Espantar a turistas

El costo para quien ingrese por vía terrestre será de  4 dólares. Tal tributo incluye a aquellos bolivianos que hubieran residido fuera del país durante más de 180 días. Según el viceministro, este gravamen apunta a consolidar a Bolivia como destino turístico mundial e incentivar el...

El costo para quien ingrese por vía terrestre será de  4 dólares. Tal tributo incluye a aquellos bolivianos que hubieran residido fuera del país durante más de 180 días. Según el viceministro, este gravamen apunta a consolidar a Bolivia como destino turístico mundial e incentivar el turismo interno.              La primera impresión es que esta ley, que tendrá vigencia desde 2019, es incompatible con los objetivos que dicen buscar con su creación. Si se pretende promocionar a Bolivia como gran atractivo turístico, el primer paso sería allanar toda dificultad que impida el acceso del viajero a nuestro territorio.     El tener que pagar un impuesto –por reducido que sea– por el sólo hecho de ingresar al país seguramente ahuyentará al turista que sienta alguna atracción por recorrer Bolivia, pues tal cobro podría considerarlo una recepción hostil, una invitación para buscar otro destino. Y las opciones no son escasas          Una experiencia muy reciente fue causa para que el gran desarrollo de un centro turístico hasta hace pocos años desconocido, se frustrara golpeando sobre todo a pobladores de una zona que, tras siglos de marginación, se convirtió en uno de los atractivos del país. Me refiero a Rurrenabaque.          Dadas las diferencias entre Israel y algunos países árabes, el proceso de cambio optó por abolir un acuerdo de 1972 que daba a ciudadanos israelíes acceso libre al país por lo que hoy, si pretendiera recalar en la bella región amazónica, deberá encarar un duro trámite para lograr su visa turística.                  Los miles de viajeros israelíes que habían hecho de Rurrenabaque uno de los atractivos turísticos más visitados del país, desaparecieron como por encanto, ergo, la gran eclosión económica que beneficiaba aquella región olvidada durante años, fue echada por la borda.                                                  Todo nos lleva a suponer que el proceso de cambio aún no ha percibido que el turismo es una actividad que genera una de las pocas fuentes de recursos que beneficia de manera directa a grandes sectores de la población y que, al contrario de la explotación de recursos naturales, nunca se agota.            Es cierto que el desarrollo del turismo es una tarea que exige inversiones de manera sostenible que, según creo, deben gestarse desde el mismo Estado. ¿No será posible destinar al área un pequeño porcentaje de la fortuna que el proceso de cambio le asigna a la publicidad de la gestión gubernamental?


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