Mi tío, un revolucionario

Yo era pequeño en aquel entonces y casi nunca la escuché hablar del tema, a excepción de una vez que recuerdo con mucha claridad, me explicó lo que sucedió, por qué mataron a mi tío y quiénes lo hicieron- En aquella ocasión me mostró unos papeles amarillentos que asumo hacían parte de...

Yo era pequeño en aquel entonces y casi nunca la escuché hablar del tema, a excepción de una vez que recuerdo con mucha claridad, me explicó lo que sucedió, por qué mataron a mi tío y quiénes lo hicieron- En aquella ocasión me mostró unos papeles amarillentos que asumo hacían parte de esa pequeña colección hemerográfica que tenía en sus poder y que había acumulado con rabia, dolor e indignación. Creo que fue la primera vez que tomé conciencia real del asesinato de mi tío, ya que cuando lo mataron yo tenía tres años, fue un 10 de noviembre de 1986, hace exactamente treinta años. La muerte de mi tío marcó a la familia Salazar y a la familia de mi tía, María Elena Oroza, esposa de mi tío Edmundo, quien también fue asesinada años después por jamás claudicar en la exigencia de justicia por el asesinato de mi tío, y ni que decir de los hijos de ellos dos, mis tres primos Salazar Oroza. Es un dolor que estas familias llevamos en el corazón. A través de mi padre, mis tíos y mi abuela, de todo lo que hemos hablado en estos años, he aprendido a extrañar a mi tío, a sentir su ausencia, pero también, y de eso quiero tratar en estas palabras que surgen después de tres décadas de su asesinato, a reconocer su legado de lucha, su incansable búsqueda emancipatoria y su profunda coherencia y honestidad al enfrentar las injusticias de este país. Muchas veces los homenajes que se hacen a mujeres y hombres revolucionarios luego de su muerte tienden a allanar sus figuras y la de sus luchas, a hacerlas potables para que, incluso los adversarios políticos, puedan hacer hipócritas reconocimientos. De Edmundo Salazar se habla de su integridad, de su compromiso con el pueblo boliviano y cruceño, de su coherencia de vida, de ser un padre ejemplar, de su incansable voz de protesta y denuncia; todas esas afirmaciones son completamente verdaderas, pero todas ellas se condensan en la decisión de vida revolucionaria que él tenía. Él era marxista, era leninista y era maoísta, y si él se reivindicaba así, junto a sus hermanos –también militantes– y camaradas del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML) de ese entonces, no veo por qué su lucha tenga que ser menospreciada o tomada desde otro ángulo. Mi tío estaba haciendo revolución, y más allá de las críticas que en este presente podemos hacer a las formas organizativas de los partidos comunistas –porque somos hijos de distintas épocas–, en ese entonces las revoluciones también se las vivía así y esas historias de lucha –claramente no todas– deben ser reivindicadas.A mi tío lo asesinaron mientras era diputado del Frente Revolucionario de Izquierda (FRI) –brazo político electoral del PCML en ese entonces–, era el responsable de la comisión de oposición del parlamento que investigaba el caso Huanchaca. Aquel ignominioso caso en el cual fueron asesinados tres personas, entre ellos el científico Noel Kempff Mercado, cuando su avioneta fue derribada en Huanchaca por narcotraficantes que custodiaban unos de los más grandes laboratorios de producción de cocaína de América Latina. La comisión que presidía Edmundo Salazar acusó al gobierno emenerrista de Paz Estenssoro, y en particular a su ministro del interior, Fernando Barthelemy, junto a la DEA –que en ese entonces dirigía todas las acciones antidroga del país–, de haber no sólo socapado y haber sido cómplices en la fuga de todos los narcotraficantes, sino de ser partes componentes de esa mafia. Ellos lo hicieron matar cobardemente en la puerta de su casa, le dieron cuatro tiros. Jamás se hizo justicia.Años después ese PCML prácticamente desapareció y el FRI paulatinamente se fue convirtiendo en un partido de derecha funcional a los grandes intereses dominantes. En algún momento ellos han tenido la osadía de reivindicar la memoria de mi tío; sepan que la familia, gente comprometida y amigos cercanos, simplemente nos sentimos asqueados por esa conducta, el legado de Edmundo Salazar le pertenece al pueblo boliviano y no a los retorcidos intereses que ahora ellos defienden. Hoy, a treinta años de su muerte, puedo decir sin duda alguna que su ejemplo es parte de mi vida y de la de muchos y muchas más, pero además estoy seguro que su hacer concreto revolucionario ha pasado a ser parte parte del flujo mismo de las luchas y de las experiencias que perduran en el tiempo. En este momento podría decirle a mi tío, que si bien lo extrañamos profundamente y nos hace falta, le estamos infinitamente agradecidos por lo que nos ha dado, que siempre lo tenemos con nosotros, con gran cariño y admiración, y que su legado es presente de lucha y no sólo un recuerdo.


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