Quien no conduce es conducido
Cuando un gobierno deja de marcar el rumbo y comienza únicamente a responder a las crisis, la coyuntura empieza a gobernarlo a él.
Rodrigo Paz llegó al poder en noviembre de 2025 prometiendo una ruptura con el ciclo político anterior. Su llegada al poder representaba para gran parte del electorado un respiro a los asfixiantes 20 años de masismo. Sin embargo, nueve meses después, el problema ya no solo parece ser la gran crisis heredada; ahora la dificultad se interiorizó en su propio gobierno y en su incapacidad de tener una dirección política fuerte y firme frente a la crisis. Paz y su gabinete, ante los ojos de la población, son la encarnación de la crisis, la indecisión y la incapacidad: un gobierno que se queda sin oxígeno.
El problema que afronta el gabinete de Paz no es solo una exorbitante crisis económica. Tampoco es únicamente una oposición política, tanto de derecha como de izquierda, dispuesta a confrontarlo. Todo gobierno democrático enfrenta estas dificultades. El problema comienza cuando la agenda del gobierno deja de ser propia y pasa a estar determinada por las crisis que debe apagar.
Y es que no solo se enfrenta a una oposición política de ambos lados, al sindicalismo o a la crisis política y económica nacional. Las polémicas internas del gabinete sacuden y deslegitiman al Gobierno, haciéndose estas particularmente evidentes en las últimas semanas. Por ejemplo, la censura del ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, por parte de la Asamblea y, posteriormente, su destitución por parte del Ejecutivo. El 25 de agosto fue reemplazado por Christian Andrés Morales.
La sustitución de un ministro, por sí sola, no representa el fracaso de un gobierno. Pero cuando ocurre en medio de una crisis económica, tensiones con el Legislativo y dificultades para avanzar con las reformas que el propio Ejecutivo considera necesarias, deja una incómoda pregunta: ¿quién está marcando realmente el rumbo del país?
Paz se enfrenta a una coalición política frágil y a dificultades para conseguir respaldo a su programa económico. Mientras se intenta avanzar hacia acuerdos financieros y reformas estructurales, las protestas, la escasez de combustible, los problemas cambiarios y el deterioro económico continúan reduciendo su margen de maniobra.
Y, en suma, el escándalo del caso Fernando Cerimedo, antiguo asesor presidencial de Paz, cuyas detenciones e investigaciones han generado nuevas presiones sobre el Gobierno. Más allá de las acusaciones, que deberán ser determinadas por la justicia, el costo político que generan las investigaciones alrededor de personas cercanas al poder resulta innegable.
Y aquí aparece el verdadero problema de la administración de Rodrigo Paz: la sensación de un gobierno que responde, pero no termina de conducir.
La historia nacional nos recuerda los posibles fines de este tipo de gobiernos. Por ejemplo, el gobierno de Hernán Siles Zuazo, entre 1982 y 1985. Tras su llegada al poder después del retorno de la democracia, asumió la gobernanza en un contexto de fragmentación política, crisis económica, inflación, presión sindical y escaso margen parlamentario. Su gobierno terminó anticipadamente en 1985, no por un golpe de Estado, sino mediante un proceso político que llevó a la renuncia de un año de su mandato y a la convocatoria de elecciones anticipadas.
Ello enseña una particular paradoja: un gobierno puede ser tan débil que ni siquiera necesita ser derrocado militarmente; puede simplemente quedarse sin capacidad de gobernar.
Por consecuencia, un gobierno puede equivocarse. Puede cambiar ministros. Puede negociar con la oposición. Puede incluso retroceder en determinadas decisiones. Gobernar implica corregir. Pero existe una diferencia entre corregir una política y transmitir permanentemente la sensación de estar reaccionando ante aquello que sucede.
Bolivia no necesita más populismo y promesas vacías que nos llevaron hasta donde estamos hoy. Necesita un gobierno consciente de sus límites y dispuesto a asumir las consecuencias con el filo de la verdad. Necesita, imperantemente, una dirección política entre una crisis nacional que ha de ser administrada y un proyecto político que debe ser construido.
Paz todavía puede tener tiempo para recuperar el rumbo. Pero su tiempo político no es infinito. El mayor peligro para su gobierno no es necesariamente que sus adversarios lo derriben. Es que la crisis termine gobernándolo a él.
Y si eso ocurre, Bolivia no habrá cambiado realmente de ciclo político: simplemente habrá cambiado de cabeza la corona mientras el barco continúa buscando un rumbo en el mar del populismo.








