Enfermedad mental, familia y riesgos

En pasados días se dio un lamentable hecho en Cochabamba, un panadero acuchilló gravemente a varias personas en la vía pública. Se conoce que el agresor tendría una enfermedad mental y que era su lugar de trabajo habitual, por lo que no se comprenden las causas del ataque. Más allá de los pedidos naturales de justicia, lo que han determinado inicialmente los operadores, y con criterio, es una pericia psiquiátrica al imputado.

En Argentina también sonaron alarmas recientemente cuando sonados casos de crímenes familiares se dieron en contextos donde existían enfermedades mentales graves y se hizo abandono de la medicación indicada, lo cual aumentó el riesgo y terminó en tragedia.

Los estudios muestran que algunos trastornos mentales se inician en la adolescencia, y si no son atendidos adecuadamente pueden desencadenar situaciones de riesgo o violencia. A veces las familias pueden verse impedidas a intervenir sobre todo cuando el enfermo ya es adulto; por eso se hace tan importante la detección y atención en etapas tempranas.

El contexto boliviano tiene carencias serias en la atención psiquiátrica. La proporción de psiquiatras por cada 100,000 habitantes es de 1.06. La OMS recomienda una proporción de 10 de estos profesionales, lo que indica una gran brecha entre la necesidad y la disponibilidad de profesionales de salud mental en el país. La distancia también se da en la proporción de psicólogos.  

Las señales que deberíamos tomar en cuenta como padres y que pueden estar en diferentes problemas mentales de niños y adolescentes son: problemas de concentración, memoria o capacidad de pensar con claridad, cambios en el apetito, sentirse triste, vacío, desesperado o sin valor; también pérdida de interés en las cosas que solían disfrutar, preocupación excesiva, irritabilidad o inquietud, cambios en el sueño, estallidos de ira, no querer estar cerca de personas de otras personas o participar en actividades.

Especial atención requieren signos como oír o ver cosas que otras personas no ven, pánico extremo, inicio de nuevos comportamientos o rituales que se repiten, cambios de humor o cambios frecuentes de energía, cambios en la forma de vestir (por ejemplo si el adolescente repentinamente usa pantalones o mangas largas en tiempo caluroso, podría estar ocultando signos de autolesiones). También es necesario prestar atención prioritaria a signos de suicido como regalar objetos personales sin razón lógica, acciones arriesgadas o autodestructivas, aumento del consumo de drogas o alcohol, obsesión con la muerte, retraerse de la vida, amenazas indirectas o directas de suicidio, cambio drástico de personalidad y falta de interés en los planes futuros. Ante estos signos de alarma es fundamental buscar ayuda profesional y acudir cuanto antes a un psicólogo competente o un médico psiquiatra.

La enfermedad mental no debe estigmatizar a quien la padece ni a sus familias, que ya sufren en general ausencia de atención efectiva, además de discriminación y vulneración en sus derechos. Pero se hace muy necesario trabajar en reconocer la enfermedad tempranamente y tratarla de manera adecuada y que las redes de apoyo tanto médicas como sociales se activen y se amplíen para proteger a la persona que la padece y los familiares que conviven con ella.


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