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Antígonas: las suicidadas del capital

Cinco directoras, dos dramaturgas, una actriz. “Antígonas” subvierte el modelo de producción teatral para lograr el retrato de una sociedad glotona, enferma y desbordada.

Pura Cepa
  • Andrés Escobar
  • 15/07/2023 08:28
Antígonas: las suicidadas del capital
Antígonas. Foto: Miranda Lumière

Edipo tuvo algunos hijos, Eteocles, Polinices, Antígona. Los primeros recibieron una maldición y la cumplieron peleando hasta la muerte por los turnos del trono. Creonte aprovechó el vacío para hacerse rey. Le pareció simpático que Eteocles, usurpador, tomara el aparato estatal para perpetuar la corrupción, y le dio sepultura honrosa a su cadáver. No pensó igual de Polinices, quien tuvo que recurrir a la mano enemiga para intentar recuperar su turno, y lo dejó pudrirse en la periferia de la ciudad prohibiendo a todos que lo enterraran. Antígona, una hermana menor, una mujer, desobedeció esa ley, enterró a su hermano, fue encerrada por ello, y desobedeció otra vez colgándose.

Esta historia griega ha sido tomada por dramaturgas y dramaturgos de todo el mundo, quienes encuentran en ella un relato de la rebeldía como única sensatez ante un sistema político deforme, y de la mujer como portadora de esa cordura de la naturaleza. Y entonces vienen Katy Bustillos y Samadi Valcárcel, toman la historia, multiplican a Antígona en un texto de 10 escenas, se lo arrojan a una tropa de directoras que hacen lo que quieren a condición de darle cuerpo, y todo vuelve a ser ensamblado con las humildes armas y la fina artesanía del teatro boliviano para entregarnos un ensayo sobre nuestra realidad capitalista, servido en plato hondo, echando humo y chorreando

Que Samadi comience la obra desde butacas nos dice ya que Antígona puede ser cualquiera entre los espectadores, nos pregunta así cuán sumergidos estamos en la desabrida realidad en la que ocurre el mito que nos contará a través de las voces que hablarán por su cuerpo. Ahí, como parte del público, como la espectadora que llegó más temprano que el resto, una mujer sola inicia con sus cuitas: sin familia, sin infancia, gastada, desgastada, apenas capaz de sostener algunos dientes para masticar, triturar, y tratar de enterrar a sus muertos para que no tengan que vagar por la tierra y la memoria.

Dicen que el que se va, se irá convirtiendo su corazón en una piedra, y para el que se queda, es trabajo no poder olvidar. La Antígona de Samadi/Katy vive sobrecargada de cadáveres, pero aquel al que debería enterrar sigue vivo, no ha sido digerido por la tierra. En “Antígonas”, la subversión hace que Polinices viva como un hermano esquizofrénico que solo piensa en comer porque “la comida es lo único que nos queda, es la familia que nunca tuvimos”; el adagio de la sanidad mental en una realidad capitalista se equipara al ruido insoportable de su masticación imparable, el ruido de una máquina que tritura, un consumo lineal que ya no tiene horario.

De ahí que una mesa lo sea todo en esta puesta en escena: el espacio de vida y muerte, el altar de la religión glotona y productiva, el vacío de la estructura que oprime a Antígona y le reprocha constantemente su incapacidad para producir, con la única salida de cavar su propia tumba con una cuchara para comerse la tierra, porque el sueldo del teatro no alcanza para una boca más. “Si no tuviéramos mesa, no tendríamos familia”, ironiza Antígona/Samadi/Katy, quien tiene que correr todo el día para trabajar, hacer teatro y cocinar sin parar, atragantada de palabras.

Todo en “Antígonas” habla de una realidad en la que el capital ha instalado la autofagia como único modo de existencia mientras los excedentes van a parar a un lugar que ya no se puede señalar. En “Antígonas”, la subversión hace de Creonte un personaje ausente, innombrable. Ya no es posible identificar al dictador de la ley que hay que desobedecer, por lo tanto, la misma desobediencia deja de ser un valor y se vuelve una patología más, un “pretexto para no producir”.

¿Importaría señalar la cara de un Creonte cuando la realidad se ha deformado al punto de postergar todas las soluciones y pudrir todas las papas, ahogándolas en sustancias químicas que erradican toda maleza, con la complicidad de toda la sociedad? Este relato invisible es exacerbado por el tufo de una pandemia visual y sus resabios de anosmia y ageusia, que hermanan a Antígona/Samadi/Katy con las moscas constantes. Quedamos tan acostumbrados a su presencia y al olor de los cadáveres que ya no los sentimos. Bien podríamos estar muertos y no habernos enterado. Las moscas no nos lo dirán.

“Antígonas”, decía, ha sido ensamblada con la artesanía teatral. Como toda obra que apenas da sus primeros pasos (tres funciones hasta ahora, la tercera de ellas en el centro cultural Ñandereko de Tarija), aún se golpea y deja ver cómo las escenas que cada directora parió necesitan puntadas extra para acomodarse y fluir en el ensamble. A ratos, esto se siente en los tiempos que toma cambiar la escenografía, o en los súbitos cortes que se hacen al diseño sonoro de Nebaí Ríos, quien hizo un discurso aparte al juntar el Réquiem de Mozart y un bolero de caballería de los tiempos de Boquerón, una introducción a la tragedia en suelo boliviano, y quien es también autora de las moscas musicales.

Lo importante son las singularidades. En el espacio de Ñandereko, vemos un cierre de obra en el que Antígona/Samadi/Katy ilumina el rincón de una pared sin revoque, solo ladrillos y cemento, la sustancia de la realidad capital que continuamente crece encubriendo la tierra, creando espacio para que otras Antígonas puedan vivir y representar su tragedia. También al final de la obra se escucha el bolero, reverberado y afectado, como un reproche al público, quizá, mientras la actriz y la dramaturga se desprenden del peso del mito. “La muerte solo es el comienzo de una nueva comida”.

En las etimologías, el nombre de Antígona significa aquella que se opone a la familia, aquella que no engendra, y aquella que no ha nacido. Y en esto radica su potencia rebelde, pues mientras las condiciones de la vida sirvan para reproducir la precariedad y el despojo, el único honor posible es ponerle punto final a la enfermedad y a la diaria humillación. Y esto puede significar escoger el suicidio como protesta, pero es claro que Antígona/Samadi/Katy nos dice que la decisión es el arte y su capacidad para dejarnos ver, sentir, reflexionar, y encontrarnos con el misterio que la realidad capitalista nos quiere arrebatar en cada mordisco: nuestro vínculo indisoluble con la tierra.

 “Antígonas”

Dirección: Elena Filomeno, Francia Oblitas, Gladys Cruz, Gabriela Paz, Sasha Salaverry, Samadi Valcárcel y Katherine Bustillos.

Dramaturgia: Katherine Bustillos y Samadi Valcárcel.

Diseño sonoro: Nebaí Ríos.

Escenografía: Daniel Bustillos.

Iluminación: Joe Salinas.

Obra producida con el apoyo del Centro de la Revolución Cultural (CRC), dependiente de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FC-BCB), dentro del marco de la I Convocatoria de Fomento a la Productividad Cultural y la Creación Artística.

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