Hay algo más valioso que el oro, y es de color verde

El oro no alimenta al hambriento. El oro no sana la raíz enferma del árbol. El oro no llena los ríos que la sequía vacía ni regresa las aves que el silencio se llevó. Pero un árbol vivo, un río que canta, una hoja nueva brotando de la rama que creías muerta… eso, hermano, eso es el verdadero milagro.

Los antiguos no acumulaban tierra. La habitaban. No conquistaban los bosques. Los escuchaban. Sabían que el verde no es solo un color: es el lenguaje que usa la vida para recordarnos que seguimos aquí, que la Pachamama aún nos sostiene, que el Gran Espíritu no ha abandonado este mundo.

Hoy el mundo persigue el oro y olvida que la riqueza más profunda crece lenta, en silencio, bajo la lluvia. Que florece sin pedir permiso. Que no necesita ser guardada en ninguna bóveda porque ella misma es la bóveda, el templo, el altar.

Cuida lo verde que tienes cerca. El árbol de tu patio. La planta que alguien te regaló. El río que pasa lejos pero que aún existe. Cuídalos como se cuida el fuego sagrado, porque cuando lo verde muere, algo en nosotros también se apaga.

Y cuando lo verde florece… algo en nosotros también despierta.


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