Cuando un perrito llega a tu vida
Lo más difícil de vivir con un perro no es lo que crees. No es salir con él bajo la lluvia, en el frío, cuando estás cansado y no tienes ganas.
No es el pelo en todas partes, en la cama, en el suelo, en la ropa.
No es limpiar una y otra vez, sabiendo que volverá a estar sucio. No son las facturas del veterinario. No es la libertad perdida. Y no es que tu corazón ya no te pertenezca. Todo eso es amor. Todo eso es vida. Todo eso es tu elección.
Lo más difícil llega despacio, como el frío que se mete en los huesos. Un día simplemente lo ves: ya no puede. Corre hacia ti, pero más despacio. Los ojos son los mismos, pero en ellos brilla un “Te quiero, pero me cuesta”. Y recuerdas cómo era. Nunca dudó que estarías ahí, que lo ayudarías, que lo salvarías. Y lo hiciste. Pero ahora no puedes salvarlo. Lo más duro es saber que para él tú eras todo su universo. Te amó con todo su ser.
Y tú no estás listo para dejarlo ir.
Luego llega el silencio. La cama vacía. El comedero que nadie usará más. Sales de nuevo a la calle, pero sin él. Y te descubres diciendo bajito: “Vamos, mi niño”.
Pero si pudieras volver atrás en el tiempo, lo elegirías otra vez.
Sabiendo todo el dolor, todo el cansancio, con todo el amor.
Tener un perrito en tu vida es dejar entrar el amor, que tendrás para siempre. Incluso cuando se apague.


