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Basado en una publicación del suplemento Cántaro

La leyenda detrás del sauce llorón y sus lágrimas eternas

Las aves amaban a los árboles y éstos les correspondían regalándoles, generosamente, sus dones: En primavera, el churqui que era el primer árbol que florecía invitaba a las aves diciendo: “Vengan que tengo perfume para todas..."

Reportajes
  • Danitza Pamela Montaño
  • 29/11/2020 00:00
La leyenda detrás del sauce llorón y sus lágrimas eternas
Foto de antaño, un sauce a orillas del Guadalquivir

El sauce llorón es más que un árbol en Tarija, es parte de nuestras mejores postales y por muchos años ha adornado las riberas del río Guadalquivir. Pero como todas las cosas mágicas en el pago, éste tiene una leyenda detrás de su hermosa existencia.

Nuestro suplemento cultural Cántaro da cuenta de esta historia, así narra que en el huerto del Señor, todo era felicidad; las plantas y los animales vivían en la más completa armonía. La maravilla de la naturaleza se manifestaba en todos los seres: Así el eucalipto lucía sus hojas verde plata, el ceibo, sus flores de fuego, el álamo, sus ramas vigorosas...

Las aves amaban a los árboles y éstos les correspondían regalándoles, generosamente, sus dones: En primavera, el churqui que era el primer árbol que florecía invitaba a las aves diciendo: “Vengan que tengo perfume para todas...”

Y ellas se ponían a jugar con sus ramas y se iban envueltas en suave aroma. A la vez que el peral veía a sus frutos maduros, allá por el mes de enero, llamaba a los pájaros. “¡Piquen…piquen...! La carne de mis peras está dulce y sazonada”.

Y las aves se acercaban presurosas a picotear las frutas. Cuenta la tradición oral que  igual ocurría con el molle que les ofrecía sus semillas rosas.

“Les aviso -decía a loros y chulupias- que el verano ha puesto caramelo en mis semillas. Tomen ustedes cuantas quieran”.

“En verdad que todo era alegría y dicha en el huerto del Señor. Se cumplía a cabalidad el mandamiento de Dios: Amaos los unos a los otros", expresa el escrito de Cántaro.

Agrega que a la orilla del río se erguía el sauce que era el árbol más interesante de cuantos se había creado. No tenía frutos ni flores coloridas, pero brindaba a todos sus varas largas y lacias en las cuales se columpiaban las aves ayudadas por la brisa.

Qué tardes más plácidas las que pasaban los animales bajo la fronda fresca del sauce, qué coros melodiosos los que entonaban los tordos, bientefues, torcazas y tarajchis …

“Eres el árbol más encantador del huerto”,  le decían- y el más hospitalario- Y el sauce sacudía su cabeza glauca.

Eran muy grandes los sentimientos de cariño que despertaba en todos cuantos lo rodeaban. Hasta el buey que llegaba a rascarse en el tronco y el asno regalón que mascaba con deleite las hojas amargas.

También lo prefería el caballo que después del mediodía, iba a echar un sueñito a su sombra.

Tanta preferencia y alabanzas torcieron el alma del árbol que se tornó soberbio y vanidoso. Una tarde el sauce gritó a los pájaros: Fuera de Aquí!! Ya me canse de sus cantos;

¿Qué te ocurre amigo Sauce? Le pregunto el bientefué, ¿Por qué nos tratas tan mal?

Solo te queremos regalar nuestras canciones - hablo la calandria.

El sauce cada vez más enojado replicó: ¡Largo de mí! Me molestan sus voces...Que la chulupia tiene voz de oro... ¡Qué gran mentira! ¡Qué ridículo!…... la voz de la paloma ¡tan fea como llorona! ¡Fuera he dicho y no vuelvan por aquí...!

Los pájaros volaron asustados.

A poco, llegó el viento que quería jugar con las ramas del sauce. Este le dijo: ¡Deja mis ramas en paz! Vete a otra parte con tus chimorreos y tus juegos.

