Año Nuevo en Palestina: ¿Algo que festejar?
Mientras gran parte del mundo celebra el año nuevo entre festines y brindis, la realidad en la Franja de Gaza persiste como un contraste desolador, una sombra de sufrimiento humano que empaña cualquier alegría. Aunque un frágil alto el fuego logró aliviar las condiciones más extremas, el informe más reciente de la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (IPC), respaldado por la ONU, revela que el 77% de la población de Gaza —alrededor de 1.6 millones de personas— aún enfrenta altos niveles de inseguridad alimentaria aguda. Entre ellos, más de medio millón viven en una situación catalogada como "Emergencia" y decenas de miles en "Catástrofe", la fase más grave.
Si bien la temida hambruna ha sido contenida, los expertos advierten que los avances son peligrosamente frágiles y que todo el territorio podría caer nuevamente en esa condición catastrófica para abril de 2026 si se reanudan las hostilidades y se interrumpe la ayuda.
La crisis, sin embargo, es mucho más que un problema alimentario presente, es la culminación de un año que, según organizaciones israelíes de derechos humanos, ha sido el "más mortífero y destructivo para los palestinos desde 1967".
El balance humano de más de dos años de conflicto es de una magnitud difícil de comprender desde la comodidad lejana. El número de muertos, según la Oficina Central de Estadísticas palestina, supera los 72,000 palestinos. En Gaza, las cifras son aterradoras: más de 70,000 fallecidos, entre los que se cuentan al menos 18,592 niños y 12,400 mujeres. El hambre, utilizada como arma de guerra, ha cobrado vidas de forma directa: 361 palestinos, incluyendo 130 niños, murieron por desnutrición solo hasta septiembre de 2025.
El tejido mismo de la sociedad gazatí ha sido pulverizado. El 94% de las instalaciones médicas han sido dañadas o destruidas, dejando apenas 2,000 camas hospitalarias para más de dos millones de personas. El sistema de salud, descrito como colapsado, lucha por atender a 60,000 mujeres embarazadas que enfrentan riesgos severos, mientras más del 70% de la población depende de agua no segura, propagando enfermedades entre una población ya debilitada. La economía ha sido aniquilada, con una contracción del 84% del PIB y una tasa de desempleo que alcanza al 78% de la fuerza laboral en Gaza.
En este invierno, el frío se suma al horror, donde también las tormentas recientes han inundado decenas de miles de hogares, derribando edificios ya dañados por los bombardeos y cobrando más vidas civiles. UNICEF ha reportado la muerte de al menos tres niños por hipotermia en diciembre, incluyendo uno de tan solo 29 meses. La imagen es dantesca: familias, muchas de las cuales han sido desplazadas una y otra vez, sobreviven en tiendas de campaña inundadas, sin calor, sin seguridad y sin futuro.
Mientras las copas se alzaban en otras latitudes para recibir el Año Nuevo, en Gaza, la prioridad diaria para cientos de miles de familias es una fila interminable por un plato de comida, el cuidado de un niño enfermo sin medicamentos, o la búsqueda desesperada de abrigo contra la intemperie.
El secretario general de la ONU, António Guterres, ha sido claro: aunque la ayuda ha aumentado, "solo se cubren las necesidades básicas de supervivencia" y "las necesidades crecen más rápido de lo que entra la ayuda".
La comunidad internacional enfrenta, una vez más, no solo la prueba de su capacidad para enviar asistencia, sino la prueba mucho más profunda de su humanidad compartida, de su voluntad para convertir un goteo de ayuda en un torrente que pueda sanar las heridas de un pueblo al borde del abismo.
¿Cómo se puede festejar con plenitud cuando, a cada minuto, un ser humano lucha por no sucumbir al hambre, al frío o a la enfermedad en un cementerio a cielo abierto? La respuesta, o más bien la falta de ella, sigue definiendo nuestro tiempo.


