Cuando la olla está vacía, hasta la suegra FMI es bienvenida
Hay momentos en la vida familiar en que uno puede escoger quién entra a la casa. Y hay otros en que la heladera está vacía, la tarjeta rebotó, el banco dejó de contestar y uno raspa la olla con una cuchara por si quedó algún dólar adherido al fondo. Bolivia está peligrosamente cerca de ese segundo momento. Y entonces suena el timbre. Es la suegra Fondo Monetario Internacional (FMI)
Trae US$1.900 millones, una carpeta gruesa y esa mirada inquisidora de suegra que acaba de prestar dinero: ¿cuánto ganan?, ¿cuánto gastan?, ¿cuánto deben?, ¿qué hicieron con los ahorros?, ¿y cuándo piensan ordenar esta casa? Uno quisiera responder con altiva dignidad republicana: “Señora, gracias por venir, pero los asuntos familiares son privados. No sea metiche”.
El pequeño inconveniente es que estamos pidiéndole marmaja prestados. El Proyecto de Ley-723/25 propone autorizar un Servicio Ampliado del FMI por aproximadamente ese monto, dentro de un programa de 36 meses. El debate probablemente oscilará entre dos antiguas especialidades bolivianas: la canonización y el exorcismo. Para unos, el FMI será Nuestra Señora de las Reservas Internacionales, llegando desde Washington con agua bendita financiera. Para otros, Drácula, Darth Vader y el imperialismo internacional, todos incómodamente instalados dentro del mismo maletín. Conviene abandonar ambas caricaturas.
El FMI no hace milagros, pero tampoco necesita colmillos. Presta dinero, cobra intereses y exige un programa económico. En términos domésticos: la suegra presta, pero quiere mirar las cuentas. Puede resultar entrometida, ciertamente. Pero antes de acusarla de todos nuestros males conviene recordar un detalle: la suegra no vació la heladera.
El déficit fiscal boliviano no nació en Washington. La caída de la producción y exportación de gas natural tampoco. La escasez de dólares no llegó escondida dentro de una Carta de Intenciones y las reservas internacionales no desaparecieron porque algún funcionario del Fondo amaneció con vocación imperial. La casa ya estaba desordenada por presterío de populismo masista. La señora apareció cuando nosotros comenzamos a buscar desesperadamente quién podía prestarnos.
¿Hay que recibirla? Creo que sí. No porque el FMI sea maravilloso, sino porque las alternativas son considerablemente peores. El crédito ofrece hasta diez años para pagar cada desembolso y cuatro años y medio antes de comenzar a amortizar capital. Su costo es variable y existen cargos y eventuales sobretasas, pero sus condiciones son favorables frente a las alternativas disponibles para Bolivia. Imaginar que hoy podemos conseguir US$1.900 millones baratos, largos y sin preguntas pertenece a una disciplina todavía ausente de las facultades de economía: macroeconomía fantástica aplicada.
Pero el verdadero valor del crédito no está solamente en su tasa. Está en algo mucho más escaso: tiempo. El financiamiento puede dar espacio para reducir gradualmente el desequilibrio fiscal, reconstruir reservas, estabilizar el mercado cambiario y recuperar confianza sin descargar simultáneamente todo el costo del ajuste sobre la población.
Porque rechazar al FMI no significa rechazar el ajuste. El ajuste llega igual. Solo cambia quién lo administra. Puede hacerlo una política económica deliberada, gradual y socialmente protegida; o puede hacerlo la crisis mediante depreciación, inflación, escasez de dólares, caída de importaciones, recesión, desempleo y reducción forzada del consumo.
Podemos echar a la suegra. Lo que no podemos echar es a la aritmética. Naturalmente, donde hay plata, hay sapitos que tragar. Y ojito.
