Alimenta tu alma, no tu ansiedad

El día que dejé de vivir para los demás, descubrí que apenas estaba comenzando a vivir.

Hay una trampa invisible que la sociedad teje desde que somos pequeños: la trampa de la aprobación. Nos enseñan a vestirnos para ser aceptados, a hablar para no incomodar, a soñar dentro de los límites que otros consideran "razonables." Y así, sin darnos cuenta, vamos entregando pedazos de nuestra alma a cambio de pertenecer.

Pero el alma no olvida. Habla en forma de cansancio profundo, de vacío en medio de la multitud, de esa voz que de madrugada pregunta: ¿Es esto realmente lo que vine a vivir?

Alimentar tu alma no es egoísmo. Es el acto más sagrado que existe. Porque solo el árbol con raíces profundas puede dar sombra a los que caminan bajo su follaje. Solo el fuego bien cuidado puede calentar a otros sin consumirse.

Que tengas el valor del lobo que camina solo cuando el camino lo exige. Que tengas la sabiduría del río que sabe hacia dónde fluir sin que nadie se lo diga.

Tu alma vino a esta tierra con un propósito. No la dejes morir de hambre mientras alimentas apariencias.


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