Rompiendo el silencio: Las razones de la mortalidad son la herramienta de salud para prevenirla

La muerte es un tema que muchos en Bolivia prefieren mantener como tabú, envuelto en el silencio cultural o la privacidad personal. Sin embargo, evitar esta conversación y mantenerla como un tabú tiene un alto costo social: no podemos solucionar lo que elegimos no medir.

Según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el perfil de salud de Bolivia ha cambiado drásticamente en las últimas dos décadas. En el 2000, las enfermedades transmisibles y maternas representaban el 38% de las muertes prematuras, pero para el 2019, las enfermedades no transmisibles, como la cardiopatía isquémica y el accidente cerebrovascular, se dispararon hasta representar el 73% de todas las muertes mientras que las enfermedades transmisibles bajaron al 19%. Entre otros tipos de muertes prematuras que representan el 9% del total de muertes para el 2019, resaltan tres grupos: por accidentes de tráfico 33%, homicidios 14%, suicidios 10%.

Cuando las familias o los registros locales subestiman u ocultan las verdaderas causas de muerte debido a tabúes sociales, el Gobierno permanece ajeno a estas crisis cambiantes. Los problemas los digieren solo entre la familia y se ve como un caso aislado. Sin datos de mortalidad transparentes y con un seguimiento preciso, los hospitales públicos no pueden asignar recursos, los estándares de seguimiento de la mortalidad siguen siendo poco validados y los riesgos específicos no serán atendidos. Riesgos ambientales continúan causando accidentes cerebrovasculares fatales que pasarán desapercibidos, accidentes de tráfico seguirán llevándose vidas sin que se tomen precauciones para cambiar la forma que conducimos.

Encuestas recientes realizadas en escuelas de Bolivia revelaron que hasta el 22 % de los adolescentes han intentado suicidarse, lo que convierte la salud mental en una emergencia pública cada vez mayor. Al mismo tiempo, los médicos están observando muertes prematuras vinculadas al "COVID persistente" o a los efectos secundarios tóxicos y tardíos del uso de medicamentos no aprobados —como dióxido de cloro o hidroxicloroquina— que se consumieron ampliamente durante la pandemia. Cuando estas muertes prematuras se ocultan silenciosamente y se catalogan como un simple "paro cardíaco" en lugar de investigarse o vincularse de forma transparente con casos de suicidio en grupo, síndrome postCOVID, o toxicidad farmacéutica, perdemos la oportunidad de proteger a otros.

Romper el silencio sobre los registros de defunción no es una falta de respeto; es la base para crear políticas de salud eficaces, prevenir el suicidio juvenil y evitar futuras muertes. Incluso, incluir una frase explicativa en la carta de anuncio de fallecimiento permite a la familia transformar ese dato informativo en una advertencia que dé a otros la oportunidad de vivir más tiempo y a las autoridades de transformarlo en políticas de prevención.


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