Pantallas en la primera infancia: ¿quién acompaña a nuestros niños mientras miran un celular?

¿Cuántas veces hemos entregado un celular a un niño para que deje de llorar, se quede quieto durante una comida o nos permita terminar una tarea? ¿Cuántas veces hemos sentido alivio al verlo tranquilo frente a una pantalla, sin preguntarnos qué está mirando, cuánto tiempo lleva allí o qué está dejando de hacer mientras permanece entretenido? Tal vez el problema no sea solamente el celular, sino la facilidad con la que hemos convertido una herramienta tecnológica en una niñera silenciosa.

En la actualidad, las pantallas forman parte de nuestra vida cotidiana. Los adultos trabajamos, nos comunicamos, buscamos información y nos entretenemos a través de ellas. Es comprensible que los niños sientan curiosidad y quieran imitarnos. Sin embargo, ¿estamos preparados para acompañarlos en un mundo digital que muchas veces ni siquiera nosotros sabemos manejar responsablemente?

Entre los cuatro y cinco años, los niños atraviesan una etapa decisiva de desarrollo. Necesitan moverse, conversar, explorar, jugar, preguntar y relacionarse con otras personas. Su cerebro aprende mediante experiencias concretas, estímulos variados y vínculos afectivos. Cuando gran parte de su tiempo queda ocupado por una pantalla, existe el riesgo de reducir oportunidades importantes para desarrollar el lenguaje, la imaginación, la atención y las habilidades sociales.

Esto no significa que todo contacto con la tecnología sea perjudicial ni que un celular, por sí solo, determine el futuro de un niño. El problema aparece cuando su uso es excesivo, no existe acompañamiento adulto o las pantallas desplazan actividades esenciales para su crecimiento. El contenido también importa: no es lo mismo observar un cuento apropiado para su edad junto a un adulto que pasar largos periodos mirando videos rápidos, uno tras otro, sin interacción ni propósito educativo.

¿Y qué sucede cuando un niño se acostumbra a recibir el celular cada vez que se aburre, se enoja o necesita esperar? Puede tener menos oportunidades de aprender a tolerar la frustración, expresar lo que siente y encontrar otras formas de entretenerse. Algunos niños reaccionan con irritabilidad cuando se les retira el dispositivo, aunque estas conductas no tienen una única causa. También pueden verse afectados el sueño y las rutinas familiares, especialmente cuando utilizan pantallas antes de acostarse o durante la noche.

En el aula, las maestras pueden observar dificultades para escuchar instrucciones, esperar turnos, mantener la atención o participar en juegos compartidos. No sería correcto atribuir automáticamente estas dificultades al celular, pues el desarrollo infantil depende de muchos factores. Sin embargo, sí corresponde preguntarnos si estamos ofreciendo suficientes oportunidades para que los niños conversen, escuchen cuentos, manipulen objetos, dibujen, corran y construyan amistades más allá del mundo digital.

La responsabilidad comienza en casa, pero no termina allí. ¿Qué ejemplo damos cuando pedimos a nuestros hijos que dejen el celular mientras nosotros no podemos apartar la mirada del nuestro? ¿Por qué esperamos que un niño controle una pantalla si los adultos, que supuestamente tenemos mayor capacidad de decisión, muchas veces tampoco sabemos desconectarnos? Educar también significa mostrar con nuestras acciones aquello que queremos enseñar con palabras.

Las recomendaciones no requieren grandes inversiones. La Organización Mundial de la Salud aconseja que los niños de tres y cuatro años no permanezcan más de una hora al día frente a pantallas durante el tiempo sedentario, y señala que menos es mejor. Para los niños de cinco años, conviene establecer límites apropiados, priorizando el sueño, la actividad física y la interacción directa. En todos los casos, es importante seleccionar contenidos adecuados, acompañar su uso y evitar que las pantallas sustituyan el contacto humano.

Podemos comenzar con cambios sencillos: establecer horarios, evitar el celular durante las comidas y antes de dormir, leer cuentos, cantar, conversar y ofrecer juegos con materiales disponibles. Cuando sea necesario utilizar una pantalla, acompañemos al niño, preguntémosle qué observa y ayudémoslo a comprender lo que ve. No se trata de prohibir por prohibir, sino de enseñar hábitos saludables desde los primeros años.

Quizá la pregunta más importante no sea cuántos minutos pasa nuestro hijo frente al celular, sino qué estamos haciendo nosotros mientras él permanece allí. La tecnología seguirá avanzando, pero ninguna pantalla puede reemplazar por completo una mirada afectuosa, una conversación, un abrazo o el tiempo compartido con quienes lo aman.

La infancia no tiene botón de pausa. Antes de entregar un celular para conseguir unos minutos de silencio, pensemos en las experiencias que ese niño necesita para crecer. Porque entretenerlo puede ser fácil; acompañarlo, escucharlo y educarlo exige tiempo.

 


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