Un pájaro de alas rotas
No sabía dónde ir, pero esta vez no le preocupaba si alguien le asaltaba, si tenía dinero en su pequeña “bandolera” o si dejaba la casa sola. Eran las 4 de la madrugada y Lucía sólo quería correr, correr sin rumbo con aquellos tacones que hace seis años la habían llevado...
No sabía dónde ir, pero esta vez no le preocupaba si alguien le asaltaba, si tenía dinero en su pequeña “bandolera” o si dejaba la casa sola. Eran las 4 de la madrugada y Lucía sólo quería correr, correr sin rumbo con aquellos tacones que hace seis años la habían llevado a lugares insospechables. Cuando se cansó, respiró profundamente y se sentó en una banca de la plaza central. Vio salir el sol, vio llegar a la gente ataviada al trabajo, vio también a escolares sonrientes de las manos de sus madres, vio a las dulceras preparar sus puestos para ganarle un peso a la vida y entonces entendió que ya no podía seguir huyendo. Se secó las lágrimas que se habían abierto paso entre sus agrietadas mejillas y entonces se levantó de la banca, tomó un taxi y se fue a casa. Ahí… en su habitación, frente a su ajado espejo, abrazó su reflejo, y apoyada en el cristal se puso a llorar amargamente como cuando podía hacerlo en el regazo de su madre.Lucía extrañaba aquellos 21 años que la abandonaron hace una década, extrañaba a las tardes de café en su antigua sala, a esas largas historias que le contaba papá, a ese olor a galleta de vainilla, que emanaba de su cocina los días sábados. En fin… extrañaba también a esos tiempos en los que no debía preocuparse de pagar la renta, de limpiar la casa y de aquella enfermedad que hoy la consume y que terminó con la vida de su madre. Sin embargo, hoy es un día diferente, pues Lucía ha decidido sacarse todo el dolor que la habita y por fin ha resuelto curar sus alas rotas y continuar el vuelo…
*Danitza Pamela Montaño es directora de El País eN


