Vivo a plenitud mi sexualidad

La sexualidad es una parte fundamental del ser humano, un aspecto que va más allá del simple acto físico y que involucra emociones, deseos, identidad y relaciones. La Organización Mundial de la Salud (OMS) junto con las Naciones Unidas afirman que las personas con discapacidad tienen las mismas necesidades y derechos en materia de salud sexual y reproductiva (SSR) que todas las personas. La sexualidad es un aspecto humano fundamental; sin embargo, las personas con discapacidad enfrentan frecuentemente barreras como el estigma, la falta de información y servicios accesibles y los estereotipos sociales (infantilización/asexualidad) que descuidan su salud sexual y reproductiva. La OMS y la ONU abogan por que las políticas de salud, garanticen la accesibilidad y defiendan los derechos consagrados en leyes. Hoy en día, para muchas mujeres con discapacidad, este derecho y experiencia plena suele ser invisibilizado o cuestionado por la sociedad.

Como mujer con discapacidad, puedo afirmar que vivir mi sexualidad a plenitud no solo es posible, sino necesario. La discapacidad no define ni limita mi capacidad de sentir, amar, desear o disfrutar. Lo que sí marca la diferencia es cómo la sociedad percibe y trata la sexualidad de las personas con discapacidad. Frecuentemente, enfrentamos estigmas que nos deshumanizan o nos colocan en un espectro de asexualidad, negándose el derecho a expresar nuestra identidad sexual y afectiva.

Para vivir mi sexualidad plenamente, he tenido que abrir espacios de diálogo, educación y aceptación, tanto conmigo misma como con quienes me rodean. Esto implica derribar mitos, como la idea de que la discapacidad elimina el deseo o que las mujeres con discapacidad no tienen derecho a relaciones íntimas. También requiere un entorno accesible y respetuoso, donde la comunicación abierta y el consentimiento sean pilares fundamentales.

La autoconciencia sobre mi cuerpo y mis necesidades ha sido una puerta hacia el empoderamiento. Aprender sobre métodos anticonceptivos accesibles, explorar mis emociones y establecer límites claros son herramientas que fortalecen mi experiencia sexual. Además, el apoyo de profesionales sensibles y capacitados es crucial para garantizar que mi salud sexual y reproductiva sea atendida con dignidad.

Finalmente, vivir mi sexualidad a plenitud es también un acto político. Es desafiar la invisibilidad y el prejuicio social, es la reivindicación del derecho de sentir amor y deseo, es construir una narrativa donde la diversidad corporal y funcional tenga un espacio legítimo. Mi sexualidad no es una barrera ni un tabú; es una expresión genuina de mi existencia, y merezco vivirla con respeto, placer y libertad.


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