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Perfil

Hamlet en Tarija: Ramiro Víctor Paz y la revolucionaria a quien nunca olvidó

Ramiro Paz tuvo una formación y logros académicos excepcionales. Dos tragedias marcaron su vida. Una vida colmada de aventuras por el mundo y momentos dramáticos propios de su constante cercanía al poder. Una vida, también, signada por la soledad y la incomprensión. Este agosto habría cumplido 85 añ

Reportajes
  • Rafael Sagárnaga López
  • 20/09/2026 00:00
Hamlet en Tarija: Ramiro Víctor Paz y la revolucionaria a quien nunca olvidó
Ramiro Víctor Paz en Timor Oriental

El redoble de tambores funciona frecuentemente como un estilete sentimental. Según las circunstancias, el redoble envalentona, enamora, enfervoriza, entristece, conmociona… el redoble quiebra.  ¿Cómo habrá afectado ese redoble a aquel niño de 11 años, rodeado de columnas militares, obreros, diplomáticos y autoridades, junto a su madre muerta? Algo de la respuesta supe aquella singular tarde en que sostenía nuestra enésima charla con Ramiro Víctor Paz Cerruto. Lo había visto tantas veces dicharachero, bromista, irónico, soez o también altanero y rudamente analítico… Pero esa tarde la memoria le marcó una faceta muy distinta.

“¿Escuchas ese redoble? Sabes Rafa, lo que más recuerdo de la muerte de mi madre es el redoble de los tambores en el sepelio… Mierda, yo no me quiebro casi nunca, no me voy a quebrar, Rafa, no me voy a quebrar”. Su voz no se quebró, su postura y su mirada gris se mantuvieron firmes. Pero por sus pómulos marcados se deslizaron tan notorias como contadas lágrimas y luego guardó varios minutos de silencio.

Quizá sólo por una influencia accidental, pero siempre vi a Ramiro muy parecido al Hamlet de Shakespeare. Y hasta se lo dije, e inspiré así otra de sus palabrotas y risotadas, lo que bien podía ser una negación de su parte, pero una confirmación de mi teoría. Solamente que en este caso su drama no se inició con la muerte del rey, sino con la muerte de la reina. Ella, Carmela Cerruto Calderón de la Barca, fue el fantasma cuyas ocasionales apariciones en la memoria podían apagar o conflictuar su impetuosa personalidad.

Aquella tragedia desató al adolescente de pesadilla en que se convirtió Ramiro para su padre, el presidente Víctor Paz Estenssoro. A meses de la partida de su progenitora, en pleno primer gobierno de la célebre Revolución Nacional, generó una especie de crisis gubernamental. Todo había empezado justo con la victoria de los revolucionarios en las calles paceñas y el llamado al caudillo exiliado para que asuma el poder, el 9 de abril de 1952.

“Vivíamos en Buenos Aires, en dos cuartitos, y de pronto un terremoto en la casa-contaba Ramiro-: periodistas, autos en la vereda, policías que venían a cuidarnos, la visita de Perón, todo el vecindario mirando hacia nuestra puerta… Aquel día mi padre alcanzó su gloria, Bolivia logró su Revolución y yo perdí a mi familia”.

Fin de la familia Paz - Cerruto

A partir de entonces el destino se empeñó en marcarle una vida de recurrentes exilios y, sobre todo, de soledad. Paz Estenssoro partió a La Paz para juramentar a la Presidencia a las pocas horas, su esposa lo siguió semanas más tarde. Pero Ramiro y su hermana Miriam debieron quedarse a culminar sus estudios durante ocho meses en la capital argentina. Tras el retorno, llegó un año lóbrego para esas cuatro almas que los avatares de la conspiración y el exilio habían unido en una casita bonaerense. Fue el último año de la familia Paz-Cerruto. 

Era 1953 que traía cambios radicales, sorpresas, shocks, dentro de cada uno de ellos y del país: Víctor Paz, las medidas revolucionarias ovacionadas por multitudes y la articulación un nuevo eje de poder. Carmela, la atención a los mártires de la revolución y un corazón que, herido, la obligó, en mayo, a ser tratada médicamente en EEUU. Miriam y Ramiro, entre el continuo bullicio político y protocolar, la servidumbre palaciega, y diversos tutores provisionales. Y luego la fatalidad: el saberse huérfanos a las cuatro semanas del retorno de su madre al país, el 7 de diciembre de 1953.       

La pesadilla presidencial

Como es sabido, y Ramiro relata detalladamente en su libro autobiográfico (“En los pasillos del poder”), ese año surgió otro factor de dolorosa descomposición familiar: Paz Estenssoro había establecido una relación sentimental con una azafata del Lloyd Aéreo Boliviano y puso en crisis su vida matrimonial. Por eso, la muerte de Carmela detonó la rebeldía de Ramiro contra su progenitor y contra quien luego sería la nueva primera dama.    

Consecuentemente, pronto vendría el segundo exilio de Ramiro Víctor, cuya causal me la contó en otra de nuestras charlas:

-En tu libro, cuentas una serie de travesuras graves que atormentaron a tu padre: hacer corretear a “la amiga” por el Palacio persiguiéndola con un florete, tus ejercicios de poder colegial con el revólver Colt 38 que te obsequió tu papá... También están los juegos de azar y las visitas a lugares de dudosa reputación con el personal de Palacio... ¿Cuál de esas travesuras fue la que colmó su paciencia para que decida sacarte del país a tus 13 años?      

