La disminución acelerada del índice de fecundidad y su impacto en las mujeres

En días recientes el SEDES publicó resultados de la última EDSA (Encuesta de Demografía y Salud) respecto al ámbito departamental. Indicó que en el año 2014 se atendieron en Tarija 6300 partos y en 2024 se atendieron 2794. Esta disminución indica que en 10 años se han reducido en un 54 % los alumbramientos naturales.

Respecto a las cesáreas indica que en 2015 se atendieron 4782 casos y el 2024 se practicaron solo 3301, lo que hace un porcentaje de reducción de 31 %.

Por su parte el INE ha determinado en el último censo que la tasa de fecundidad en el país ha experimentado una disminución significativa, llegando a 2,1 nacimientos por mujer en 2024. Esta cifra representa un descenso notable en comparación con los 7,5 nacimientos por mujer en 1960. 

Una buena noticia entre estos datos es que el embarazo adolescente ha disminuido en Tarija, pues en 2017 se contaba con 18 % de embarazo a edades tempranas y el 2024 ha disminuido hasta un 9% según reportes oficiales.

La tendencia decreciente a nivel mundial en el número de embarazos ha sido especialmente notoria en Latinoamérica, donde nos caracterizábamos históricamente por tener familias numerosas. La disminución puede estar relacionada con el mayor acceso a métodos anticonceptivos, asimismo puede resultar de una decisión consciente por dar una mejor crianza a los hijos que tenemos, no solo en lo material si no también el tiempo y atención que se les dedica, también intentando compaginar con los tiempos y exigencias laborales.

La reducción también se explica según estos estudios por una mayor priorización de las mujeres sobre sus estudios y por el deseo de tener menos hijos que antes.

Si bien los índices y tasas antes nombrados deben considerarse contextualmente, con mayor profundidad y en función a muchas variables especialmente sociales, el control de natalidad tiene un impacto significativo en las mujeres. A nivel individual, les permite tomar decisiones sobre su salud reproductiva, reducir el riesgo de embarazos no deseados y abortos inseguros, y acceder a una mayor calidad de vida. A nivel social, contribuye a la disminución de la mortalidad materna, mejora la salud reproductiva de las mujeres, y fomenta la igualdad de género al permitir que las mujeres tengan más control sobre sus cuerpos y sus vidas. 

Siguen siendo desafíos importantes y más difíciles de medir, además del control de las mujeres sobre su natalidad, el lugar que las mismas ocupan en la sociedad, el sentido y valorización de la maternidad así como el ejercicio autónomo de su sexualidad.


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