento, pero con la valentía de quien se sube a una flota a cantar. Está yendo a comprarse una cocinita de 40 bolivianos porque la suya se arruinó. No pide nada. Solo canta, cocina y desgrana una sabiduría que no se aprende en los libros.
“Mi cumpleaños es el 10 de noviembre. Me llamo Carmen Gallardo. El apellido es de mi mamá. No lo conozco a mi padre”, concluye, rotunda y serena, con la declaración final de una mujer que no necesitó el nombre de un padre para forjar el suyo propio, una voz que esperó una vida entera para marinar, y que ahora, finalmente, sabe a gloria.