-“Ninguna de esas, fue otra, y no la he citado en el libro por recomendación de mi abogado, ja, ja, ja. Resulta que me enterqué en aprender a manejar automóvil. Algunas tardes, iba con los guardaespaldas hacia Obrajes, y ya andaba medio ducho al volante. Un día vemos que “la amiga” de mi papá justo estaba también aprendiendo a manejar por una avenida cercana. Ese rato enfilé hacia su auto, apunté y aceleré…

Menos mal que el kumu (uno de los guardaespaldas) alcanzó a frenar, pero igual la chocamos. Ese fue mi pasaporte, mi beca. A mi padre, con todo lo frío que pudo ser, casi le dio un ataque. Ahí, a mis 13 años, empezó mi nueva vida”.      

De cadete a doctor

Era el segundo de los siete exilios que Ramiro Víctor Paz tuvo a lo largo de su existencia. También se convertiría en la etapa más brillante prácticamente en todos los sentidos, aunque notables logros en su vida adulta no le faltaron. Primero, cuatro años en la academia militar Peekskill; luego, cuatro años de universidad en EEUU y tres más para su doctorado en Inglaterra.    

Gracias a esa otra vida, Ramiro Víctor Paz podía hacer gala de conocimientos de geografía, historia, finanzas, entre varias otras áreas. Incluso a veces lo hacía en un fluido inglés o en un eficiente alemán frente a alguno que otro visitante con inquietudes académicas. No podía esperarse menos de alguien que en 1962 se graduó en la ultra elitista Universidad de Pensilvania, miembro de la célebre Ivy League estadounidense. Logró aún más, en 1964 obtuvo su doctorado en la Escuela de Economía de Londres, con grado suma cum laude, o sea, “con máximos honores”. Valga recordar que alcanzar postgrados universitarios en esos tiempos era un asunto extremadamente excepcional y no sólo para los bolivianos.

Laureado ejecutivo internacional 

No se quedó ahí, en el pico de su carrera académica, destacó además por haber sido un estudiante especialmente laureado. En mayo de 1960, en la Universidad de Pensilvania, recibió el premio Leo S. Rowe por una investigación relacionada a flujos financieros. Y ya como novel consultor del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en 1966, obtuvo el premio Adlai Stevenson, organizado por el Congreso de los EEUU. Compitió frente a más de 2.000 postulantes, a nivel postdoctoral, de todo el mundo y logró ser elegido junto a otros cuatro ganadores.

“Rafa, mirá esto -me dijo un día, de los años de su último exilio, o sea de 2010 en adelante-. Primero, mirá la cifra, el nombre del consultor y luego me dices de qué año crees que es”. Era un cheque, a su nombre, que le pagaba el Banco Mundial por un trabajo que desarrolló durante aproximadamente tres meses, del año 1977.  Superaba los 33 mil dólares, es decir, el equivalente a 181 mil dólares de hoy. Lo había traído de su misterioso depósito de recuerdos y documentos, donde atesoraba los hitos de su vida que ocasionalmente decidía exhibir, regalar… o vender.  

Hoteles de cinco estrellas, incluso avionetas a disposición, organismos y empresas del más alto nivel internacional marcaron aquellos años de su carrera. Los roles que desempeñó lo llevaron a codearse y hasta entablar entrañables amistades con personalidades de talla mundial y cinco recordados presidentes latinoamericanos. Un perfil que, sin duda, incomodaba a más de un interés de esos que no deseaban la emergencia de un príncipe heredero en el MNR. “Viejo, las veces que él estuvo en el poder hubo órdenes explícitas de su entorno para no permitir que yo me le acercase”, contaba. Y en varias partes de su libro lo ratifica; sin embargo, en más de una oportunidad la sangre llamó.  

Salvando a Víctor Paz

En los años 70 y 80 la estrella de su progenitor, al contrario de la suya, se había opacado a límites críticos. Tanto que, según relató Ramiro, Víctor Paz Estenssoro estuvo muy cerca de suicidarse. Sucedió en Lima, el 5 de noviembre de 1964. Horas antes, Paz Estenssoro, su familia y Ramiro (quien había llegado en semanas previas a La Paz) habían huido del golpe militar que derrocó al mandatario. Era un final desastroso para aquel tercer gobierno en el cual se había entercado liderando apenas una fracción de lo que fue el MNR. 

Pasada la medianoche, Ramiro fue convocado de urgencia a la suite del hotel donde se había instalado su progenitor. Paz Estenssoro se había encerrado en el baño. “Después de un largo diálogo entrecortado accedió a abrir la puerta -relata en el libro-. Entré con cautela y mucho amor. Rápidamente le quité el revólver y fui a depositarlo en mi habitación. Con el tiempo, él recuperaría su propia fuerza espiritual y la perspectiva para entender que el poder ciega a los mejores”.

