Karina Bidaseca: “La agroecología es movimiento, ciencia y acción”
La investigadora, autora y coautora de una considerable cantidad de libros nos habla de la importancia de la agroecología para las sociedades en este nuevo siglo.



Karina Andrea Bidaseca, coordinadora del Programa Sur-Sur del Programa Sur-Sur del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, estuvo presente en el Seminario Internacional del Programa de Investigación y Formación en Sistemas Agroecológicos Andinos, realizado en los primeros días de octubre en la ciudad de Tarija.
En el contexto de ese evento, Bidaseca presentó los libros “Buen Vivir y saberes locales: Sistemas andinos y agroecología” y “Agroecología en los sistemas andinos”, que incluyen trabajos académicos sobre experiencias agroecológicas realizadas en territorios andinos a más de 2.500 metros sobre el nivel del mar. Pura Cepa conversó con ella sobre la importancia que tiene este paradigma tan familiar y olvidado.

Pura Cepa (PC). En el horizonte de la problemática medioambiental que ya vivimos, los medios tienen el desafío de transmitir los hallazgos de la academia y hacer que todo el mundo escuche. ¿Qué recomendaciones da para hablar de agroecología?
Karina Bidaseca (KB). La agroecología es movimiento, ciencia y acción. Es práctica que se puede hacer en territorios rurales, urbanos y periurbanos. No sólo consiste en la producción, sino también en el consumo agroecológico. Es decir, cómo los productos realizados con prácticas de agroecología pueden luego tener un modelo económico alternativo para que lleguen a las ferias y mercados, constituyendo al consumidor. Hay barreras que tienen que ver con los mitos del precio elevado, y también el mercado capitalista utiliza lo que se llama greenwashing para competir con la producción agroecológica verdadera. Todo tiene que ver con el respeto fundamental hacia la naturaleza, considerada como ser viviente. El capitalismo, históricamente, ha objetualizado a la naturaleza como un lugar de dónde extraer. Pero las cosmogonías andinas celebran la crianza de la tierra y del agua. En esa acción hay un contenido simbólico muy valioso, y el hito es que podamos comprender ese paradigma alternativo al capital.
PC. ¿Se puede decir que en las sociedades modernas vivimos una “orfandad” que nos aleja de la relación con la naturaleza?
KB. Sí, pero hay que pensar que no estamos huérfanos. Estamos en relación con la madre. El ser humano en el Antropoceno se ubica en el extremo de una pirámide, desde donde domina y domestica al resto de los seres vivientes. Pero la agroecología implica otra forma de mirar, ligada a otra concepción del mundo, que es intrínseca a la concepción que tienen en los Andes y a los conocimientos locales que se transmiten de generación en generación. El desafío es comprometer a los jóvenes en las prácticas agroecológicas cuando gran parte de las migraciones son de jóvenes que salen del campo a la ciudad, donde se destruye la práctica de convivencia con otros seres. Es concebir la vida como un ritual. Eso se va destruyendo cuando se migra a la ciudad, donde es más difícil, pero un dato interesante es que hay hermosos proyectos en ciudades, que son liderados por mujeres mayores de 40 años.
PC. Por edad, nosotros tenemos una experiencia física del clima, pero las nuevas generaciones no tienen cómo contrastar en su cuerpo el cambio que percibimos. ¿Cómo abordar ese otro desafío?
KB. La perspectiva teórica del abordaje de género, las teorías feministas comunitarias descoloniales, lo plasman en la concepción de cuerpo-territorio. El agronegocio y la economía capitalista destructiva del territorio destruyen el cuerpo. Los agrotóxicos, los monocultivos, la tendencia a destruir la pluralidad de la biodiversidad con incendios y contaminación de las fuentes de agua, los alimentos ultraprocesados, todo eso afecta al cuerpo y la salud con cáncer, problemas respiratorios, cuerpos obesos, trastornos alimentarios, que son consecuencias desastrosas para la vida de las comunidades y de las ciudades. El cambio de paradigma es necesario desde una sensibilización que no romantice el campo, sino que permita vivir una vida que resista la lógica que implanta el monocultivo y destruye la biodiversidad, su fauna y sus plantas medicinales nativas. Hay un trabajo inmenso de muchas mujeres, lideresas indígenas, campesinas, que están enfrentando esos retos con prácticas agroecológicas muy valientes. Y están en los libros.