El viento quiso protestar abrió la boca pero volvió a cerrarla para no volver.

Al rato el buey, quien después de trabajar en los sembradíos quería darse una rascadita. El sauce no lo dejo aproximarse y habló muy enojado: Me dejas la tierra de los surcos. Busca otro árbol para tu sucio cuero.

Después llego corriendo el asno regalón. Cuando alzó el cuello para coger unas hojas, el sauce le dijo: Oye "Orejas Largas". Desde hoy no tendrás el manjar de mis hojas. Come lo que tus patas encuentren.

El asno bajo la cabeza y se fue.

Después de mediodía, se asomó el caballo y el sauce malhumorado, le dijo: Ve a dormir la siesta donde el diablo perdió el poncho.

El agua que escuchó todo el enojo del sauce, se alejó presurosa.

Desde esa vez los pájaros pasaban de largo, el viento daba un rodeo para no acercarse al sauce. El caballo, el asno regalón y el buey tampoco regresaron.

Se fue la primavera con su profusión de flores y se adelantó el verano con frutas de carne perfumada. En el otoño los jilgueros, chulupías y golondrinas dijeron adios al valle. Con gran algarabia una mañana alzaron el vuelo para buscar lugares con climas más benignos.

Poco a poco las hojas del árbol se tornaron amarillas cayendo calladamente al suelo... Todo el campo se tornó gris y triste, sin arrullos, sin cantos, sin el zumbido de las abejas mieleras...

En el invierno el sauce miró en las aguas y se vio desnudo y negro.

Entonces pensó: "Cuando vuelva la primavera y mis ramas se llenen de hojitas tiernas, retornarán todos; el viento con su guitarra, los pájaros con sus trinos recién aprendidos, el buey calmoso y trabajador, el asno regalón y el caballo que corretea por la campiña elegante y veloz..."

El reloj del tiempo continuó marcando su paso y llegó la primavera. El sol calentó la tierra, la lluvia lavó a los árboles del huerto del Señor. El sauce sintió que su savia se alborotaba y de pronto vio que, de todos sus gajos, nacían hojitas nuevas. "Ahora volverán todos mis amigos" se dijo el sauce.

Un día vio pasar a los pájaros y les gritó alegremente: Amigos ¡Bienvenidos a este huerto! Vengan y aniden en mis gajos.

Los pájaros sordos a su invitación, pasaron de largo.

Cuando el viento reidero, le dijo con voz conmovida: Ven aquí y cuéntame de tus andanzas.

El viento se hizo el desentendido y se fue sin contestarle.

Con el buey trabajador ocurrió otro tanto: "Acércate amigo, te regalaré mi sombra y mis ramas largas", pero el animal lo ignoró sin hacerle el menor caso. Lo mismo aconteció con el caballo y el asno regalón que caminaban por sendas distintas, muy lejos del sauce.

Como en ningún otro año, el campo se vistió con sus mejores galas. La granada se carcajeaba de risa, los duraznos tenían sus rostros de grana, las margaritas bailaban cada tarde con el violín de la acequia.

Todo era alegría y color, sólo el sauce abandonado, mostraba una profunda pesadumbre. Sus varas lacias parecían vencidas... Entonces surgió en su corazón un gran arrepentimiento..."He sido egoista y engreido, por eso perdí a todas mis amistades", pensaba en cada momento.

Y paso el tiempo...

Cuando comenzaron los fríos otoñales todo el dolor contenido en el alma del sauce se desbordó y lloró día y noche, noche y día, inacabablemente...

Al ver tanto arrepentimiento, los pájaros, el viento, las aguas, el buey, el caballo y el asno regalón perdonaron al árbol. Y hubo fiesta en el huerto...

Sin embargo, en cada otoño, el sauce recuerda su mal comportamiento y llora. Y así llorará hasta el final de los siglos.

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