Transcurrirían casi 16 años para que Paz Estenssoro recupere poder político y estabilidad económica. Tiempo en el que, tal cual testimonian varias cartas entre ambos, Ramiro se dio modos para ayudarle e incluso acercarse a la nueva familia. Se podría decir que fue el tiempo de mayor armonía entre ellos, tiempo epistolar entre el hijo ejecutivo internacional y el padre exiliado político. Tiempo previo a sus más duros y públicos enfrentamientos, tiempo de ratificar su destino hamletiano.

Carmela, la revolucionaria

“¿Ves esa baranda en la casa amarilla? Desde ahí mi madre cubrió, disparando una pistola-ametralladora, la escapada de mi padre hacia un auto cuando empezaba lo del 21 de julio de 1946 (golpe de Estado contra Gualberto Villarroel)”. Así resumía Ramiro el temple de su progenitora mientras paseábamos por la calle Ecuador del barrio paceño de Sopocachi en 2007.   

“Mi madre era la revolucionaria, mi padre fue el pragmático, el estadista”, concluía firmemente. Pese a su acomodada prosapia paceña, Carmela Cerruto abrazó joven los ideales contestatarios. Cuando conoció a Paz Estenssoro trabajaba como secretaria en Palacio Quemado para el Gobierno de David Toro (1936-1937), el primero de corte socialista en Bolivia. Carmela había crecido en la hacienda de Caracato, Luribay, y su familia siempre estuvo a favor de los campesinos. Por ello, sus hermanos, Waldo y Javier, también militaron en el MNR, pero rompieron con Paz tras la muerte de Carmela.

Sin duda, ella no estuvo nada lejos de las pulsiones revolucionarias que conmovieron a Bolivia y el continente durante aquel cambio de década. Acompañó al futuro caudillo a lo largo de toda la efervescencia prerevolucionaria, tiempo de persecuciones, exilios, violencia callejera, atentados, agitación política y conspiración permanente. Y, tras la insurrección de 1952, le tocó el rol que aquel torbellino social y político asigna en estos casos: fundó el Movimiento de Solidaridad Social en favor de las clases desposeídas, empezó por prodigar su ayuda a las víctimas y deudos de la confrontación.

También le cupo encabezar actos de masas donde Víctor Paz no alcanzaba a ir por su saturada agenda. Diversas fotografías la muestran en aquellos baños de multitudes. Por todo ello, su muerte causó una conmoción generalizada. El Gobierno, mediante el Decreto Supremo No 3577, declaró una semana de duelo nacional, con suspensión de actividades públicas y honores especiales.

“A las 12,07 del día de ayer dejó de existir la esposa del Primer Mandatario de la Nación, Doña Carmela Cerruto de Paz Estenssoro -reza el epígrafe publicado en El Diario aquel 8 de diciembre-. Una enfermedad cardiaca fue la causa del deceso. El sentimiento popular se manifestó en forma unánime. Traslado del cadáver desde la clínica al palacio. Escenas de dolor. Largas colas desfilaron tarde y noche ante el féretro en la capilla ardiente…”.

Cerruto fue homenajeada en el cortometraje documental “Una mujer”, dirigido por su hermano, el cineasta Waldo Cerruto. Filme donde se puede apreciar las diversas facetas de aquella primera dama del Gobierno revolucionario. También aparece su féretro resguardado por las principales figuras de la insurrección de 1952. En esa despedida está incluida la imagen del redoble de tambores tan grabada en la memoria de Ramiro, el único hijo varón de Víctor Paz Estenssoro.

Ramiro Paz contra Víctor Paz

“Ella era la revolucionaria y mi padre era el estadista, el pragmático -reiteraba Ramiro en otra oportunidad-. Los caudillos de la revolución se aburguesaron. La gente de protocolo hasta llegó a convencerles de que vistan en ciertas oportunidades frac. Se veían ridículos. Revolucionarios con frac, ¿te imaginas?, hay hartas fotos. (…) Y él se volvió un adicto al poder”.

Ramiro se encargó, en incontables veces, de cuestionar a su progenitor sus vaivenes ideológicos y sus sorprendentes cambios de aliados políticos.  En más de una oportunidad lo hizo públicamente y, como agravante, en momentos claves de la política boliviana.

“A mi padre le advertí, primero, y le eché en cara, después, su alianza con Banzer y Falange Socialista Boliviana (FSB) en 1971 -recordaba Ramiro-. ¡Había roto el Pacto de Lima para reconstruir el MNR con Hernán Siles Suazo! Eso fue público y, sin embargo, le apoyé hasta económicamente para las dos campañas de 1979 y 1980. Fui desde Caracas, donde trabajaba, a mediar infructuosamente un acuerdo cuando empataron en el Congreso y Paz no quería ceder sus votos a Siles. Luego, para su cuarta presidencia, políticamente me alejé muchísimo y lo confronté; pero nuestros encuentros, contadísimos por el cerco que impuso su entorno, eran afectuosos”.       

Fue algo así como la década de una creciente confrontación política entre hijo y padre, aunque más propiamente entre Ramiro y lo que Víctor representaba. A mediados de 1983, en medio de una catastrófica crisis económica y política, el presidente Siles invitó a Paz Cerruto a formar parte del Gobierno. Para entonces, Ramiro ya tenía una prestigiosa carrera internacional que había transcurrido en organizaciones como el BID, la ONU y la CAF. No aceptó un ministerio, pero le planteó la opción de apoyarlo desde una institución internacional que tenga su sede en Bolivia. Así, en enero de 1984, Paz Cerruto era flamante director del Instituto Internacional de Integración del Convenio Andrés Bello (III), cargo también marcado por su destino hamletiano.  

