Washington empuja al mundo a una Tercera Guerra Mundial

Por segunda vez en menos de un año, Estados Unidos bombardea territorio iraní, los ataques del ejército estadounidense dejaron un saldo de más de 250 civiles muertos al momento de escribir estas líneas, entre ellos al menos 70 niñas en una escuela persa, en un escenario donde el mundo entero contiene la respiración mientras las sirenas de guerra anuncian lo inevitable: la tercera guerra mundial ya no es una amenaza, es una realidad en ciernes.

La madrugada de este 28 de febrero, mientras las familias iraníes dormían el sueño de los justos, los misiles Tomahawk estadounidenses rasgaron el cielo y sembraron muerte y destrucción. El objetivo declarado: instalaciones nucleares en Fordow, Natanz e Isfahan, siendo el resultado: más de 250 víctimas civiles, incluyendo una masacre en una escuela de niñas donde 70 pequeñas fueron despedazadas por los misiles enemigos. Sus cuadernos, aún manchados de sangre, son hoy la prueba más atroz de la barbarie imperial.

Los hechos ocurren inmediatamente después del fracaso de la tercera ronda de negociaciones en Ginebra, donde Washington, con la arrogancia que caracteriza a los inquilinos de la Casa Blanca, exigió a Irán desmantelar su programa nuclear y entregar su uranio enriquecido. ¿A cambio de qué? De nada. Ni siquiera un alivio simbólico de las sanciones que asfixian al pueblo persa desde hace casi medio siglo.

El imperialismo estadounidense ha vuelto a demostrar que la diplomacia no está en su ADN. Donald Trump, el mismo magnate que enfrenta acusaciones en los archivos desclasificados del caso Epstein —aquellos que vinculan a la élite del poder con redes de pedofilia—, optó una vez más por el lenguaje de los misiles. Pero Irán no es un pueblo que se arrodille. La República Islámica, amparada en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas que consagra el derecho a la legítima defensa, ha anunciado represalias contundentes.

La historia pesa sobre la conciencia de Occidente, ya que desde 1953, cuando la CIA y el espionaje británico invirtieron 5 millones de dólares para derrocar al primer ministro democráticamente electo, Mohammad Mosaddeq, hasta el ataque militar de 2025 bautizado como "Operación Midnight Hammer", Washington no ha cesado de conspirar contra la soberanía persa, que desde el triunfo de la Revolución Islámica hace más de 47 años, ha venido vulnerando la autodeterminación de este pueblo.

El bloqueo económico ha sido implacable. El rial, que en 1979 se cambiaba a 70 unidades por dólar, hoy supera el millón cuatrocientos mil. La moneda persa ha perdido 20 mil veces su valor en cuatro décadas. Sólo en el último año, Irán dejó de percibir 5 mil millones de dólares por los costos de evadir un cerco que no respeta ni siquiera los medicamentos y los alimentos. Pero el pueblo resiste.

El Ayatolá Alí Jamenei, lo dejó claro el pasado 17 de febrero: "Trump dice que en 47 años no ha podido eliminar la República Islámica. Tiene razón: no podrá jamás".

Mientras tanto, Rusia y China observan. Y no como espectadores pasivos. La portavoz de la cancillería china, Mao Ning, ratificó el 26 de febrero: "China apoya al gobierno y pueblo de Irán en la defensa de su estabilidad nacional y derechos legítimos". El tablero global se reconfigura ante nuestros ojos.

EE.UU. subestima a Irán, ya que no entiende, porque su materialismo bestial le impide comprender, que este pueblo no teme a la muerte porque cree en la vida eterna. Para cada combatiente persa, morir es vivir. La mística espiritual que guía a la nación bajo el liderazgo de Jamenei es un arma que ningún misil Tomahawk puede destruir, que ningún portaaviones puede intimidar, que ninguna sanción puede doblegar.

La historia, esa vieja maestra que los imperios nunca aprenden, se repite. Como el faraón y su temible ejército se ahogaron en el mar Rojo persiguiendo a Moisés y a los hijos de Israel, los portaaviones yanquis conocerán las profundidades del Golfo si insisten en desafiar a un pueblo que tiene a Dios de su lado. La guerra que Trump ha desatado no traerá victoria a Washington, sino la derrota más humillante de su historia.


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