Un billón de dólares en la basura

Según el Centro de Nutrición neerlandés, en 2025 cada persona en los Países Bajos tiró a la basura unos 25 kilos de comida. Es una buena noticia: en 2015 eran 36 kilos. Pero el objetivo para 2030 es bajar a 18 kilos, así que aún falta bastante.

No es un objetivo caprichoso. Desperdiciar comida tiene un impacto global grave en tres frentes: ambiental, económico y, sobre todo, humanitario. En lo ambiental, se estima que entre el 8 y el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero que causan el cambio climático provienen de la pérdida y el desperdicio de alimentos: casi cinco veces lo que emite toda la aviación mundial. Producir comida que nadie se come consume además tierra, agua y energía. En lo económico, la comida desperdiciada en el mundo representa alrededor de un billón de dólares al año, sin contar el daño ambiental. Puertas adentro, cada persona tira unos 100 euros de comida cada año. Y en lo humanitario, cuesta digerir la contradicción: la humanidad desperdicia unos 1.050 millones de toneladas de alimentos al año mientras más de 780 millones de personas pasan hambre.

La buena noticia es que casi todos podemos hacer algo. Los supermercados pueden vender productos que ya pasaron la fecha de consumo preferente, que siguen siendo seguros —no así la carne o el pescado, que llevan fecha de caducidad y sí deben retirarse—. Pueden rebajar los productos próximos a su fecha, avisar de las ofertas del día mediante aplicaciones, donar los excedentes a los bancos de alimentos y usar sistemas de pedido más inteligentes para comprar solo lo que se venderá.

Pero seamos honestos: los consumidores cargamos con la mayor parte del problema, porque los hogares son, con diferencia, quienes más desperdician. Por suerte, unos hábitos sencillos ayudan: comprar solo lo que de verdad se necesita, planificar las comidas y no ir al súper con hambre. En casa, poner la fruta y la verdura a la vista nos recuerda comerlas a tiempo, y aprovechar las sobras —una "cena de restos" semanal hace milagros— evita que acaben en la basura. Incluso al servir conviene medir: mejor que cada uno se sirva a su gusto que llenar los platos de antemano.

En el fondo, salvar comida es una de las medidas más baratas y eficaces contra el cambio climático, y encima ahorra dinero y alimenta a más gente. Los Países Bajos ya recortaron casi un tercio de su desperdicio en diez años, pero la parte fácil ya está hecha; lo que queda exige un cambio de hábitos más consciente. Lo mejor es que no hay que esperar a ninguna ley: empieza en el carrito de la compra y termina en nuestro plato. Cada bocado cuenta.


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