Make Bolivia Great (& Sexy) Again, el trumpismo a la boliviana

Caminando por la calle, me detuve en seco al ver a mi vecina con una gorra roja que decía “Make Bolivia Great Again”. Me dijo que venía de un “rally” con su candidato favorito. Se sentía sexy. Mi primera reacción fue pensar que había caído en una dimensión paralela donde la Plaza Luis de Fuentes se había convertido en un mitin de Texas.

¿Qué demonios está pasando? Nuestros candidatos presidenciales, Rodrigo Paz Pereira y Jorge “Tuto” Quiroga, han decidido convertir a Bolivia en una sucursal de Estados Unidos, aplicando el trumpismo como franquicia, con fórmulas y diferencias significativas en enfoques y riesgos potenciales, en pleno corazón de Sudamérica.

El “sucursalismo político”, esa tendencia a importar modelos de gobernanza sin adaptación local, no es nuevo en América Latina, pero Bolivia lo experimenta intensamente en un clima electoral donde campea una crisis compleja, con inflación persistente, escasez de reservas internacionales, tipo de cambio artificialmente fijo y dependencia crónica de subsidios.

La narrativa trumpista atribuye la situación al “fracaso de la izquierda radical”, pero los problemas bolivianos son históricos. Desde la crisis de los '80, el país enfrenta ciclos de inestabilidad por dependencia extractivista, falta de diversificación productiva y débil institucionalidad. El agotamiento del modelo rentista que sostuvo el “milagro económico” del MAS coincidió con la caída de precios de materias primas, exponiendo vulnerabilidades que ningún gobierno ha resuelto en décadas.

Vamos a la segunda vuelta, y los votantes solo quieren estabilidad económica, acceso a dólares, menos corrupción, empleo digno y servicios públicos eficientes. ¿Cuál de los trumpismos bolivianos dará la nota?

Los sucursalistas

Paz Pereira, quien ya dio muestras de licencia creativa cuando mandó a construir un puente al que solo le falta decir “Yo me llamo Cuarto Puente de Logroño”, representa un sucursalismo “moderado” que adapta elementos del trumpismo económico. Sin embargo, su “Agenda 50/50” responde a una demanda real, pues Bolivia concentra cerca del 85% del presupuesto nacional en el nivel central, y su propuesta de “capitalismo para todos” incluye democratización del crédito manteniendo políticas sociales básicas.

A diferencia del trumpismo ortodoxo, no propone desmantelar el Estado, sino reformarlo gradualmente. A su lado, la “mano dura” de Edman Lara encaja con el perfil de “outsider” tan caro al trumpismo, y juntos buscan restablecer las relaciones diplomáticas con Washington y sus intereses, suspendidas desde 2008.

Quiroga representa el sucursalismo directo del modelo neoliberal de los '90. Su experiencia como ex-presidente (2001-2002) lo posiciona como candidato de la estabilización fiscal ortodoxa. Propone reducción dramática del aparato estatal, apertura comercial acelerada, y réplica de políticas pro-empresariales conservadoras, cuya muestra la da el candidato a “Vice”, que vendió a una multinacional el único emprendimiento que desarrolló en su vida.

“Tuto” promete romper relaciones con Cuba, Venezuela e Irán, acuerdos inmediatos con el FMI, eliminación de empresas estatales deficitarias y tipo de cambio flexible que significaría devaluación inevitable. En otras palabras, le gusta el shock social.

Otras políticas para que importemos

¿Cómo aplicar políticas diseñadas para países industrializados, con instituciones consolidadas y una cultura individualista, en un país donde la economía se basa en la informalidad, donde lo comunitario es fundamental, y donde el Estado tiene un rol histórico de compensación social? No toda importación política es dañina si se adapta inteligentemente. Tenemos ejemplos exitosos en la descentralización fiscal de Canadá y Alemania, las microfinanzas rurales de Bangladesh, la digitalización gubernamental de Estonia, o los clústeres industriales selectivos de Corea del Sur.

Aplicar estos ejemplos en Bolivia se traduciría en una política federalista comunitaria productiva, donde las organizaciones tradicionales con capacidad de gestión financiera participan en la ejecución de recursos; donde la industrialización participativa de, por ejemplo, el litio, implica la participación accionaria real del Estado, los gobiernos regionales y las comunidades en toda la cadena de valor; donde un sistema tributario diferenciado promueve el desarrollo de la industria nacional y grava más alto las importaciones de lujo, las actividades especulativas financieras y el comercio informal de gran escala.

Un modelo híbrido funcionaría con descentralización progresiva, transparencia digital, industrialización soberana y reconocimiento de organizaciones tradicionales como ejecutoras de políticas, además de actuar desde un pragmatismo a la boliviana en lo que se refiere a participación en organismos multilaterales y extractivismo 50+1. Por supuesto, estas ideas no entran en la segunda vuelta, que se parece más a un laboratorio geopolítico del trumpismo en Latinoamérica, porque así de importantes somos para la continuidad de la nueva era conservadora global que necesita todos los recursos del mundo para seguir en guerra.

¿Qué está pasando? Pensaba que Bolivia puede copiar todo, pero no la capacidad bélica de Estados Unidos. En ese caso, la gorra de mi vecina sexy podría ser una tímida bandera blanca desde la trinchera. Prefiero pensar que es la expresión desatinada de alguien que quiere que el país funcione de una vez, con líderes que tengan inteligencia estratégica para navegar en este mundo sin perder soberanía e identidad.

Doscientos años, edad madura. ¿Estamos preparados para construir nuestro bolivianismo?


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