La paradoja del “Fondo de Bosques Tropicales para Siempre” y su contribución efectiva a la conservación
El Fondo de Bosques Tropicales para Siempre (TFFF, por sus siglas en inglés), concebido por el Gobierno de Brasil en alianza con otros diez países, es un mecanismo que pretende movilizar financiamiento sustancial y permanente, a nivel mundial, para la conservación y restauración de los bosques tropicales y subtropicales húmedos de hoja ancha. Esta iniciativa ha sido lanzada durante la reciente finalizada COP 30, desarrollada en noviembre, en Belém, Brasil. EL TFFF plantea que por cada hectárea conservada se pagarán 4 dólares americanos a los países con bosques tropicales, y de los cuales un 20% deberá ir para los Pueblos Indígenas y Comunidades Locales (IPLCs, por su acrónimo en inglés). No obstante, para que los países con bosques tropicales pudiesen ser parte del TFFF deberán cumplir con una serie de requerimientos tales como: i) contar con una línea base de deforestación de Bosques. La cual deberá estar basada en el promedio de la deforestación de los últimos tres años y que debe ser inferior a la tasa global de deforestación, que actualmente es de 0.5%; ii) contar con un sistema de monitoreo de la deforestación de bosques, el cual deberá cumplir con la normativa técnica del TFFF; iii) tener un sistema robusto de gobernanza y de salvaguardas de como los flujos financieros alcanzarán a los Pueblos Indígenas y Comunidades Locales que viven en los bosques tropicales y beneficiarán a las instituciones responsables de la implementación de las políticas de conservación y restauración de bosques; iv) contar con un sistema de reporte anual que permita determinar si la tasa de deforestación, determinada en su línea base, y posteriormente en los años anteriores al año del reporte son alcanzadas o en caso contrario si por incumplimiento los países tropicales recibirán menos fondos debido a su incumplimiento.
No obstante, el problema principal del TFFF sigue siendo el “valor económico” que le asignamos al Bosque.
La lógica del sistema de desarrollo económico nos plantea un gran dilema, el cual se basa sobre la valoración económica tanto de recursos, servicios como de productos. Por lo tanto, bajo la lógica del mercado, lo que no tiene valoración económica no existe y no puede competir contra lo que tiene un valor económico. Este, ha sido, y es uno de los principales problemas de la conservación de los bosques y de sus servicios ecosistémicos.
¿Cuál ha sido la respuesta del sistema capitalista ante este dilema? La respuesta ha sido bastante sencilla, el bosque y sus servicios ecosistémicos deben ser “mercantilizados” para poder ser integrados en el sistema de valoración económica. Consecuentemente, tanto los bosques como sus servicios ecosistémicos deben tener un valor económico y al tener un valor económico pueden competir contra otros productos y servicios que pudiesen acontecer en la misma área o territorio en el que se encuentran. En términos sencillos, los bosques y sus servicios ecosistémicos ingresan al mercado como una “mercancía” más del mercado económico vigente. Por lo tanto, compiten contra otras potenciales actividades productivas que pudiesen acontecer en el mismo territorio.
Esto termina siendo una de las principales “paradojas” del modelo capitalista, ya que no se puede mercantilizar adecuadamente la visión de los pueblos indígenas, los sentimientos de la gente que vive dependiente de los bosques, o la relación de los pueblos indígenas con el bosque, al cual consideran como su “casa grande”. Una relación que ha sido construida sobre cientos de años y en base a un aprendizaje continuo de los pueblos indígenas de “respeto por la casa grande”, lo que se denomina hoy en día como “conocimientos de los pueblos ancestrales”. Asimismo, el sistema capitalista no ha podido valorar económicamente de forma adecuada la pérdida de biodiversidad, i.e. ¿cuánto vale una especie o un conjunto de especies que son parte de un ecosistema? O ¿cuál es el valor del/los impacto(s) que una especie o un grupo de especies brindan dentro de un ecosistema? O ¿el verdadero valor de los servicios ecosistémicos que proporcionan los bosques a las regiones y/o al planeta? Muchos de los mismos no han sido adecuadamente valorados o no cuentan aún con un valor económico real. Por ejemplo, ¿cuánto vale el agua proporcionada por los bosques amazónicos a toda la región de Sudamérica? Sin la cual muchas áreas, actualmente productivas, dejarían de serlo. Además de que la vida misma de la población entraría en un riesgo alto ante la escasez de agua. Asimismo, se pueden mencionar impactos sobre la salud poblacional por el incremento de la temperatura, o la pérdida de los bosques debido a la recurrencia de los incendios. Todos estos elementos que tienen metodologías de valoración económica diversas, subjetivas y altamente discutibles por su gran complejidad metodológica o robustez de la información necesarias para el desarrollo de las mismas. Sinceramente, un tema complejo y en el que sólo ciertos especialistas de modelación y valoración económica participan.
Por todo lo anterior, es menester volver a la pregunta inicial: ¿qué valor económico le asignamos a los Bosques y sus servicios ecosistémicos para qué los mismos puedan ser preservados y/o restaurados?
El TFFF es un mecanismo financiero más que intenta, desde la perspectiva económica, mercantilizar al bosque y proveer un financiamiento a los mismos, a través de instrumentos financieros de mercado. La paradoja es que el valor asignado de 4 dólares americanos por hectárea preservada o restaurada, a ser pagados a los países con bosques tropicales termina siendo un valor muy inferior versus otros potenciales rendimientos económicos que pudiesen desarrollarse en el mismo territorio, i.e. soja, ganadería, y otros agropecuarios. Lo cual dificulta, altamente, las probabilidades de éxito de la implementación de política pública que permita la conservación de los bosques tropicales. Al menos, si la misma es emitida o está vigente pero no cuenta con un financiamiento claro y específico que permita financiar las actividades productivas resultantes del respeto y armonía con los bosques tropicales y de un acceso a mercados premium o boutique. Por otro lado, de esos 4 US$/ha de bosque conservado o restaurado, sólo 0,8 US$ irían de manera directa a los pueblos indígenas o comunidades que son los “guardianes del bosque”. Ante este ínfimo valor económico asignado a los pueblos indígenas y/o comunidades por su titánico rol como “guardianes de los bosques”, cabe preguntarnos si se trata de un premio o más bien de una limosna. El financiamiento debería apuntalar a satisfacer las necesidades mínimas de salud, educación y de vivienda de la población que vive y depende de los bosques tropicales. En síntesis, se debe asegurar que la gente tenga un derecho real a desarrollarse de manera justa, digna y en concordancia con la visión del desarrollo en respeto con su “casa grande”. Para tal finalidad, los países con bosques tropicales deberán contar con una hoja de ruta clara sobre la gobernanza y el financiamiento, y de cómo el mismo beneficiará a los pobladores y pueblos indígenas que viven en los bosques tropicales. Sin tener una claridad meridiana sobre estos asuntos, sencillamente será imposible que un fondo o un instrumento financiero tenga la capacidad de preservar los bosques tropicales o subtropicales de hoja ancha.