Un destino de esa naturaleza porque Paz Estenssoro juró como presidente por cuarta vez en agosto de 1985. Dio entonces el giro de 180 grados a varias de las medidas revolucionarias de 1952, inició nada menos que la era neoliberal. Aquel mandato, rubricado por el Decreto 21060, se extendería hasta 1989. Por su parte, la gestión de Ramiro en el III continuaría hasta 1987, y con altas probabilidades de reelección. Casi simultáneamente, se había hecho columnista en varios medios y luego directivo del influyente matutino Hoy. Y no tuvo remilgos para criticar al régimen liderado por su progenitor…

Un duelo (casi) a muerte  

Lanzó, por ejemplo, un dardo contra el decreto emblema de aquella nueva política económica: “El 21060, el Corán y otros credos que no se entienden”, titulaba un artículo publicado en Presencia. Allí cuestionaba lo que diversos analistas y autoridades presentaban y hasta elogiaban como un paradigma, una innovación, de impacto internacional. “Simplemente era el manual del FMI aplicado por (el presidente) Belaunde en Perú-desmentía-. Y Belaunde no estaba con eso de ‘Perú se nos muere’”, parafraseaba irónicamente la celebérrima frase con la que Paz Estenssoro había lanzado sus trascendentales medidas.    

El duelo mediático se instaló. Ramiro, además, se solidarizó con los sectores sindicales, afectados por el desempleo y la recesión, y su multitudinaria movilización contra la política desnacionalizadora. “Fuimos con Antonio Peredo (hermano de los míticos guerrilleros guevaristas) al mercado Sopocachi y cargamos 10 bolsas de víveres para apoyar ‘La marcha por la vida’ . Yo cuestionaba: ‘!Cómo quien hizo la Revolución del 9 de Abril aplica ahora el manual del FMI! ¡Es la negación de sí mismo!”.

En las entrevistas Ramiro señalaba: “Estoy con la gente, no con mi padre”. Luego pasó incluso al desacato abierto, y frente al nuevo régimen tributario, declaró en una conferencia de prensa: “No voy a pagar mis impuestos, si no me dicen en qué los usarán”. Sus desplantes forzaron a que el Ministro de Gobierno, Fernando Barthelemy, tomara el guante y llevara el duelo hasta límites peligrosos.

“Se escuda en el apellido para sobresalir mientras perjudica al país”, declaró Barthelemy a los medios tras el acto del aniversario de la Policía Boliviana. “Él debería hacer aclaraciones sobre el narcotráfico que pasa delante sus narices, en vez de hablar de economía”, respondió Ramiro en la misma ocasión. Los medios convirtieron aquel encontronazo en un duelo verbal que, según recordaba Ramiro, llegó a más.

“Yo vivía en el edificio Illimani, ahí en la avenida Arce, y una noche el sereno me llamó asustado -recordaba-. Me dijo que unos tipos preguntaron por mí y que no querían dar sus nombres. Más tarde sonaron fuertes golpes en mi puerta y una voz dijo: ‘Hijo de p…, comunista, salí’. Por lo que he averiguado luego, me iban a llenar la nariz de droga y, después, preveían lanzarme o sacarme así a la calle. Menos mal que yo tomé mi revólver, abrí la ventana, disparé dos veces al cielo y les grité: ¡Vengan, carajo!”.

De acuerdo al relato, Paz Cerruto, inmediatamente, llamó a su amigo, el coronel Moisés Shirique, entonces comandante del Colegio Militar. Éste hizo que, minutos más tarde, una patrulla de uniformados llegue al edificio. Finalmente, organizó una especie de grupo de seguridad para días posteriores. También optaron por no hacer públicos los hechos.

Conocedor del mayor narcoescándalo

“Ahí sí que el afectado iba a ser mi padre, pero yo sabía que el autor de todo era Barthelemy – justificaba Ramiro-. Entre él y yo había un tema que le incomodaba mucho: el caso Huanchaca del que tanto hemos hablado contigo”. Sin duda, otro de los asuntos delicados donde Paz Cerruto tocó teclas sensibles fue el considerado mayor narcoescándalo de la historia boliviana. Tenía los contactos en EEUU y en Bolivia para averiguar mucho de lo que los Gobiernos de ambos países querían ocultar.

Como es sabido, el caso Huanchaca afectaba al mundialmente famoso escándalo Irán-Contras, una operación encubierta de la Agencia Central de Inteligencia de EEUU (CIA). El 5 de septiembre de 1986, una megafábrica de cocaína fue casualmente descubierta por el científico Noel Kempff Mercado en medio de las selvas cruceñas. Ráfagas de ametralladora causaron su muerte y las de dos de sus acompañantes en el acto. El mutismo y contradicciones de las autoridades derivaron en investigaciones del Congreso Nacional, cuyo responsable, el diputado Edmundo Salazar, y su esposa, María Oroza, también fueron asesinados. Es más, en un hecho sin precedentes, el embajador de EEUU, Edward Rowell, afectado por disputas entre la CIA y la DEA (la agencia antidrogas) fue retirado del cargo.  

