Sobre el espíritu de la juventud

Mucho se ha hablado ya de la política, la crisis económica y la coyuntura social que hoy, como bolivianos y latinoamericanos, vivimos. Mucho se ha hablado de nuestras carencias como Estado y como sociedad. Retomemos, entonces, la enriquecedora reflexión sobre el papel de nuestra razón en el despliegue de la historia, el desarrollo de nuestras tierras y la construcción de nuestro porvenir.

¡Ah, sí! Retomemos el meollo reflexivo de nuestra identidad latinoamericana; desenmascaremos nuestros sentimientos más profundos de reconocimiento y pertenencia. Enfrentémonos nuevamente a aquella pregunta que alguna vez nos retumbó: ¿cuál es el papel de nosotros, los bolivianos —o, más universal aún, los latinoamericanos—, en el desarrollo de nuestra propia historia?

La anciana Europa ya había reflexionado sobre nuestro futuro en tiempos de las sangrientas luchas independentistas. ¡Allá lejos! En las tierras alemanas del siglo XIX, un filósofo llamado Georg Hegel proclamaba, en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, que «América es el país del porvenir». Pero aquella afirmación no estaba exenta de una importante consideración: para Hegel, lo sucedido hasta entonces en el Nuevo Mundo había sido, en cierta parte, un eco del Viejo Mundo. América aparecía así como una tierra cuyo papel histórico todavía estaba por descubrirse y desarrollarse. ¿Acaso este continente debía permanecer eternamente bajo la sombra de aquella Europa que pretendía interpretar el curso de la historia universal?

Transcurrieron algunas décadas desde aquellas reflexiones y José Enrique Rodó, célebre escritor uruguayo, irrumpió en la escena del pensamiento latinoamericano y volvió su mirada hacia la juventud de estas tierras. En su ensayo Ariel, publicado en 1900, recuperó al personaje de La tempestad, de William Shakespeare, para representar las aspiraciones más nobles del espíritu humano: la razón, la belleza, la cultura y la elevación moral. Ariel en dicha obra, encarnaba una juventud que no debía resignarse al predominio de los intereses materiales utilitaristas, sino cultivar su inteligencia, su sensibilidad y sus ideales para ennoblecer su existencia.

Sin embargo, aún hoy vale preguntarse: ¿Cuál es el sentido de volver nuestra mirada hacia la juventud del continente, más de un siglo después de Rodó? ¿Seguimos siendo aquella América del porvenir de la que Hegel alguna vez habló? ¿O nos hemos acostumbrado a contemplar nuestro futuro sin asumir la responsabilidad de construirlo?

El sentido de estas preguntas conduce a una tesis: América Latina sigue siendo, en cierto modo, un continente joven, que este ungido en la pelea de su reconocimiento en un doloroso proceso de maduración histórica que todavía reclama responsabilidades. No porque nuestras tierras carezcan de un pasado, pues en ellas florecieron civilizaciones mucho antes de la llegada europea, sino porque la construcción de nuestro porvenir continúa siendo una tarea en proceso.

El espíritu de la juventud no está referido, únicamente, a una etapa “humana” de la existencia. Al contrario, se entiende como una disposición espiritual que  se encuentra en constante aprendizaje, impulsada por la inquietud, la idealización y la voluntad de actuar sobre aquello que todavía no ha alcanzado su realización. América aún se encuentra inmersa en este proceso o, al menos, Latinoamérica. No es joven porque su historia haya comenzado ayer, sino porque todavía conserva la posibilidad de transformarse y reconocerse en aquello que aspira a ser.

Hegel había advertido las diferencias históricas entre las dos Américas: la del Norte y la del Sur. Sus reflexiones situaban en el porvenir las posibilidades de un nuevo desenvolvimiento histórico del continente, acaso mediante una confrontación entre ambas regiones. Pero aquel futuro no podía ser entendido como una promesa cuyo cumplimiento estuviese garantizado. El desarrollo de nuestra hermana del norte siguió un camino distinto al nuestro; sin embargo, ello no significaba que las posibilidades históricas de América Latina hubieran quedado diezmadas. Al contrario, el espíritu joven de una Latinoamérica impulsiva, idealista y deseosa de actuar todavía tenía mucho por realizar.

