Como el colibrí, busca la dulzura en la vida

Hay un mensajero que las antiguas civilizaciones conocen bien. No viene con garras ni con rugido. Llega en silencio, con alas que vibran tan rápido que el ojo humano apenas las ve. Es el colibrí y en su vuelo lleva una de las enseñanzas más poderosas que el Gran Espíritu sembró en este mundo.

El colibrí no va a todas las flores. Elige. Se detiene solo donde hay néctar verdadero. No pierde tiempo en aquello que no lo alimenta. Bebe, agradece, y sigue su camino con la misma ligereza con la que llegó.

¿Cuántas veces te has quedado posado en flores secas? ¿Cuántas veces has buscado dulzura en lugares que ya no tienen nada que darte, en personas que drenan tu fuego, en palabras que envenenan tu raíz, en caminos que tu alma ya abandonó pero tu mente aún recorre?

Los antiguos decían que el colibrí es guardián de la alegría. No porque la alegría sea algo que se persigue, sino porque es algo que se encuentra cuando aprendes a mirar con otros ojos. Ojos que ven más allá del dolor, de la prisa, del ruido del mundo moderno.

Ojos que todavía saben reconocer lo sagrado en lo pequeño: el amanecer sobre el río, el abrazo que no pediste, la flor que creció entre las piedras.

La tierra no le niega su néctar al colibrí. Tampoco el Gran Espíritu te niega la dulzura a ti. Pero debes moverte hacia ella. Debes abrir las alas de tu intención y volar sin miedo, sin el peso de lo que ya no te pertenece.

Suelta lo amargo. No como huida, sino como acto sagrado. Porque hay flores esperándote. Hay momentos que aún no has vivido. Hay una versión de ti que todavía sabe reír con el viento.

Como el colibrí, busca la dulzura en la vida. No es ingenuidad, es sabiduría ancestral.


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