El AUDI del ministro
La agenda noticiosa estuvo nutrida. La derecha extrema avanza con la asunción de Keiko Fujimori acusada de financiamiento ilegal de sus campañas, Abelardo de la Espriella conocido por sus nexos con el paramilitarismo mientras Milei pelea su liderazgo en la región a pesar de los casos de corrupción que lo han salpicado. Sobre Trump pesan acusaciones que van desde la falsificación de registros comerciales hasta el asalto al Capitolio sin mencionar su relación con Epstein, el depredador sexual y está perdiendo la guerra contra Irán ¿Por qué ganan sus amigos?
En Bolivia el gobierno no despega y lanza medidas sin dirección como el cierre de los ministerios de turismo y cultura, borrando con el codo lo escrito hace menos de un año. Siguen las colas para la gasolina y todavía no hay dólar, señorita. Evo Morales sigue evadiendo descaradamente la justicia, mientras no son pocos los que creen que no hay que detenerlo. La buena noticia: mucha gente asistió a la presentación de: Santa Cruz el agronegocio y Mito empresarial. ¿Podremos conversar? La democracia es más que nunca una tarea urgente.
En el país de las cosas pequeñas las redes se han encendido por la compra “de lo que es el Audi” por parte del ministro de Economía y Finanzas José Gabriel Espinoza Yáñez quien no se había “dado de cuenta” que el precio del vehículo era trecientos mil bolivianos más del que figuraba en la escritura encargada a una tramitadora. El problemita radica en que el ministro es un servidor público y está obligado a informar verazmente sobre su patrimonio. Seguramente lo hará y al mejor estilo evista, sus abogados arreglarán el problemita. Lo que los abogados no podrán, es borrar la chabacanería del joven funcionario. ¿Quién se compra un Audi, aunque sea de segunda mano sin suponer que lo echarán a la hoguera de las vanidades? Tiene la suerte Espinoza que su coche no necesita gasolina porque podría pasarle lo que le pasó a un viejo embajador de Bolivia en París que hacía fila para cargar benzina y lo confundieron con el chofer de la embajada. “C´est moi l ´ambassadeur” había aprendido a decir.
Al joven ministro podría ayudarle su carita de mestizo inocente con que dice que evade impuestos, siempre que no lo traicione su berrinche de niño mimado como el que tuvo con una periodista. No resisto imaginarlo como una réplica criolla del “negrito de Harvard” que está convencido que todo se lo merece.
Salvando las grandes distancias, lo acontecido con el ministro se parece al primer escalón de la burocracia masista que luego de veinte años tienen cholets en El Alto, propiedades en todo el país, coches de alta gama y llevan una vida superior a sus ingresos sin arrugarse. Total “así nomás había sido”. ¿Acaso no recordamos a la embajadora que se fue con su empleada ilegal a Alemania? ¿O al embajador que pillaron robando en un supermercado? Cuánto demorará en olvidarse, pues depende. Si somos capaces de olvidar a quienes nos dejaron en una cloaca, por qué no enterrar el caso Audi que es por ahora, sobre todo feo. Otra gente menos VIP ha pagado por menos.
Estoy segura que en la próxima feria de Alasitas, a tono con los tiempos que vivimos, no faltará un Audi como el que se compró José Gabriel. Todos queremos ser felices y qué mejor que llegar a casa en un autazo. El de Alasitas se guardará junto al terreno, la casa, el cholet; la radio, la tele, la Tablet; la Barbie de caporala, el chanchito y el cupido. El otro ya debe tener comprador.