“Huanchaca le cayó como una brasa ardiente a mi padre, tanto que estuvo a punto de entregar el poder a una junta militar – recordaba Ramiro-. En el informe que llevó el embajador Rowell figuraba alguien de su entorno más íntimo. En la presentación de aquel informe sólo estaban tres ministros: Gonzalo Sánchez de Lozada, Mario Velarde Dorado y Juan Carlos Durán. Mi padre, afectado, le anunció a Rowell que presentaría su dimisión. Entonces Sánchez de Lozada le planteó al Embajador que saque ese nombre del informe como “solución para salvar la democracia”. Lo que no sabían era que, 48 horas más tarde, el jefe de la DEA, Franck Macolini, denunciaría por aquella omisión a Rowell en Washington”.

Varias veces conversamos con Ramiro sobre aquel narcoescándalo. Él gozaba de fuentes de primerísimo nivel, gracias a las que logró interpretar lo que había pasado. Compañeros de estudios en EEUU, tanto militares como universitarios, le permitieron acceder a información privilegiada que incluso llegó a publicar en Hoy. Obtuvo primicialmente, por ejemplo, el diario del coronel Oliver North, cabeza de la operación, así como logró una esclarecedora reunión con el propio Rowell. También gozaba de la amistad del mayor Ciro Jijena (un policía entrenado en Israel y EEUU), segundo responsable de la fuerza antidrogas boliviana en esos tiempos (Umopar).

“Por eso Barthelemy me la tenía jurada -explicaba Ramiro-. Le daba terror que yo consiga documentos oficiales de EEUU y lo involucre. Incluso pusieron un mediador entre él y yo, Carlos Vargas Romero, a quien Barthelemy le dijo que me iba a matar. También le tenía terror a Ciro que, valientemente, hizo duras denuncias, rechazó sobornos y no se amedrentó frente a las amenazas. Pero eso reforzó el entorno que trabajaba alrededor de mi padre, empezando por las “brujas”, Durán y, claro, Sánchez de Lozada que se adueñaron del MNR. Y a mí me tiraron del Instituto Internacional de Integración, ja, ja, ja”.

Su cuarto exilio

En efecto, tal cual relata en su libro autobiográfico, el Gobierno liderado por su progenitor impidió que Ramiro sea reelegido director del III en enero de 1987. Ello pese a que los otros países ya habían resuelto apoyarle. En una reunión realizada en Santiago de Chile, el delegado boliviano, Enrique Ipiña Melgar, comunicó aquel extremo a la plenaria institucional que presidía Ramiro. Optó entonces por dejar Bolivia y volver a trabajar en Naciones Unidas como responsable del célebre plan Trifinio, en las enguerrilladas fronteras centroamericanas, primero. Luego se desempeñó como coordinador de un proyecto entre el banco Houghton and Co. y la petrolera Hadson Corporation. Otro exilio, esta vez un autoexilio que duró casi cinco años y antecedió a su mayor apuesta política personal.

Y entonces decidió ser candidato. En 1993, Ramiro Víctor Paz Cerruto salió decididamente al frente de la última versión con poder del MNR. Una versión que se consolidó cuando Paz Estenssoro, con 82 años de edad, concluyó su cuarto gobierno (agosto de 1989) y se retiró de la política. Paradójicamente, dejó como cabeza del MNR a lo más parecido a los barones del estaño a quienes había derrocado la Revolución de 1952: el magnate minero Gonzalo Sánchez de Lozada (Goni).

Era uno de los principales autores del decreto 21060 y, por lo tanto, también uno de los parteros de la era neoliberal en Bolivia. Goni cooptó las estructuras movimientistas gracias a su poder económico y su relación tanto con la empresa privada como con grandes transnacionales petroleras y mineras. Heredero político de Paz Estenssoro y, consecuentemente, Némesis de quien había visto a sus progenitores, Víctor y Carmela, arropados por multitudes celebrando el poder popular en 1952.       

Para las elecciones de 1993, Goni encabezaba la candidatura del MNR. Aquel “Movimiento” de “Nacionalista” tenía nada y de “Revolucionario” algo así como un giro de menos 180 grados al cubo. Ello porque lanzó la mayor propuesta de privatizaciones de la historia nacional, bajo el rótulo de “la Capitalización”. Esta se basaba en abrir la economía boliviana a grandes inversiones de transnacionales en las áreas estratégicas del Estado boliviano.   Ramiro alineó entonces su oposición en una de las escisiones del MNR, la “Vanguardia Revolucionaria 9 de Abril (VR-9)”, liderada por Carlos Serrate Reich.

Ramiro versus Goni

“La Revolución Nacional, realidad y esperanza para 1993”, titula el opúsculo que Ramiro Víctor Paz escribió como documento base de campaña. Se trata de un análisis de coyuntura nacional más la del propio MNR y una propuesta de gobierno. Valga apuntarlo como uno de los cinco libros de su autoría. Junto a los dos ya citados, en el legado intelectual de Paz Cerruto cuentan: “Crisis económica, sin solución” (1982), “Geografía Económica” (1986) y “Dominio amazónico” (1999). Los dos últimos implicaron años de trabajo de campo e investigación minuciosa. De todos, sólo el opúsculo, por razones obvias, no tuvo reediciones ni recibió elogiosos comentarios dentro y fuera de Bolivia, sin embargo, constituye un precoz testamento político.     