Primero, esto es deuda, no una donación que pueda transubstanciarse por intervención del Espíritu Santo financiero. Segundo, existe riesgo cambiario: el Estado recauda fundamentalmente bolivianos y deberá pagar obligaciones externas. Tercero, la tasa es variable y existen cargos y posibles sobretasas. Cuarto, todo programa de estabilización tiene costos sociales potenciales. Si usamos motosierra donde necesitamos bisturí, podemos alcanzar equilibrio macroeconómico después de haber enviado a la economía real a terapia intensiva.
Por eso la protección social no puede ser la nota al pie del programa. Debe ser parte central de su arquitectura. La estabilización no puede convertirse en un experimento para descubrir cuánto sufrimiento soporta la sociedad.
Pero existe un sapo mayor: rococó, barroco y con jardín propio. Creer que recibir US$1.900 millones equivale a resolver la crisis.
Ese dinero no produce gas, no corrige estructuralmente el déficit, no eleva por decreto la productividad, no reforma empresas públicas, no crea instituciones, no genera empleos de calidad ni atrae inversión por generación espontánea. Compra tiempo. Nada más y nada menos. Y el tiempo puede ser una inversión extraordinaria o un desperdicio carísimo.
Por eso resulta fundamental conocer aquello que todavía importa más que el monto: el programa. La Asamblea debe exigir la Carta de Intenciones, las políticas comprometidas, las acciones previas, las metas fiscales, monetarias y de reservas, el calendario de desembolsos, el costo financiero integral, el análisis de sostenibilidad de la deuda, el destino de los recursos y los mecanismos de protección social. US$1.900 millones son demasiado dinero para aprobarlos por fe, pero también demasiado necesarios para rechazarlos por catecismo.
Y aquí nuestra comedia familiar adquiere un delicioso toque de realismo mágico. Resulta por lo menos curioso observar a algunos antiguos yernos que administraron la economía, participaron de la fiesta y ayudaron a tirar la casa por la ventana aparecer ahora vestidos con impecables trajes de dignidad prestada.
Primero sufren amnesia selectiva. Nadie estuvo en la fiesta. Nadie pidió otra botella. Nadie vio desaparecer los ahorros. Nadie sabe quién dejó vacía la despensa. Al parecer, el déficit, la deuda y la pérdida de reservas internacional fueron obra espontánea de los duendes de la macroeconomía.
Después ocurre el segundo milagro: quienes ayer administraban la casa descubren desde la oposición las virtudes de la prudencia financiera y la soberanía nacional. Se escandalizan porque el acreedor pregunta, rechazan cualquier condicionalidad y no bajan de “vieja entrometida”, “suegra malvada” y enemiga de la patria a la señora FMI.
La escena sería conmovedora si no fuera tan pintoresca: los yernos que ayudaron a vaciar la despensa quieren echar a la suegra porque tuvo la insolencia de preguntar quién se gastó la plata. Pero la amnesia de unos tampoco santifica al FMI. Sus condiciones deben conocerse, evaluarse y negociarse. Sobre todo, hay que proteger a quienes nunca estuvieron invitados a la fiesta y ahora corren el riesgo de recibir la cuenta.
Por eso mi posición es favorable al crédito, pero no a un cheque en blanco. La cuestión de fondo ni siquiera es FMI sí o FMI no. Es qué hacemos con el tiempo que compramos. Porque estos US$1.900 millones no son la salida de la crisis. Son un puente. Y un puente solo tiene sentido si sabemos qué construiremos en la otra orilla.
Del otro lado necesitamos algo que ningún organismo internacional puede desembolsar: un proyecto económico, social y político de país. Una estrategia capaz de recuperar crecimiento, generar empleo, elevar productividad, atraer inversión, reconstruir instituciones, proteger a los vulnerables y devolverle a Bolivia un horizonte. El FMI puede prestarnos dólares. Puede comprarnos tiempo. Puede ayudarnos a cruzar el río. Lo único que no puede prestarnos es un país y menos sensatez y sinderesis.





