La tierra nunca olvida lo que le siembras con el alma

Hay una trampa que tiende el mundo moderno, y es la de medir cada amanecer por lo que recibes al caer la noche.

Pero la tierra no funciona así. Nunca lo ha hecho.

El maíz no crece el mismo día que lo siembras. El roble no da sombra la misma tarde que cae su semilla. El río no llega al mar en un solo salto.

Todo en la Creación obedece a un tiempo sagrado que no negociamos con la prisa ni con el miedo.

Nuestros ancestros lo sabían. Por eso no sembraban para el mañana inmediato. Sembraban para los hijos de sus hijos. Sembraban con intención, con oración, con sudor honesto. Y cada semilla que enterraban era una promesa que le hacían a la vida: 'Aquí estoy. Lo doy todo. El resto pertenece al Gran Espíritu.'

¿Cuántas veces has juzgado un día como perdido porque no viste frutos? ¿Cuántas noches cerraste los ojos creyendo que nada habías avanzado?

Revisa las semillas que sembraste, no la cosecha que esperas.

Una palabra de aliento a tiempo es semilla. Un acto de honestidad, aunque duela, es semilla. Un pensamiento de gratitud al despertar, una decisión valiente, un paso dado con amor… todo eso es semilla.

La tierra no olvida nada de lo que le entregas con el corazón limpio. Cada siembra regresa. A veces como fruto, a veces como raíz más profunda, a veces como la sombra que otro necesitará cuando tú ya no estés.

Siembra hoy lo mejor de ti. No por lo que verás mañana. Sino porque eso es lo que eres: un sembrador sagrado caminando en un mundo que necesita desesperadamente tus semillas.


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