“Informe de situación, Wilfredooo -preguntó-. Estamos bien, doctor, le respondí. ¡Cómo que bien, si esto es un vuelco de campana, carajo!, me gritó. Estábamos de cabeza, nos habíamos volcado en una zona arenosa cerca de Challapata (Oruro) mientras realizábamos la campaña por Bolivia en su vagoneta Bronco”. Así recordaba Wilfredo Mita uno de los momentos de mayor adrenalina proselitista. Exmarino de raíces aimaras, había sido no sólo chofer, sino traductor y hasta eventual guardaespaldas de Ramiro en una personalísima campaña vicepresidencial. “Era fregado, exigente, pero tenía muy buen corazón, y era bien justo y puntual en el trato laboral”, describía Mita a Ramiro. “Viajamos sin miedo ni cansancio por casi todo el país, le hubiera ido mejor si él hubiese sido el candidato a Presidente del VR-9”.

“Carlos Serrate, Presidente; Ramiro Víctor Paz, vicepresidente”. Era un binomio notoriamente disparejo y más de un analista coincidió con la intuición de Mita sobre quién debía haber encabezado la fórmula.  Pero probablemente, más que una victoria electoral, Ramiro buscó una palestra para explicar el espíritu de la Revolución Nacional y contrastarlo al “MNR” gonista. Como Hamlet, había optado por saltar al teatro, en este caso politiquero, para ahí lanzar venenosas estocadas contra quienes consideraba que encarnaban la traición.

Dominaba el tema y supo lucirse hasta el final. “Para entender una revolución nacionalista hay que estudiar los procesos que encabezaron Kemal Atatürk, en Turquía; Nasser, en Egipto; Nehru, en la India, ¡¿entienden?!”, empezaba a veces sus improvisadas cátedras de café que solían llamar la atención del entorno. A veces venía munido de libros escritos por célebres historiadores. Era un espectáculo aparte verlo apabullar a sus amistades alineadas con el MNR de la era neoliberal.  

Vidas paralelas con Goni

Su libro base de aquella campaña vicepresidencial (generoso en cifras, citas, artículos, nombres y apellidos hilados en su análisis), mínimamente, aguijoneó al MNR empresarial. Los pronósticos que lanzó en entrevistas y exposiciones resultaron notoriamente certeros. “Se atisba una gran catástrofe -alerta sobre el futuro del partido-. Los dirigentes del MNR ya se olvidaron de las bases y del pueblo, quieren sustituirlos por una burocracia computarizada”. También desahucia al neoliberalismo y desmenuza el sistema financiero que “alimenta la demanda del dólar con ‘reservas’ provenientes principalmente del narcotráfico y del financiamiento externo”. Tras señalar como única beneficiaria a una oligarquía especuladora basada en la banca comercial y el contrabando, advirtió lapidariamente: “Con ese sistema es imposible generar inversión y empleo”.

Poderes y caídas

Curiosamente, Ramiro, Sánchez de Lozada y Paz Estenssoro continuaron algo así como vidas paralelas, entre celebrados auges y dolorosas caídas, durante la siguiente década. Goni ganó aquella elección superando por casi 14 puntos porcentuales al segundo, el ex dictador Hugo Banzer, alcanzó así el cenit de su carrera política. VR-9 ocupó el octavo lugar entre los 14 frentes que participaron, pero Ramiro logró un creciente protagonismo mediático.  Y, de cuando en cuando, lanzaba estocadas, a veces sólo respondidas con incómodos silencios, a los protagonistas del modelo “capitalizador”.  Sin embargo, el grueso de sus esfuerzos lo dedicó durante los venideros cinco años a su más elogiada obra intelectual: su libro “Dominio amazónico”.  

Sin escatimar recursos, recorrió los cielos, ríos y selvas pandinas y benianas de las zonas fronterizas en expediciones que llegaron a durar meses. Se sumergió en archivos, bibliotecas y hemerotecas, apeló a eruditos como Gunnar Mendoza y Josep M. Barnadas, logró el aprecio de historiadores y militares. Todo, batallando una y otra vez con barreras burocráticas y las crónicas carencias institucionales.  El texto integra información histórica, geopolítica, ecológica y económica para demandar una política de Estado que preserve aquel patrimonio estratégico de Bolivia.

Por su parte, Paz Estenssoro vivía algo así como la jubilación soñada por todo político. Residía en su hacienda de san Luis, en la periferia rural de su natal Tarija. Además, recibía constantemente piropos de parte del aparato intelectual y mediático alineado con el esquema neoliberal, en pleno auge de los medios de comunicación privados. “El hombre del siglo”, “el mejor Presidente de la historia”, “el salvador de Bolivia” fueron algunos de los calificativos que adornaron su virtual aureola.     

La segunda gran tragedia

Pero en este mundo toda gloria es pasajera. Apenas seis años después de haber consolidado “La capitalización”, una virulenta insurrección popular obligó a Goni a escapar de La Paz en un helicóptero militar. Paz Estenssoro, en esos años fue víctima del mal de Parkinson así como de una creciente soledad. Falleció el 7 de junio de 2001. Por su parte, a principios de 1999, cuando Ramiro preparaba la presentación de “Dominio amazónico”, sufrió otra gran tragedia, probablemente la que precipitó su final.

