Cómo elegir entre cribado, tratamiento y vacunación
Las vacunas previenen hoy numerosas enfermedades y han salvado millones de vidas, sobre todo frente a enfermedades infantiles como el sarampión. Aunque las vacunas suelen ser una inversión excelente, no son la única forma de prevenir la enfermedad y sus consecuencias. Como economista de la salud, me preguntan con frecuencia qué es mejor: el cribado, el tratamiento o la vacunación. Aunque trabajo a menudo con vacunas, mi respuesta es más matizada que recomendarlas sin más en todos los casos.
La vacunación ofrece beneficios importantes: con frecuencia proporciona protección prolongada o de por vida frente a las enfermedades, reduce su propagación y puede llegar a erradicarlas en determinadas zonas. Además, puede ser administrada por personal con una formación mínima, lo que permite que enfermeras y médicos se concentren en otras tareas. El cribado ayuda a detectar las enfermedades de forma temprana, lo que hace más eficaces los tratamientos; es el caso del cáncer de cuello uterino causado por el VPH, entre otras enfermedades. El tratamiento sigue siendo esencial, ya que las vacunas no son eficaces al 100 % y no todos los casos se detectan a tiempo; en ocasiones es la única opción o el último recurso y, por tanto, siempre resulta necesario. No obstante, conviene señalar que, pese a la aparición de terapias innovadoras, sus elevados costes pueden a veces superar las mejoras marginales que aportan en las tasas de éxito.
Según la enfermedad, podría optarse por el enfoque más coste-efectivo; sin embargo, en la práctica las estrategias suelen combinar vacunación, cribado y tratamiento. A veces, algunos métodos son sencillamente demasiado caros: las vacunas pueden ser costosas, y vacunar a toda la población quizá no justifique los beneficios sanitarios o económicos si la enfermedad rara vez provoca consecuencias graves. Con el cribado ocurre algo parecido: si las tasas de detección son bajas o la intervención temprana aporta beneficios mínimos, puede no merecer la pena. Por ello, los esfuerzos suelen centrarse en los grupos de mayor riesgo, como los niños y las personas mayores.
Ninguna estrategia es plenamente eficaz por sí sola, de modo que el mayor rendimiento suele proceder de combinarlas y de mejorar cada una de ellas con el tiempo. Cada vez más, esa combinación va más allá del ámbito clínico y abarca la prevención a través del estilo de vida y de las condiciones de vida y de trabajo. En última instancia, la economía de la salud plantea una pregunta engañosamente sencilla: ¿cómo reducir la carga de enfermedad a un coste que la sociedad esté dispuesta a asumir? No existe una respuesta válida de antemano. El equilibrio adecuado entre cribado, tratamiento y vacunación cambia según la enfermedad, la población y el presupuesto, y por eso precisamente cada caso debe modelizarse, no darse por supuesto.


