Danza sin fin entre las causas y efectos de los desastres

Hace mucho tiempo que la comunidad científica especializada en gestión de riesgos ha negado la expresión “desastres naturales”, porque comprendió cognitivamente que los fenómenos naturales son parte de la dinámica de la tierra, y que los desastres son, en realidad, los efectos e...

Hace mucho tiempo que la comunidad científica especializada en gestión de riesgos ha negado la expresión “desastres naturales”, porque comprendió cognitivamente que los fenómenos naturales son parte de la dinámica de la tierra, y que los desastres son, en realidad, los efectos e impactos severos de esos fenómenos naturales; sobre la fauna, la flora y los bienes materiales, en el primer caso, y sobre la vida humana en cuanto a los impactos que, en conjunto, tendrán una determinada magnitud en correspondencia con los niveles de vulnerabilidad de la comunidad atingida. Paradójicamente, el sólo hecho de suponer que los desastres son naturales desnuda de principio un nivel más de vulnerabilidad en la sociedad.

En ello, se ha convenido definir a los diferentes tipos de desastres por su origen relacionado con el tipo de amenaza: natural, socio-natural, antrópico y antrópico-tecnológico.

Desde esa perspectiva, y a propósito de lo acontecido en Tiquipaya el 6 de febrero de este año, ¿Podríamos quedar persuadidos con la idea naturalista del suceso, o tendríamos que interpelar a la complicidad del hombre y a los distintos factores de la vulnerabilidad por la responsabilidad de lo sucedido? (factores educativo, institucional, técnico, social, cultural y otros, además del físico).

El “desastre de origen socio-natural” acontecido en Tiquipaya despertó profunda consternación en la sociedad, producto de la magnitud de los efectos e impactos en un momento súbito, exponiendo niveles de resistencia mínimos en el momento mismo del suceso y con consecuencias a largo plazo que desnudarán, por su parte, bajos niveles de resiliencia en el proceso de reconstrucción. No obstante, en la metrópoli Kanata suelen suceder múltiples pequeños y medianos desastres cada año, que no tienen el impacto mediático, pero con consecuencias mayores en suma, que pasan desapercibidos precisamente por esa visión naturalista y enfocada en lo súbito catastrófico.

Empero, este artículo no está enfocado en profundizar específicamente sobre lo trágicamente acontecido en Tiquipaya, sino en abordar el problema de los desastres en el marco metropolitano, desde la óptica urbanística, poniendo énfasis en el rol de la planificación urbana, en el uso del suelo en consideración de la modificación del contexto natural de manera irreflexiva y en la informalidad urbanística como un producto estructural, identificados todos ellos como amenazas socio-naturales, capaces de interactuar con la vulnerabilidad.

La ineficiente y lenta planificación del suelo, contrastada con la vertiginosidad del fenómeno urbano creciente en la metrópoli, se encargaron de regenerar la vulnerabilidad a través de la espontánea relación socio-territorial en la dimensión espacio-tiempo. Así, las deficiencias en la planificación urbana tuvieron el potencial de derivar en la amenaza socio-natural llamada informalidad urbanística, aquella que, a su vez, tuvo la capacidad de producir, incrementar y transformar cualitativamente la vulnerabilidad física; más allá aún de generar una dinámica cíclica de retroalimentación creciente entre la propia informalidad y la vulnerabilidad en el tiempo.

La amenaza de la informalidad urbanística engendró efectos colaterales que se proyectaron en la globalidad estructural: La segregación socio-espacial, la ruptura del tejido urbano, la mutación constante de la estructura física urbana, el uso inadecuado del territorio y sus recursos, el agravamiento de los problemas ambientales, la superposición entre funciones urbanas y funciones productivas, el desencuentro ciudadano, y otros, se tradujeron en conjunto en un incremento de la vulnerabilidad en una escala mayor. Pero este efecto sobre la vulnerabilidad no fue unidireccional, la evolución de la vulnerabilidad por efecto de la informalidad se reflejó sobre la propia informalidad, en un efecto cíclico y dinámico, pues la vulnerabilidad, sintetizada en los términos debilidad y carencia, se constituyó en la fuente demandante que retroalimentó la propia informalidad urbanística.

En ello, social e institucionalmente exponemos un notorio retraso en la comprensión del proceso de prevención como uno de los fundamentos esenciales para alcanzar el desarrollo.

¿O es el propio retraso en el desarrollo y en los temas de planificación prospectiva que no nos permiten llegar a atender a tiempo los temas de prevención? Estamos, quizás, asistiendo con una postura dual a la danza cíclica y sin fin entre causas y efectos; donde, por un lado, nos mostramos expectantes y pasivos ante las causas de los desastres y, por el otro, nos mostramos comprometidos y activos con el tratamiento de los efectos.

El autor es doctor en Arquitectura y miembro de la Red universitaria latinoamericana y del Caribe para la reducción del riesgo de accidentes

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