Vivimos huyendo del silencio
En cuanto aparece un momento vacío, el teléfono ya está en la mano. Un scroll, un vídeo, una notificación. Cualquier cosa menos quedarse quieto con uno mismo.
Lo llamamos aburrimiento. Y lo tratamos como si fuera una avería.
Pero Jung diría algo distinto.
Diría que ese malestar que sientes cuando no hay estímulos no es un fallo tuyo, ni una señal de que necesitas entretenerte más. Es, precisamente, la psique intentando hablar.
El aburrimiento profundo, ese que incomoda de verdad, es el umbral.
Es el momento en que la Persona, esa máscara que llevamos puesta para funcionar en el mundo, se queda sin guion. Sin rol que interpretar. Sin tarea que justifique la existencia. Y en ese silencio incómodo, algo más antiguo empieza a moverse por debajo.
Jung lo sabía por experiencia propia.
Después de su ruptura con Freud, atravesó años de desorientación interior, de no saber quién era ni hacia dónde ir. En lugar de llenarlo con actividad, eligió algo radical: quedarse en ese vacío. Dibujar. Soñar. Escuchar. De ese aburrimiento consciente, de esa travesía sin mapa, nació el Libro Rojo.
Una de las obras más extraordinarias de la psicología del siglo XX salió del silencio que la mayoría habría escapado corriendo.
No estoy diciendo que el aburrimiento sea cómodo. No lo es. Es extraño, a veces angustiante, a veces triste sin motivo aparente. Pero esa incomodidad tiene una dirección: te está empujando hacia dentro.
Hacia lo que llevas tiempo sin mirar.
Hacia el deseo que enterraste porque no era práctico.
Hacia la pregunta que no te atreves a hacerte del todo.
Hacia una parte de ti que no cabe en tu rutina, pero que sigue ahí, esperando.
La próxima vez que sientas ese vacío, antes de llenarlo, pregúntate:
¿Qué aparecería si me quedara aquí un momento más?
No tienes que responderlo enseguida. Solo tolerar la pregunta. Eso ya es un acto de valentía psíquica.
El alma no grita. Susurra.
Y solo se oye en el silencio que nadie quiere sostener.


