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La mayoría de las veces no pasaban a mayores

Las afamadas “trompeadas”, sus reglas y escenarios en Tarija

Los contrincantes se hacían colocar palitos o pajitas en el hombro, indicando que sí uno de los contrincantes se decidiera a sacar o hacer caer aquellos objetos, daba a entender que aceptaba el desafío y entonces comenzaba la "sopapeadura"

Reportajes
  • Danitza Pamela Montaño
  • 04/11/2020 00:00
Las afamadas “trompeadas”, sus  reglas y escenarios en Tarija
Las “batidas” tenían reglas propias

Siempre se destaca la tranquilidad de la tierra chapaca y aunque la pasividad y armonía entre la muchachada fueron proverbiales, no faltaban pequeñas e intrascendentes disputas por causas banales, cosas de muchachos, que en todas partes existen. Más aún, como todo en Tarija esto tenía su sello propio.

Así cuentan que mientras la chiquillada de los barrios se caracterizaba por dedicarse a distracciones y juegos inofensivos como el "libremen, las "escondidas", el "metapaso", los "cowboys", la pelota, las bolitas, los trompos, los voladores y muchas otras originadas en la inocente inventiva infantil, no faltaban pequeñas camorras o disputas que degeneraban en lo que por aquel entonces se llamaba "batida".

¿Pero qué eran las batidas? los muchachos decían por ejemplo que fulano se "batió" con zutano, o “a que no te bates con merengano” por ahí comenzaba la cosa, en forma de ingenuos desafíos que la mayoría de las veces no pasaban de las amenazas y por "pura parada" como se solía decir.

Pero, de acuerdo al escritor Agustín Morales Durán, cuando se insistía o se llegaba a la ofensa, había “nomás” que afrontar y "batirse" o "trompearse", previa una etapa de desafío que resultaba interesante antes de que se largue el primer "moquete", "sopapo" o "lapo".

Morales cuenta que los dos retadores azuzados por infaltables coros que se banderizaban con uno u otro, comenzaban algunas veces a pedir "ventajas", por ejemplo que se saque los zapatos o las abarcas si es que uno estaba calzado y el otro no. También se pedía que se trace una raya en el suelo señalando el límite para que ninguno pase a la zona del otro y, si se animaba a cruzar, ahí no más comenzaba la "trompeada".

Sumado a ello se ponían reglas como que sólo se usarían las manos, sin lugar a patadas o "plantazos", hasta que alguno cayera al suelo, debiendo respetarse esa posición, con lo que generalmente terminaba la gresca.

Otras veces los "gallitos" se hacían colocar palitos o pajitas en el hombro, indicando que sí uno de los contrincantes se decidiera a sacar o hacer caer aquellos objetos, daba a entender que aceptaba el desafío y entonces comenzaba la "sopapeadura" quizás hasta "hacer tomar chocolate" como se decía en ese entonces a las palizas.

Según la edad de los contrincantes estas pequeñas "trompeaduras" nunca llegaban a “mayores” porque a los primeros  trompazos, eran separados por los “mirones"; pero cuando ya los muchachos eran más grandecitos a veces las camorras tenían sus consecuencias que se traducían en moretones, reventazón de labios o rasguños.

En los años 90, lugares como el campus universitario del Tejar que antes tenía gran cantidad de vegetación y menos construcción, estuvo entre los escenarios preferidos para las riñas

Los muchachos con fama de “camorreros”

Cuenta el escritor en su libro “Estampas de Tarija” que los muchachos sanroqueños tenían fama de peleadores, pendencieros y trompeadores, por eso se les temía, evitando rivalidades cuando se presentaban disputas. Claro que entre ellos parecía que resultaba corriente trenzarse por “quítame esas pajas”.

Pero también los sanlorenceños tenían su fama de “trompeadores” cuando los capitalinos visitaban su tierra.

Finalmente, cuando resultaba imprescindible la "trompeada" se acostumbraba a escoger terreno o lugares adecuados, siendo también la selección de éstos motivo de discusión y hasta "ventaja".

Así de acuerdo a Agustín Morales los lugares preferidos fueron los atrios de la Iglesia Matriz o San Francisco, algún corral de uno de los contrincantes o testigo y, finalmente la playa del Guadalquivir (orillas del río).

Los cortejos de mirones

Cuentan que había grandes cortejos de mirones que funcionaban como barras para los contrincantes, se trataba de un montón de mirones, defensores y azuzadores.

Pero Morales dice que las más de las veces todas estas “peleas” resultaban "paradas", desafíos o amenazas sanas, puesto que no se animaban a "pasar la raya", quitar la pajita o empujar, postergando la gresca para otra ocasión que nunca se cumplía, también sucedía  que las "ventajas" no convencían a ninguno.

“De todos modos, resultaban interesantes aquellos simulacros de pugilato o camorra. Tenían su sabor característico que ha ido cambiando a través de los tiempos porque cuando ya estuve jovenzuelo pude ver que al presentarse la oportunidad o motivo de "trompearse", no había necesidad de preámbulos, rayas ni pajas, y para esto existían muy buenos y afamados puñeteadores”, concluye el escritor.

Tiempos de colegio

Con el pasar de los años la costumbre de las “batidas” entre muchachos con todo y cortejo se fue perdiendo, aunque de acuerdo a la tradición oral esto aún se mantuvo con fuerza hasta los años 90.

Así lugares como el campus universitario del Tejar que antes tenía gran cantidad de vegetación y menos construcción, estuvo entre los escenarios preferidos por los colegiales, que a la salida del cole protagonizaban las riñas. Más aún, en estos tiempos las “trompeadas” tampoco pasaban a mayores.

 

Apuntes sobre la temática

Lugares

Finalmente, cuando resultaba imprescindible la "trompeada" se acostumbraba a escoger terreno o lugares adecuados, siendo también la selección de éstos motivo de discusión y hasta "ventaja".

Los mirones

Los mirones funcionaban como barras de los contrincantes, les daban ánimos, pero también intervenían cuando comenzaban los golpes, hubo más de un mirón que recibió un sopapo por accidente

Las reglas

Para las riñas los contrincantes tenían que tener las mismas condiciones, por ejemplo ambos tenían que tener calzado similar o de lo contrario sacarse y pelear descalzos

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