El pueblo a Rodrigo Paz: Sobrepasaste tu mandato

Rodrigo Paz ha cruzado una línea. Su gobierno, nacido de la promesa de un capitalismo “para todos”, ha demostrado ser lo contrario — un proyecto para unos pocos, orquestado por un solo hombre.

Las calles y caminos bloqueados, los gritos de indignación que vuelven a resonar, no son el lenguaje del caos, sino “el lenguaje de los que no son escuchados”, como decía el reverendo Martin Luther King Jr. O, según el antropólogo anarquista James Scott, estas “armas de los débiles” son el grito de una mayoría que sintió que depositó su confianza en un mensaje de moderación y pragmatismo, solo para ser traicionada, ignorada y agraviada por quien debía gobernar para todos.

Afortunadamente, Paz no ha cedido (aún) a los instintos autoritarios más crudos de algunos de sus más cercanos asesores, como Samuel Medina o Tuto Quiroga, quienes en un instante reprimirían estas protestas para proteger a los ricos y poderosos en nombre de la “austeridad”. Paz es un élite, pero sí ha demostrado algunos instintos más moderados que algunos de sus compañeros de colegio.

Pero no nos equivoquemos. El Presidente pensó que podía imponer su agenda cruel sin una respuesta contundente, aprovechándose del cansancio tras años de bloqueos para someter al MAS a la voluntad democrática. Es comprensible; su victoria fue imponente y, para muchos, inesperada. Pero hoy choca con una realidad ineludible — gobernar Bolivia es mucho más complicado, y ahora realmente tiene que servir al pueblo. Es un país con memoria, con músculo social y con una ciudadanía que no tolera que se gobierne de espaldas al pueblo.

Paz llegó al poder gracias a una base mayoritariamente popular, indígena y de izquierda, cansada del desgaste, la improvisación y el vacío político de los últimos años del MAS bajo Luis Arce. Esa base hoy se siente abandonada, y pierde fe en el sistema democrático, aún más cada día. Los ha abandonado, no por errores menores, sino por decisiones propias.

Estas medidas áusteras fueron tan lejos, tan más allá de lo razonable, que rompieron el letargo y sacudieron al pueblo boliviano de vuelta a la realidad. Le hizo ver que este gobierno también necesitará ser contenido, o seguirá arrebatando derechos ciudadanos, uno a uno. Los nuevos (o viejos) gobiernos de derecha en el hemisferio y el mundo se envalentonan, pero Bolivia ha demostrado una vez más que la voluntad popular funciona, y es siempre la mejor respuesta a un tecnócrata autoritario en ciernes. Otros pueblos deberían observar y aprender de una de las democracias más diversas y activas del continente.

El Decreto Supremo 5503, que declara una “crisis económica” ficticia para justificar el ignorar a la población y destruir derechos de negociación colectiva. La persecución política sí hay, pero está ahora dirigida por el Presidente Paz: la detención de funcionarios del gobierno de Arce (incluso a Arce mismo), la cacería contra Evo Morales, el ninguneo a su propio Vicepresidente.

El abandono total a la ciudadanía: el aumento descontrolado del costo de vida, el ataque a los subsidios, los recortes de impuestos que solo benefician a los más ricos. La vergonzosa alineación con Israel en medio de un genocidio. La liberación de Jeanine Áñez, Luis Fernando Camacho y otros insurrectos, un acto que escupe sobre la memoria de los caídos en 2019.

Paz traicionó su promesa y a la base izquierdista y mayoritaria que lo llevó al poder. Ahora desgarra el tejido social del país con decretos crueles que no mejoran en nada las condiciones materiales de la gente, todo en nombre de la economía neoliberal y un “pragmatismo” que solo es pragmatismo para las élites. Quizás esto tranquilice a algún banquero de Wall Street interesado en comprar una startup en Santa Cruz. Pero ¿realmente vale la pena duplicar el precio del pan para millones de bolivianos? ¿Vale la pena obligar a familias enteras a elegir entre comprar gas, o comprar comida?

Estas medidas son inherentemente antidemocráticas. No hubo advertencia. No hay implementación incremental. Cero consulta. Se evadió al Congreso. Todo esto es ilegal y anticonstitucional (¿tal vez por eso quiere ya “reformar” la Constitución y las cortes?), a menos que el Presidente pretenda también cambiar la Constitución por decreto.

Y ahora, con el pueblo despertando y protestando, y con el gobierno Paz convencido por su misión económica, podemos esperar dos cosas, represión y distracción. A los protestantes se les llamará agentes del caos, anti-capitalistas, enemigos del progreso. Se les tratará como bandidos, mientras el gobierno clama por su “libertad” para imponer la crueldad, sin mandato. Y será entonces cuando Paz, siguiendo el guion de sus mentores, active una guerra híbrida total, iniciando una confrontación directa contra los carteles en el Chaparé. Será una excusa perfecta para intentar detener a Morales y a más figuras del socialismo. La “guerra contra las drogas” dividirá aún más al pueblo y servirá para reprimir más, como ha hecho en tantos países del continente. Solo empeorará la crisis económica, la de seguridad y la constitucional.

Como dijo el gran novelista americano Mark Twain, la historia tal vez no se repite, pero sí rima. Esto ya lo vivimos con Tuto Quiroga, con la ilusión de una democracia neoliberal, la represión de la voluntad popular (él llamó “terroristas” a los protestantes), la intromisión estadounidense en los hidrocarburos, la guerra antidroga como cortina de humo. El resultado final fue un despertar popular que llevó a la insurgencia izquierdista del 2005.

Pero aquí está el resquicio de esperanza. Paz está sobrepasándose, y el contragolpe es tremendo. La izquierda, si es capaz de aprender de los errores de gestión y el pobre liderazgo de los años de Arce, si logra reencontrarse con la gente y ofrecer una alternativa renovada y creíble, podría regresar al poder más rápido de lo que muchos imaginan. El pueblo boliviano ha dado una lección de dignidad. Le ha dicho a Rodrigo Paz, y a cualquier otro que quiera seguir sus pasos, que aquí los gobiernos se someten al pueblo, y no al revés.

 

Joseph Bouchard es periodista canadiense en América Latina, con experiencia de reporteo en Bolivia, Colombia y Brasil. También es estudiante de doctorado en ciencias políticas de la Universidad de Virginia.


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