Obituario
Ramiro Paz Cerruto. Y solo eso.
Genio y figura, hasta el último día
No tengo ni idea si la despedida dada a Ramiro Paz Cerruto es la que pidió, porque ciertamente cambiaba de versión muchas veces. Siempre tuvo la muerte presente. Hablaba de ella. Quizá hubiera querido que lo llevaran a Timor, a Nueva York con su hijo, a alguna quebrada de San Luis, al primer prostíbulo que visitó cuya experiencia detalló con gracia en su libro “Los Pasillos del Poder”. Quizá incluso en su fuero interno quería que lo enterraran con su padre. O con su madre.
Las dos sombras le persiguieron toda la vida. Víctor Paz Estenssoro es el boliviano más relevante del siglo XX sin nadie siquiera cerca de esa posición. Carmela Cerruto falleció un año y medio luego de aterrizar en La Paz seis días después del triunfo de la Revolución Nacional del 52 volviendo del exilio. Ramiro hubiera deseado viajar en ese mismo avión. Pero se quedó en Buenos Aires. Después viajó su mamá y se quedó solo con su hermana. No retornaron a Bolivia hasta Navidad. Ramiro siempre tuvo su teoría de lo que le sucedió a su mamá y dejó entrevistas con su versión para publicarse después de este día que nos ocupa.
Falleció el jueves 29 de enero – en lo personal, día grabado a fuego hace muchos años -. Al otro día falleció Catherine O'Hara y con mi cuma Natalia en la redacción nos lo imaginábamos esperando en las puertas de San Pedro – juicio demorado pues sin duda, difícil - echándole fichas. Capaz ofreciéndole una última escapada. Una última locura de pasión.
Ramiro era un tipo tan brillante como explosivo. Tan cultivado como vivido. Tan erudito como soez. Las pasó todas. De todos los colores. Literal que dicen los jóvenes. Y diría él, como buen escuchador que era.
Nunca quiso ser nomas el hijo de Paz Estenssoro, pero toda la vida lo fue. Cuando salió al exilio con 5 años con el cuerpo de Villarroel aun fresco en la plaza; cuando se fue a los colegios militares norteamericanos – como entregado en prenda – a los 13 años, y también cuando los grandes personajes de su tiempo le abrían las puertas de su casa y de las principales instituciones del poder.
Ramiro trabajó en todos lados. Sueldazos. En Nueva York, en Chile, en Maracaibo, en el sudeste asiático. Era economista y sabía de todo. De petróleo. De miseria. De geopolítica. Fundó en los 80 el Instituto de Integración Regional, quizá el “experimento” del que se sentía más orgulloso incluso después de haber fundado Timor Oriental por encargo de la ONU arrebatándole a Indonesia tremendas reservas de gas. Tenía visa gringa pero corazón latinoamericano.
Ramiro charlaba en sistema Windows. Abría ventanas conversacionales a las que iba volviendo como le parecía, retomando en el punto exacto. Se hacía confuso seguirlo hasta pillar el truco. Lo que te quería explicar iba en una y era a la que había que prestarle atención; lo que se parecía a aquello en el momento actual iba en otra y no valía mucho la pena discutirle detalles; y las historietas bañadas en alcohol y excesos en otra. Luego dos o tres más, pero auxiliares nomás, por si se perdía y había que reiniciar.
Contaba que se enteró de la muerte de su papá en un periódico en una escala en Europa de un retorno casual desde el sudeste asiático justamente a Tarija, donde lo enterraron. Total, que se quedó.
En 2006 publicó justamente su libro biográfico que en el epílogo incluye párrafos sentencia: “Mi asociación con el poder en Bolivia me ha dejado un gusto amargo. Desde mi regreso en 1980 (su primer regreso firme), he sido sujeto de intrigas y malos tratos. He invertido tiempo y recursos financieros por más de veinte años, sin lograr resultados tangibles. No me agrada ser notorio y cada día me vuelvo un ser más privado. Mantengo mis valores éticos, mi sentido de la justicia social y de eficiencia económica, aunque muchos crean que estos son incompatibles entre sí”.