En un texto que escribió para la revista DÍA D en septiembre de 2011, Paz Cerruto asegura que se divorció tres veces. Bien podría ser parte de su proverbial buen humor, pero lo cierto es que durante casi dos años estuvo casado con Sonia C. Con ella tuvo a su único hijo, Ramiro Ernesto, a quien juguetonamente apodaba “huevo”. Resultaba el único lazo filial continuo que Ramiro Víctor Paz tuvo en cinco décadas, para aquel fatal 1999 ya era un joven abogado de 30 años.  

“En Peekskill a los cadetes nos entrenaron muy bien para enfrentar crisis emocionales, pero cuando se fue el “huevo” me costó mucho- relataba Ramiro-. Él había empezado a tener problemas con una ‘flautita’ de la que andaba enamorado, y yo le decía que no valía la pena. Estaba en Sucre, hasta discutimos por teléfono y decidí viajar a La Paz para tratar de ayudarlo. Lo noté mejor, incluso un día salió a bailar y cuando volvió me dijo que se había enamorado nuevamente, que apareció otra persona. A la noche siguiente, yo volvía de una cena, y los vecinos rodeaban el cuerpo ya inerte de mi hijo junto a un rifle…”.

Fundador de un país

Otro exilio. Curiosamente la reacción a aquel dolor le llevó a asumir una misión que probablemente ningún otro boliviano ha realizado hasta hoy: fundar un país. Tras la muerte de su único hijo, Ramiro decidió cortar toda relación con Bolivia. En el abanico de posibilidades apareció un reto tan lejano como excepcional: Naciones Unidas mediaba en el nacimiento de Timor Oriental, su 196 Estado miembro, allí en el extremo sudeste asiático, bordeando Oceanía. Durante año y medio, fue virtual ministro de Planificación y Desarrollo Económico de aquel gobierno de la ONU que paría un país. En su autobiografía detalla cómo lidió con los intereses indonesios, australianos y de las transnacionales, también cita una noticia que rompió su voluntaria desconexión con Bolivia.

“Al llegar al aeropuerto (Darwin, Australia) compré varias revistas internacionales, incluyendo “El Economista”, de Londres -relata-. Una página entera había sido dedicada a Paz Estenssoro y fue así que me enteré de la muerte de mi padre. Ya en el hotel Carlton de aquella ciudad abrí mi correo electrónico y tuve más detalles. Habían pasado más de 15 días del velorio y ya no podía hacer nada. Siendo desprendido de lo material, no me interesó averiguar sobre asuntos de herencia, intuyendo que no me tocaría nada”.         

Una dura caída

Pero también cita en el libro el factor que empezaría a marcar el final de sus días. Había dividido los ahorros de sus bien pagados servicios entre acciones en las bolsas y un fondo que quería invertir cuando volviese a Bolivia. Retornó a mediados de 2002 y sus proyectos fracasaron, al menos en parte, por la mala fe de socios mal elegidos. Hacia 2008, sus rentas por las inversiones en las bolsas colapsaron sucesivamente y emprendió una interminable batalla por su parte de la herencia paterna. Se sumó a ello el peor de los socios para las almas heridas: una caída depresiva alcohólica de la que salió casi sin recursos en 2009.

 “Rafa, ¿te has dado cuenta de que lo más serio en Bolivia son los carnavales?”, concluía un día de esos como aquel en que recordó el redoble militar. “A Bolivia la han mamado con eso de la abundancia de hidrocarburos porque lo que abundan son los analistas hidrocabrones”, repetía frecuentemente, y a estas alturas parece que con mucha razón. Sus salidas y frases irónicas podrían llenar una singular antología.  “Combato las penas con buen humor”, me confió, en otra charla de café o cervezas que debían “estar frías como las tetas de una bruja”.

Recorría así Tarija, con cada vez más exiguos recursos y contadas amistades dispuestas ayudarlo. Destacaron entre ellas las familias Paz Balanza y Ledezma Cuenca. Aún en esos años de apreturas Ramiro no perdía su temperamento, ni el vozarrón porteño ni tampoco dejó de lanzar sus dardos mediáticos. Es más, se dio el lujo de incomodar a varios líderes políticos que, aprovechando su situación, intentaron cooptarlo con alguna dádiva, para así lucirse.

“¿Limosna?, no, gracias”

“Rafa, estoy en La Paz, nos veremos - me sorprendió un día de principios de 2009-. Me ha traído la gente del Manfred, quieren que sea su candidato a vice”. Fue su último viaje fuera de Tarija. Días más tarde me contaba: “Los mandé a rodar, me querían de muñequito, de boludito. Les pedí trabajar documentos serios, planes, programas, también una sala de guerra en el hotel Los Ceibos, computadoras y dos secretarias…Soy caro, y conmigo se trabaja”.

La segunda: a mediados de 2010, autoridades cercanas al gobernador Mario Cossío le ofrecieron un puesto de asesor en planificación. “Los mandé a rodar, yo soy caro y se me respeta -me explicó-. Me estaban dando de oficina un cuartito más chico que un depósito, al lado del baño”.

