La felicidad que se publica y la vida que se oculta: Mas empáticos menos perfectos

Vivimos en un tiempo en la que la felicidad parece tener un formato definido: viajes, éxito profesional, belleza, relaciones perfectas, consumo y reconocimiento social. Es verdad que las redes sociales no inventaron nuestro deseo de ser felices, pero amplificaron la posibilidad de representar, editar y comercializar imágenes o conceptos de felicidad. El problema surge cuando confundimos esa representación con la vida real.

Desde el rol de la comunicación social enfocados en la prevención del suicidio, debemos preguntarnos qué responsabilidad tenemos al construir espacios digitales donde pareciera que ser feliz significa permanentemente tener, gustar, consumir y recibir aprobación. No podemos afirmar que las redes sociales provoquen por sí mismas conductas suicidas, pues estas responden a múltiples factores. Sin embargo, los contenidos digitales sí participan en la construcción de expectativas, modelos de éxito y formas de valorar y búsqueda de aceptación de nuestra propia existencia.

Leyendo a Sócrates a cerca de lo que hace felices a los seres humanos, nos encontramos con que situaba la vida buena en el conocimiento de uno mismo y el cultivo de la virtud. Su pensamiento nos plantea una pregunta vigente: ¿Queremos vivir bien o queremos parecer que vivimos bien? Cuando nuestra valoración depende de seguidores, reacciones y aprobación externa, corremos el riesgo de sustituir la construcción interior por la apariencia.

Así también, Platón ofrece una poderosa metáfora mediante la alegoría de la caverna. En las redes observamos fotografías seleccionadas, videos editados, cuerpos idealizados, éxitos exhibidos y dificultades generalmente ocultas. Son fragmentos de realidad, pero podemos terminar confundiéndolos con vidas completas. Así construimos una falsa felicidad basada en apariencias, a lo que llamamos vivir a base de los placeres episódicos, es decir la falsa felicidad.

La comparación permanente puede alimentar la percepción de que “todos están bien menos yo”. Por ello, prevenir también significa comunicar responsablemente: normalizar que la vida incluye incertidumbre, frustraciones, dificultades y momentos de vulnerabilidad, sin romantizar el sufrimiento.

Leer que “Bolivia muestra una tasa de mortalidad por suicidio superior al promedio global histórico y en constante incremento, al igual que gran parte de la región americana” o que “Se registraron 185 suicidios en el departamento de Tarija durante los últimos cinco años”. Nos moviliza a no solo pensar, sino actuar.

Plataformas, medios de comunicación, influencers, generadores de contenidos, instituciones y usuarios compartimos responsabilidades. Antes de publicar no deberíamos preguntarnos solamente: ¿Tendrá alcance?, sino también: ¿Qué idea de felicidad estoy ayudando a construir?

Tal vez necesitamos recuperar la enseñanza esencial de Sócrates y Platón: una vida valiosa no depende exclusivamente de aquello que puede exhibirse, comprarse o contabilizarse. También se construye mediante la virtud, prudencia, amistad, solidaridad, conocimiento y búsqueda de sentido.

Quizás necesitamos publicar menos felicidad perfecta y empezar a comunicar una idea más humana de lo que significa vivir bien, aun mas en tiempos donde sabemos que no todos estamos bien.


Más del autor