¿Qué está pasando con nuestros estudiantes?
Los resultados de la prueba PISA 2025 acaban de poner nuevamente sobre la mesa una pregunta que ya no podemos seguir postergando: ¿qué está pasando con la educación y, sobre todo, qué está pasando con nuestros estudiantes? La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) evaluó a más de 760 mil estudiantes de 15 años en 91 países y economías. Los resultados muestran una caída importante en Matemática y Lectura en el promedio de los países de la OCDE. Entre 2015 y 2025, el promedio en Lectura cayó 28 puntos y en Matemática 22 puntos.
América Latina tampoco puede mirar estos datos con indiferencia. Uruguay alcanzó 445 puntos en Ciencias y Chile 442, mientras Colombia obtuvo 420, Brasil 413, México 413, Perú 405, Argentina 397 y Ecuador 396. No se trata simplemente de establecer quién está arriba o abajo. Lo verdaderamente preocupante es observar que la región continúa enfrentando dificultades para garantizar aprendizajes fundamentales.
Pero esta historia no comenzó con PISA 2025. El estudio ERCE 2019 de la UNESCO ya había advertido que, en promedio, cuatro de cada diez estudiantes de tercer grado y seis de cada diez de sexto grado de primaria en los países participantes no alcanzaban las competencias mínimas esperadas en Lectura y Matemática. Además, entre 2013 y 2019 la mayoría de los países no mostró avances significativos.
Después llegó la pandemia. Las escuelas cerraron, millones de estudiantes perdieron continuidad educativa y las desigualdades se hicieron más visibles. La UNESCO advierte que en varios países las pérdidas de aprendizaje llegaron a representar cerca de dos años de escolaridad y que Matemática fue una de las áreas más afectadas. Pero sería demasiado sencillo explicar todo por la COVID-19. La pandemia profundizó problemas que ya estaban presentes.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿realmente estamos preparando a nuestros jóvenes para el mundo en el que les tocará vivir?
El estudiante del siglo XXI ya no aprende solamente sentado frente a una pizarra. Vive rodeado de teléfonos, redes sociales, videos breves, inteligencia artificial, videojuegos y una cantidad casi infinita de información. Puede encontrar una respuesta en segundos, pero eso no significa que sepa comprenderla, cuestionarla, contrastarla o utilizarla correctamente. La propia OCDE relaciona la digitalización, el aumento del tiempo frente a pantallas y la disminución de la lectura por placer con el deterioro de los resultados de Lectura.
Y aquí aparece una responsabilidad que no pertenece únicamente a la escuela.
¿Qué está ocurriendo en nuestros hogares? ¿Cuánto tiempo conversamos con nuestros hijos? ¿Cuántos padres preguntan qué aprendieron hoy y no solamente si hicieron la tarea? ¿Cuántos niños tienen un espacio para leer, investigar, equivocarse y volver a intentarlo? ¿Estamos formando estudiantes o simplemente esperando que la escuela resuelva todos los problemas que la sociedad no ha sabido resolver?
También sería injusto colocar toda la responsabilidad sobre el maestro. Un docente puede planificar, explicar, motivar y acompañar, pero no puede sustituir a la familia, ni puede controlar las condiciones sociales, económicas y emocionales en las que vive cada estudiante. Tampoco puede enfrentar solo currículos extensos, desigualdades, falta de recursos, dificultades de conectividad y cambios tecnológicos que avanzan mucho más rápido que las reformas educativas.
Y Bolivia debe hacerse estas preguntas aunque no haya participado en PISA 2025. Nuestro país no tiene un puntaje PISA que podamos utilizar para afirmar cómo estamos frente a los demás, pero precisamente esa ausencia debería llevarnos a fortalecer nuestros propios sistemas de evaluación y conocer con evidencia qué están aprendiendo realmente nuestros estudiantes. La UNESCO ha señalado la necesidad de contar con evaluaciones que permitan identificar las brechas y orientar las decisiones educativas.
Tal vez el verdadero desafío educativo de este siglo no sea solamente enseñar más contenidos. Tal vez sea enseñar a comprender, pensar, preguntar, leer profundamente, resolver problemas, convivir y utilizar la tecnología sin permitir que la tecnología piense por nosotros.
Porque detrás de cada resultado de PISA no hay solamente números. Hay jóvenes que mañana tendrán que tomar decisiones, trabajar, convivir, participar en una sociedad y construir su propio futuro.
Por eso la pregunta no debería ser únicamente cuánto saben nuestros estudiantes. Deberíamos preguntarnos también: ¿qué estamos haciendo como familias, escuelas, autoridades y sociedad para que puedan aprender? Y, sobre todo, ¿qué educación necesitamos construir para los jóvenes que ya están viviendo en este nuevo siglo





