Cuando el pasado ya no basta

El “nuevo ciclo” y las fragilidades de la relación entre Bolivia y Chile

Durante décadas, la relación entre Bolivia y Chile pareció moverse entre la distancia política, las disputas históricas y una administración mínima del vínculo bilateral. Sin relaciones diplomáticas plenas desde 1978, ambos países conviven con una relación fragmentada, marcada por episodios de tensión, acercamientos intermitentes y escasa proyección estratégica compartida.

Pese a ello, algo comenzó a cambiar. Lo interesante no es únicamente el acercamiento iniciado por los gobiernos de Gabriel Boric y Luis Arce —continuado ahora por José Antonio Kast y Rodrigo Paz—, sino el hecho de que la relación Bolivia-Chile volvió a entrar en circulación política e intelectual. Cancilleres, académicos, empresarios, diplomáticos y organizaciones civiles han comenzado nuevamente a debatir cómo reconstruir o reinterpretar un vínculo que durante años parecía reducido a los litigios y la administración de las tensiones.

Este nuevo momento bilateral, sin embargo, no responde a una sola lectura ni a un único impulso político. Mientras algunos sectores destacan la reconstrucción gradual de confianzas y la cooperación impulsada en los últimos años, otros observan en el acercamiento una necesidad estratégica vinculada a la seguridad fronteriza, la estabilidad regional y la integración económica.

Al mismo tiempo, sectores críticos advierten que detrás del entusiasmo diplomático persisten viejas asimetrías, compromisos pendientes y una institucionalidad todavía frágil. Aun así, comienza a emerger un consenso poco habitual: la relación entre Bolivia y Chile ya no puede seguir pensándose únicamente desde el diferendo histórico, sino también desde cambios concretos que están reconfigurando el vínculo entre ambas sociedades.

Uno de los procesos más visibles de este nuevo escenario es la creciente movilidad laboral boliviana hacia Chile. Solo en 2025, más de 129 mil residencias temporarias fueron otorgadas a ciudadanos bolivianos, reflejando un flujo migratorio que ya se ha convertido en un componente estructural de la relación entre ambos países. A diferencia de décadas anteriores, las nuevas generaciones bolivianas y chilenas comienzan a vincularse no sólo a través de la memoria del conflicto histórico, sino también mediante experiencias cotidianas de trabajo, estudio, movilidad y convivencia que probablemente están modificando lentamente la forma en que ambos países se perciben mutuamente.

Esa creciente interdependencia también comienza a tener efectos concretos sobre las dinámicas económicas y estratégicas de ambos países. La disponibilidad de trabajadores temporales bolivianos es hoy un elemento relevante para la competitividad del sector agrícola chileno, especialmente en la zona centro-sur. Al mismo tiempo, ambos países buscan avanzar en ámbitos como la cooperación en seguridad fronteriza y migración, la modernización del ACE22, el libre tránsito, los corredores bioceánicos, la gestión de recursos hídricos compartidos, la exportación de carne bovina y productos lácteos a Chile, los intercambios académicos, los consejos empresariales, entre otros.

En ese contexto, las recientes intervenciones públicas de figuras como Gloria de la Fuente, Teodoro Ribera, Loreto Correa, Robert Brockmann, Jorge Sahd o Wilson Hernani Limarino —junto a organizaciones como el Grupo de Mujeres Bolivia–Chile— muestran que la relación bilateral volvió a convertirse en un asunto políticamente relevante. Más allá de sus diferencias y diagnósticos, comienza a emerger una percepción compartida: mantener una relación reducida al desacuerdo histórico dejó de ser funcional para ambos países.

Sin embargo, ese consenso todavía convive con una fragilidad evidente. Buena parte de los avances recientes —acuerdos migratorios, coordinación fronteriza o mesas bilaterales— siguen dependiendo más de coyunturas políticas que de mecanismos estables de cooperación. La reacción de algunos países frente a la actual crisis política boliviana, incluido el respaldo del gobierno chileno al presidente Rodrigo Paz, vuelve a mostrar hasta qué punto la relación bilateral continúa atravesada por las dinámicas políticas internas y las afinidades ideológicas de los gobiernos de turno. En comparación con los vínculos que Chile mantiene con Perú o Argentina, la relación con Bolivia sigue siendo especialmente vulnerable a cambios de gobierno, tensiones internas o nuevas disputas discursivas.

Mientras las dinámicas económicas, migratorias y fronterizas empujan hacia una mayor cooperación, las memorias históricas, las asimetrías estructurales y las presiones internas siguen operando como límites persistentes. La reivindicación marítima continúa y continuará siendo un elemento constitutivo de la política exterior boliviana y un punto de sensibilidad permanente en Chile.

Al mismo tiempo, la securitización de la frontera, el endurecimiento migratorio y las tensiones comerciales muestran que la desconfianza no ha desaparecido. El desafío, entonces, no consiste en “olvidar” la historia, sino en comprender que el mundo que dio forma a ese conflicto ya no es el mismo y que Bolivia y Chile tendrán que aprender a entenderse en una realidad profundamente distinta.

Aun así, conviene no perder de vista que los acercamientos más duraderos entre Estados no se sostienen únicamente en afinidades personales entre presidentes ni en coyunturas favorables. Las relaciones capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno son aquellas que construyen vínculos sociales amplios, equipos técnicos sólidos y mecanismos permanentes de cooperación.

Allí radica el desafío actual: consolidar espacios binacionales estables, incorporar a las regiones fronterizas y transformar la relación bilateral en una verdadera política de Estado. Pensar que Chile o Bolivia serán gobernados indefinidamente por una misma corriente política sería un error. Precisamente por eso, el vínculo no puede depender exclusivamente de afinidades ideológicas o liderazgos coyunturales.

Tal vez la principal novedad del momento actual no sea todavía lo que Bolivia y Chile han logrado concretar, sino el hecho de que ambos países han vuelto a discutir seriamente qué tipo de relación quieren construir hacia adelante. Nada garantiza que este proceso sea lineal ni irreversible; las tensiones persistirán, las asimetrías seguirán presentes y la historia continuará pesando sobre cada avance.

Precisamente por eso, el desafío no consiste en romantizar el acercamiento, sino en construir con prudencia, continuidad política y bases institucionales más sólidas una relación capaz de sobrevivir a los gobiernos y a las coyunturas cada vez más gravitantes en ambos países.


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