Obvio que Ramiro Paz Cerruto también soñó con ser presidente. Y que lo intentó. Obvio que sabía que el poder real estaba más arriba. No estoy seguro de que le agradara que le pusieran la bandera del MNR encima de su ataúd – con toda buena voluntad, doña Soledad –, pero si algo sabía Ramiro era adaptarse a las circunstancias y reírse de ellas, así que seguro lo anda contando por el purgatorio.
Se ofreció al MAS. Hizo contacto con el poder real detrás de Evo Morales, es decir, con Juan Ramón Quintana. Le sacó la mugre a Repsol hasta que la expulsaron de la bolsa de Nueva York, contaba, por haberse anotado las reservas de Margarita como propias. De eso quería que habláramos. De sus aportes como Paz Cerruto, pero inevitablemente en el epígrafe, o en el primer post de comentarios, aparecía el Paz Estenssoro. Él también lo hizo en su libro. Vendía más.
Una vez se atrincheró en una habitación del Club Social de Tarija cuando la propiedad había pasado a un extraño grupo chino. Nos llamó para cubrir la noticia y fuimos. Rusia acababa de invadir Crimea. Los chinos alucinaban con el Don al que no entendían ni media, pero aun no le habían cortado el cable. Ramiro ponderaba las posibilidades de que estallara con Obama en los United una guerra mundial en ese preciso instante.
- “Ya, le metemos, pero esto solo funciona si decimos que “El hijo de Paz Estenssoro se atrinchera en el Club Social de Tarija”
- Entonces no. Nada. ¡Fuera de aquí!
- OK, éxitos.
- No creo en verdad que haya guerra (se recuesta).
Dejamos puchos, coca, y lo que llevábamos en los bolsillos un humilde redactor y un fotógrafo dedicado. Unos días después algún amigo – en deuda de agradecimiento seguramente con su padre – lo rescató y lo colocó en algún cuarto rentado, donde, orgulloso siempre, seguramente no duraría mucho.
Colérico, brillante. Peleó la casa familiar de San Luis en Tarija hasta que empezó a perder la memoria y todas las posibilidades de pagar un abogado. Siempre sostuvo que falsificaron firmas en el testamento de Víctor Paz y que, en cualquier caso, vivía encapsulado por su segunda familia a la que respondía sin rechistar y que obviamente a él no lo querían ni un poquito. Tampoco se dejaba.
Pedía espacio para contar su historia en el diario y a media entrevista se arrepentía y pedía que solo salieran sus opiniones sobre el gas, el dólar o la cosa que estuviera caliente en ese rato en el panorama internacional. Un café se convertía en media docena de chuflays. Pagando yo. Más bien que Rafa Sagárnaga, director de El Nacional en aquel tiempo, lo conocía por demás, y aunque no autorizaba el gasto "de representación" toleraba el hueco en la edición. Algo es algo.
Al otro día, o al siguiente, venía al diario a protestar porque su nota no estaba con titular y foto en la portada a cinco columnas y sus centrales imaginadas se habían reducido a una segunda de página par con foto si había suerte. Tan misógino, machista y torpe como zalamero, adulador y táctico, montaba unos pollos en la recepción que hubo que vetarle la entrada. Quizá su sino, quizá su tormento, quizá su decisión.
Murió solo, pero no. Familiares y amigos se acotaban para poder acercarle unos pesos que sufragaran una pobreza de solemnidad, quizá decidida. Aguantarle la charla ya era otra cosa. Sabía dar cariño. Sabía destruir. Vendía todo lo que podía y si podía te mataba el cambio, pero también era generoso. Quiso no ser solo el hijo de Paz Estenssoro y para mí, y para muchos, lo logró, pero seguramente no para él.
Me gané en 2019 una beca de la Fundación Gabo ni más ni menos que con el maestro de maestros de perfiles Jon Lee Anderson porque conociendo a Paz Estenssoro le bastó el perfil del perfil para identificar el historión. Pero faltaba. “¿Qué quieres contar? ¿De qué va esta historia? ¿No es un libro? ¿Es la historia de Paz Estenssoro? ¿De Paz Cerruto? ¿Del fracaso? ¿Del poder? ¿De la dignidad? ¿Qué es al fin y al cabo?”.
Y hasta hoy no me lo respondo. Ni perfil. Ni libro. Les debo a ambos. Ramiro también debía a todo el mundo. Conocerlo era una experiencia inolvidable. Suerte donde pares. Apuesto porque O’Hara concedió.