La lucha por la definición de nuestra identidad se desenvolvía en una nueva etapa, donde la joven Latinoamérica buscaba saberse a sí misma como una realidad singular respecto de su hermana del norte, la madre Europa y la lejana Asia. Pero aquella singularidad no podía nacer del simple rechazo de nuestras herencias. Nuestras herencias indígenas, europeas y las experiencias históricas propias de nuestras sociedades constituyen parte de lo que somos, aunque ninguna de ellas, considerada aisladamente, puede determinar todo lo que estamos llamados a ser.

El porvenir de estas tierras se encarnó en cada uno de nosotros, los latinoamericanos: sujetos del devenir de nuestra región y protagonistas históricos encargados de llevar a cabo su realización. No obstante, debemos recuperar una enseñanza fundamental de Rodó: no basta con poseer la energía propia de la juventud si esta no se encuentra acompañada por el cultivo de la razón, la sensibilidad moral y la aspiración hacia ideales superiores. Un espíritu que únicamente actúa, sin reflexionar sobre el sentido de sus acciones, corre el riesgo de extraviarse en sus propios impulsos.

De ahí que nuestra juventud deba aprender a cultivar su espíritu. No solamente mediante el conocimiento de aquello que otros pueblos han pensado, sino también mediante la capacidad de pensar por sí misma. No basta con admirar las grandes obras de la historia universal; debemos preguntarnos qué podemos aportar nosotros a esa historia. La formación intelectual, la cultura y la conciencia de nuestras responsabilidades públicas no constituyen lujos reservados a unos cuantos, sino condiciones para que nuestras aspiraciones puedan traducirse en obras, instituciones y transformaciones reales.

Ahora, nuestros hermanos de otras tierras pueden mirarnos con desdén e incluso con incomprensión. Se preguntarán: ¿cuál es el motivo de su existencia histórica? ¿Qué lugar aspira a ocupar América Latina en la historia y en el mundo?

Mas el meollo de nuestra reflexión no reside únicamente en preguntarnos cuál es la razón de ser de estas hermosas tierras, sino en reconocer en qué nos estamos convirtiendo. Para dar a luz una identidad verdaderamente nuestra, debemos emanciparnos de la subordinación intelectual a la vieja Europa, de la imitación irreflexiva de nuestra hermana del norte y de la pretensión de reducir toda nuestra identidad al pasado precolonial. No se trata de negar lo que hemos heredado, sino de apropiarnos conscientemente de nuestra historia para construir algo nuevo, algo propio, el reflejo de nuestra identidad.

América Latina es una tierra del porvenir, cargada todavía de un espíritu joven que ansía su autoconocimiento. Pero ese porvenir no se realizará por el simple transcurso de los años. La juventud de un continente no constituye una garantía de progreso. Su verdadero desafío consiste en alcanzar una madurez histórica que no implique renunciar a sus ideales, sino encontrar los medios para realizarlos.

Esta tierra que pisamos no es únicamente la sombra de un pasado, sino también el escenario de nuestra lucha por el futuro y la esperanza de un nuevo mañana. El espíritu de la juventud de nuestro continente debe mirarse al espejo y reconocerse a sí mismo como alguien capaz de construir algo nuevo. No bajo los hilos del titiritero europeo, ni sobre una plataforma prestada de América del Norte, sino en un escenario donde el protagonista sea nuestra propia historia, donde nuestros ideales encuentren realización y donde nosotros, los latinoamericanos, asumamos la responsabilidad de juzgar y conducir nuestros actos.

Porque el porvenir de América Latina no se encuentra escrito en las lecciones de ningún filósofo europeo, norteamericano o asiático, ni tampoco se encuentra asegurado por las promesas de nuestra juventud. Nos corresponde a nosotros convertirlo en historia, en nuestra historia.


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