El miedo también tiene precio
Una sociedad no solamente toma decisiones a partir de lo que sabe del presente, sino también de lo que teme del futuro
En la economía se suelen utilizar términos técnicos para explicar la situación económica de una sociedad, tales como inflación, tipo de cambio, crecimiento, consumo, etc. Sin embargo, debe saberse que detrás de estos términos existen personas muy humanas que toman decisiones. Y las personas no deciden únicamente a partir de los tecnicismos del presente, sino también de aquello que creen que podría ocurrir. Por ello, cuando la incertidumbre económica del sujeto común se convierte en miedo, sus efectos pueden trascender lo psicológico y también afectar seriamente el bolsillo cotidiano.
Hoy, en Bolivia, la incertidumbre por el futuro económico nacional se convirtió en algo cotidiano. El precio del dólar, el tipo de cambio oficial, las dificultades de abastecimiento de combustible y la preocupación por el alza de precios hacen que la ciudadanía se pregunte constantemente qué ocurrirá mañana. La diferencia está entre preguntarse qué podrá ocurrir y actuar como si ya estuviera ocurriendo lo peor.
El ciudadano común ya no pasa sus días preguntándose únicamente qué llevará de pan a su casa, sino también si el dinero que tiene hoy seguirá valiendo lo mismo mañana. Cuando teme perder su empleo, puede reducir su consumo y ahorrar más. Un empresario que teme perder su capital puede decidir postergar su inversión. Ninguna de estas decisiones puede ser considerada irracional; al contrario, son el producto racional de un profundo sentimiento humano: el miedo. Ya no siendo algo ocasional, sino algo cotidiano en el país.
El problema aparece cuando el miedo deja de ser individual y se convierte en colectivo.
Si bien la economía puede funcionar a partir de las expectativas, si suficientes personas esperan constantemente que las condiciones económicas empeoren, comenzarán a actuar de acuerdo con esa expectativa. El consumo puede caer, se invierte menos, se ahorra más y las decisiones económicas se toman con mayor cautela. Y así, aquello que comenzó como una percepción sobre el futuro puede terminar modificando las condiciones del presente.
Esta situación permite que emerja una paradoja interesante en la economía: una decisión racional de un individuo puede producir consecuencias negativas cuando millones de personas actúan de la misma manera dentro de un Estado que es incapaz de asegurar lo básico para la subsistencia y la estabilidad. Una familia que ahorra frente a la incertidumbre nacional se protege. Pero si toda una sociedad comienza simultáneamente a reducir el consumo y la inversión, la economía pierde su dinamismo característico. El miedo ya no es solo una reacción ante la situación; ahora se convierte en una variable permanente que forma parte intrínseca de ella.
En esta situación, John Maynard Keynes comprendió que las decisiones económicas no siempre se toman bajo condiciones de certeza. La inversión, el consumo o el ahorro son decisiones que implican enfrentarse a un futuro que no se conoce plenamente. Por ello, la confianza y las expectativas subjetivas del individuo también forman parte de la economía. Una sociedad no vive solamente de los números que produce, sino también de las expectativas que construye en torno a ellos. Pero cuando las expectativas son bajas, la inversión y la actividad económica también pueden verse afectadas.
Ello no implica que todo aumento del precio del dólar, caída del consumo o decisión de inversión se tome por miedo. Las economías responden a una multiplicidad de factores: políticas públicas, oferta y demanda, condiciones internacionales y muchos otros. Pero olvidar el componente psicológico sería olvidar que detrás de las cifras existen seres humanos que toman decisiones frente a futuros inciertos.
Quizás, por ello, la tarea de toda sociedad que atraviesa una crisis económica no sea únicamente corregir sus indicadores, sino también reconstruir la capacidad de mirar el futuro sin convertirlo en una posibilidad permanente de amenaza. Porque la incertidumbre siempre existirá. Ningún gobierno puede garantizar el futuro y ninguna política económica puede eliminar completamente el riesgo. Lo que sí se puede hacer es evitar que una sociedad tome decisiones siendo gobernada por su temor.
El miedo también tiene un precio. Y cuando una sociedad comienza a pagar ese precio colectivamente, el desafío ya no consiste solamente en recuperar la economía, sino también en recuperar la confianza en el futuro.