Y la tercera: Ramiro, a principios de 2006, se había acercado al Movimiento Al Socialismo (MAS). Guardaba la esperanza de que el MAS pueda reconducir el proceso iniciado por el MNR en 1952 en función al siglo XXI, pero pronto se decepcionó. Hizo buenas migas con el Ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, a quien, irreverente como era, le llamaba “el gran visir” y también “JR”. Éste quedó impresionado con “Dominio amazónico”, tanto que, años más tarde, lo tomaría en cuenta para crear la Agencia de Macro regiones y Fronteras (ADEMAF). A mediados de 2012, cuando Ramiro ya enfrentaba agudas carencias, Quintana le ofreció un extraño cargo, a distancia, y sin mayores especificaciones ni definiciones.

“Rafa, mirá este email, es del ‘gran visir’ -me mostró un día, en otro café, para variar-. Ahora lee lo que le respondí: “Mi querido JR, agradezco tu amable intención, pero hasta para dar limosna hay que tener estilo”. Fue algo así como su despedida laboral, rubricada por el artículo titulado ”My way”, que, en tono de epitafio, escribió para El Día D, meses antes.         

Una vida de película

“Yo ya lo he vivido todo, ahora todo me aburre”, repetía con cierta frecuencia y, en otras palabras, reitera en ese artículo. Y ese “todo” se abre al sinfín de experiencias extraordinarias y, a veces, extremas que se podría contar sobre su vida. En “Los pasillos del poder” recuerda y documenta varias muy notables: su amistad y relaciones con figuras de la historia mundial, su vida como “último y solitario inquilino del Palacio quemado”, sus años en peligro cuando los golpes de Banzer y Pinochet, el ensayo de linchamiento que sufrió cuando apenas tenía cuatro años…

Sin embargo, lo que confió a las amistades que cultivó y varias de sus “locuras” finales bien darían para escribir otro tomo biográfico. De las segundas suma, entre otras: la habilidad con la que sabía interpretar la especulación bursátil, lo que le causó dolores de cabeza a transnacionales como Repsol y Dong Wong. También suma el conocimiento que tenía del mundillo de las megacoimas regionales y nacionales que les cambiaron la vida a varios dirigentes políticos. Y claro también se podría añadir la vez que, en medio de gases y tiros, se convirtió, durante unos minutos, en “coronel de Ejército”. O las locuras de corte adolescente que hacía ocasionalmente encabezando una tropa de setentones.         

De las confidencias que vertió podrían sumar: su testimonio de dos ejercicios de poder implacable de su progenitor en 1953, historias de ex nazis que llegaron en los 50, los hilarantes detalles de las sesiones espiritistas a las que fue llevado también por Paz Estenssoro o las confidencias que Hugo Banzer le hizo sobre Víctor Paz…

Su despedida

Y entre lo que hizo y recordó, entre lo no escrito aún sobre su vida, indudablemente estaría un singular favor que pidió a un grupo de periodistas tarijeños. Sucedió minutos antes de que sea sometido a una cirugía de hernia inguinal y nos citó en su pieza. “A veces de este tipo de intervenciones una persona de mi edad ya no vuelve. Por eso quiero que sepan que yo averigüé hace años todo lo que pasó con mi madre. A ella la mataron, y los documentos, razones y nombres de los autores están confiados a una institución en el exterior…”.  

A la hora de las dudas, me queda sólo una de sus frases emblema: “Soy capaz de matar, pero no de mentir”. Y, claro, su perfil, forjado por tan particulares empellones de la vida, también merecería, si no un texto, varios capítulos. Un adelanto magnífico que escribió Jesús Cantín horas después de la partida de Ramiro, el 29 de enero de este año.    

  • Lea también: Ramiro Paz Cerruto. Y solo eso.

En cierta medida empezó a irse varios meses antes, cuando sus problemas de memoria y lucidez empezaron a agravarse. Fue el final de este Hamlet que recorría Tarija buscando compartir, con quien quiera escucharle, los conocimientos, testimonios y descubrimientos privilegiados que construyeron su vida.  Y probablemente también, como Hamlet, encargaba a algunos de sus confidentes que cuenten su historia.

“Mira cómo vivo hoy”, me dijo un día que le ayudé a llevar una encomienda a su cuarto. Era el hotel DAX (nombre ligeramente cambiado), con piezas donde apenas cabía un catre de una plaza, pegado a un velador. El baño común tenía las letrinas y las duchas semidestartaladas. Todo un salto para alguien que tres décadas antes había vivido en el exclusivo Waldorf Astoria de Nueva York, y otros similares. “Imagínate que escribamos un libro sobre mí -ensayó-. Le titularía: “Ramiro Paz, del Waldorf Astoria al hotel Dax”. Ja, ja, ja, ja, ja. 

Me acordé de ti, Ramiro, este domingo 9 de agosto, cuando habrías cumplido 85. Saludos, amigo, un fuerte abrazo, que los “locos” como tú escasean y hacen falta en este mundo, pero te tocaba partir. Todo mi respeto y admiración para doña Carmela, quien debe estar junto a ti. Ya notarás que aquel 29 de enero, el redoble militar terminó. 

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